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La última conversación con el más grande

Cuesta no llorar. No han pasado ni dos meses de aquel encuentro, de la que fue sin entonces saberlo nuestra última de tantas conversaciones, la que ya queda como su entrevista final. Aquel día tocó el Luis Aragonés cautivador y cercano, el cariñoso, el hablador también fuera de micrófono. No siempre era así. Sentados alrededor de una mesa interior del Imanol de Diversia, en Alcobendas, muy cerca de su domicilio, Luis se puso a reflexionar desde la primera pregunta sobre la evidencia de que ya no iba a entrenar más, de que estaba retirado, de que había que considerarle pasado. Aunque ya entonces combatía contra la enfermedad, no parecía la salud lo que le empujaba a hablar así. Pero a través de esas respuestas, sin proponérselo, fue redactando su epitafio: “Fui un buen jugador y un buen entrenador. Poco más. No tengo un elevado concepto de mí mismo. Simplemente creo que he hecho las cosas como debía. Con errores y aciertos, pero nada más”.

Aunque Luis Aragonés sabía que ha sido mucho más que eso, prefirió dejar ahí su autodefinición. Pero a lo largo de la charla, mientras verbalizaba públicamente por primera y última vez su adiós del fútbol, a Luis se le fue cayendo la convicción íntima de que no había recibido la consideración que su enorme figura se había ganado: “Yo le debo todo al fútbol. Pero el fútbol me debe algunas cosas, porque me he dejado la vida”. Esperaba más del Atlético y la Federación española, las dos instituciones que encumbraron su carrera. También de la prensa y el balompié como término abstracto, esa Copa de Europa que acarició tras un gol personal de falta y que se quedó sin conquistar. No destilaba rencor, pero sí mucha melancolía.

Nada más publicarse la entrevista, interpretada como el anuncio inequívoco de su retirada, la gente (el fútbol y los medios) se dejó llevar por un impulso inmediato, espontáneo y casi abrumador de saldar esa deuda pendiente de gratitud con su obra. Pero a la que asomaron los homenajes y el reconocimiento, fue el propio Luis, incomprensiblemente pero muy en Luis, quien los zanjó en seco. Prefirió irse sin emocionarse. Sin leer o escuchar lo que merecidamente hoy se va a decir de él, y que ya hace dos meses estaban todos dispuestos y decididos a expresarle. Que ha sido el más grande, posiblemente el personaje más importante del fútbol español; el Atlético de Madrid en primera persona; el autor de La Roja.

Y también un reto periodístico, una maravillosa aventura, por esa desconcertante habilidad para combinar el arte de marcar bruscamente las distancias con el encanto irresistible de acortarlas del todo. Con Luis Aragonés podías encontrarte lo mismo en mitad de una acalorada y desagradable discusión que conversando cordialmente del fútbol y de la vida alrededor de unos vasos de cerveza. Como en esa última entrevista en la que se despedía. Unas veces Luis era un no tajante y otras era un gigantesco y generoso sí. A la vez un jeroglífico indescifrable y un libro abierto. Un personaje fascinante e irrepetible. Con sus seguidores y sus detractores, también entre el periodismo. Sin ser su amigo, yo pasaba por ser de su ejército. Muy de Luis, luisista, como tantas veces me tiraron en forma de acusación algunos colegas en el fragor de las tertulias. Luis deja un vacío, pero también un legado. Un puñado de emociones generales y recuerdos personales que ahora se acumulan; un par de consejos, unas pocas broncas y unas treinta entrevistas. Mañana en el Calderón yo también cantaré su nombre. Se va el más grande. Adiós Luis, gracias por todo.


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