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Luis Enrique: el enemigo público número 1 del Bernabéu

Nadie discutió a Luis Enrique en el Barcelona y él se acomodó a la perfección en las estructuras del club hasta convertirse en ídolo. Una de las frases célebres de Luis Enrique en estos años sostiene que “para un jugador del Barça siempre es gratificante sentirse pitado en el Bernabéu”.

Luis Enrique, por carácter, estaba llamado a ser ídolo de una afición grande. La comunión con la grada le llegó en Barcelona, pero hasta llegar ahí recorrió un camino pedregoso, un tiempo en el Madrid donde combinó luces y sombras y que terminó con una salida que el club no impidió y que fue tomada como una gran traición por los acontecimientos posteriores.

La historia del hoy técnico del Barcelona comienza en Gijón, su ciudad de nacimiento y la escuela de fútbol en la que se crío. Allí apareció con 18 años, se hizo líder y se coló en las televisiones como la gran sensación del campeonato. Fue ojeado por el Barcelona, pero terminó en el Real Madrid por 250 millones de pesetas en 1991. En Gijón había sido un segundo delantero, muy trabajador y con buena disposición para el gol, aunque no lo suficiente para asumir en solitario la punta. Se le fichó con rango de estrella en ciernes, aunque no sin dudas de que realmente pudiese conseguir alguna vez ese estatus, dudas que llegó a expresar Johan Cruyff.

Antic fue su primer entrenador en el equipo blanco, y es bien conocida la historia de aquella temporada en el Madrid. El técnico, que contó con Luis Enrique acompañando a Butragueño en la delantera en detrimento de Hugo Sánchez, salió tarifando a mitad de año cuando era líder porque, según el presidente Mendoza, el equipo no daba espectáculo. El campeonato terminó con la primera catástrofe de Tenerife, la guinda perfecta a lo que había sido un vodevil. Luis Enrique, aún primerizo, dejó buenas sensaciones, pero también la impresión de que se quedaba corto para rondar el área, pues solo marcó cuatro goles.

Con el tiempo, y después de conseguir el oro olímpico, Luis Enrique fue ganando importancia en el plantel, aunque su periplo en el Madrid destaca sobre todo por la mediocridad del equipo. Los blancos fueron dando tumbos mientras Cruyff mandaba en España, encadenando fichajes fallidos y entrenadores, sin hallar nunca la fórmula para derrocar al Barcelona y sumando episodios tan dolorosos como la repetición de la catástrofe de Tenerife o el 5-0 en el Camp Nou, la noche que reinó Romario.

Si al aficionado del Madrid se le pregunta por la época de Lucho en su club es probable que la primera imagen que se le venga a la memoria sea aquel cuarto gol al Barca y su celebración, en la que se sacó la camiseta gritando “toma, toma”

Luis Enrique, por el camino, fue cambiando de posición. Era más un jugador energético que un goleador, y esa disfunción en el remate le fue retrasando en el campo. Primero de interior, pero llegó incluso a jugar de lateral, una capacidad de multifunción que marcaría su carrera. Los cambios no ayudaron a convertir a Lucho en un referente para la grada. Aunque el Madrid no marchaba como sus aficionados querían, Luis Enrique iba tomando forma como uno de los referentes en el fútbol español. La jubilación de la Quinta del Buitre que ejecutó Clemente le convirtió en un fijo en el plantel, con Mundial de Estados Unidos incluido. Allí, en un entorno ultradefensivo, siempre era atacante.

Si hay una imagen icónica del asturiano en ese tiempo es la de la camiseta de España ensangrentada tras el codazo de Tassotti. Su estatus de estrella en La Roja habla también de por qué España en aquellos días se quedaba en cuartos. Luis Enrique era un muy buen jugador, pero siempre le faltaron unas pulgadas para alcanzar el tamaño de estrella mundial, algo extendido en aquella selección.

Solo la llegada de Valdano, y el ocaso simultáneo del Dream Team, dieron una temporada de respiro al Madrid de Luis Enrique. Fue un año redondo para los blancos, que no solo ganaron la Liga con holgura sino que también devolvieron el 5-0 al Barcelona, con gol del asturiano incluido. Si al aficionado del Madrid se le pregunta por la época de Lucho en su club, una vez superada la inevitable fase de exabruptos, es probable que la primera imagen que se le venga a la memoria sea aquel cuarto gol y su celebración, en la que se sacó la camiseta con mucha intensidad entre gritos de “toma, toma”.

Lo de Valdano, en cualquier caso, no pasó de un año bueno. La temporada siguiente el equipo volvió a ser la casa de los líos. Luis Enrique empezó a quedarse con frecuencia fuera de convocatorias y su salida del Madrid, que había sido discutida en varias ocasiones a lo largo de su periplo blanco, se fue concretando. Lenguaraz, el hoy entrenador del Barcelona no hizo nada por disimular su desencanto con el club, que nunca le ofreció las cifras que él pensaba merecer. Pasado enero, cuando ya era libre para negociar su futuro, un fotógrafo de Marca le descubrió pasando reconocimiento médico con el Barcelona. Luis Enrique respondió a la foto rompiendo la cámara. Había comprado un billete sin retorno para convertirse en uno de los jugadores más odiados en el Real Madrid.

 Una de las frases célebres de Luis Enrique en estos años dice que “para un jugador del Barça siempre es gratificante sentirse pitado en el Bernabéu”

En el Camp Nou descubrieron un jugador que nunca llegó a aparecer en Madrid. Allí marcó más goles y tuvo más jerarquía de la que jamás demostró en su época anterior. Nadie discutió a Luis Enrique en el Barcelona y él se acomodó a la perfección en las estructuras del club hasta convertirse en ídolo. No es accesorio en ese ascenso a los cielos blaugranas ni su pasado blanco ni, sobre todo, las declaraciones sobre ese tiempo en el Madrid. El asturiano nunca se ha callado y ha repetido en varias ocasiones que no se reconoce cuando se ve de blanco, que sus recuerdos sobre son malos. Una de las frases célebres de Luis Enrique en estos años dice que “para un jugador del Barça siempre es gratificante sentirse pitado en el Bernabéu” y pocos pueden hablar con tanta propiedad de lo que eso significa que el hoy entrenador azulgrana. El sábado, en su primera visita a Chamartín como técnico del Barça, es probable que vuelva a sentir esa sensación.


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