El pasado 27 de octubre, el Barcelona de Luis Enrique aterrizaba en el Santiago Bernabéu con la etiqueta de líder intratable de la Liga. Sin encajar un gol en la competición doméstica, el nuevo Barça apenas había sufrido un arañazo tras caer ante el PSG en un partido abierto en París. Un tropiezo que no ponía en peligro la credibilidad del proyecto. Llegaba con Bravo deslumbrando en la portería y Rakitic, en el papel del nuevo Xavi. Un equipo con 160 millones de euros en fichajes que se permitió desestimar la contratación de Kroos, fichar lesionado a Vermaelen, apostar por el desconocido Douglas y ceder al prometedor Deulofeu al Sevilla. Decisiones arriesgadas que parecían ser acertadas.

Durante la semana previa al choque, los azulgrana habían derrotado al Éibar y al Ajax anotando seis goles, con dos bandas afiladas (Alves y Jordi Alba), y Neymar y Messi goleando, asistiendo y divirtiendo.

De cara al choque del Bernabéu, Luis Enrique disfrutó de 96 horas para prepararlo. Sin embargo, y ante la extrañeza de los futbolistas, los entrenamientos se sucedían sin novedades. Los jugadores esperaban alguna sesión o indicaciones específicas sobre el plan de juego a desarrollar en el Santiago Bernabéu. Pero pasó la semana y desconocían las intenciones del entrenador. Ni siquiera intuían el once que saltaría a Chamartín cuando Luis Enrique compareció en rueda de prensa la mañana previa del choque, donde dejó claro que hasta el día del partido no tomaría decisiones estructurales como la titularidad de Luis Suárez o la inclusión de Xavi.

Los entrenamientos se sucedieron sin novedades. Los jugadores esperaban alguna sesión o indicaciones específicas sobre el plan de juego a desarrollar en el Bernabéu

El día del encuentro no hubo charla táctica al uso, ni siquiera un vídeo desgranando al Real Madrid. La plantilla se subió al autobús, camino del estadio, estupefacta, sin saber qué pretendía el técnico. Nadie sospechaba lo que rondaba por la cabeza de Luis Enrique. Sólo al llegar al vestuario del Bernabéu conocieron el once que saltaría al césped.

Jordi Alba se quedó perplejo al conocer su suplencia. Tanto como su sustituto, el central francés Mathieu, quien a la finalización del partido confesó su sorpresa por ser alineado como carrilero: "Me sorprendió ver que jugaba de lateral izquierdo, pero es el entrenador quien decide". Declaración que delataba que no se había trabajado en los entrenamientos el posicionamiento que dispondrían en el Bernabéu. Cuando la prensa comentó a Luis Enrique esa revelación del francés, el asturiano respondió de forma beligerante: "Mathieu puede jugar de central y de lateral. Si le sorprende jugar en una de esas posiciones ¡Apaga y vámonos! Más claro, ¡agua!". Mathieu jugó seis días después ante el Celta como central y luego desapareció del once un par de jornadas.

La plantilla se subió al autobús, camino del Bernabéu, estupefacta, sin saber que pretendía el técnico. Nadie sospechaba lo que rondaba por la cabeza de Luis Enrique

Aunque sin duda, la principal víctima del clásico fue Ivan Rakitic. El croata, un fijo en el once de Luis Enrique, no asimiló bien su suplencia. Algo que reveló su compatriota Modric: "Le he visto muy triste por la decisión del técnico". Y que él dejó entrever días después con un lacónico "lo bueno es que cada tres días hay otro partido".

El Barcelona saltó al Bernabéu con un once revolucionario, un once que los jugadores conocieron la misma tarde del partido y que no habían trabajado en los entrenamientos previos de la semana. El vestuario confesó a su entorno, en las horas posteriores al clásico, su asombro por el modus operandi de Luis Enrique, a quien la prensa señaló directamente como culpable de la derrota. Él, valiente, asumió la culpa, pero advirtió desafiante: "Desde el principio lo he dicho: hay gente que tiene capacidad para escuchar las críticas y aceptarlas. Yo no soy de esos. Por eso no leo. Hay críticas, lo sé. Es parte de mi trabajo. No sé ni lo que habéis dicho. Lo que sí me interesa es la autocrítica interna. Las situaciones que hemos de mejorar. Esas son las que me llenan de motivación. Asumo la responsabilidad de la derrota en el Bernabéu".

Aquel día Luis Enrique perdió, a ojos de los aficionados y de la prensa, una buena parte de la credibilidad acumulada en los partidos previos. El problema es que desde aquella tarde en el vestuario azulgrana los jugadores observan con escepticismo las decisiones del técnico. 


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