Deportes

El perfecto replicante

Bryant y Jordan, mano a mano.
Bryant y Jordan, mano a mano. NBA

Kobe Bryant se moldeó a sí mismo con una aspiración enfermiza. El 'Be like Mike' que Gatorade acuñó en 1992 y que se convirtió en un eslogan generacional antes incluso que en un gancho comercial coronó su paroxismo en el escolta de los Lakers, que trabajaba cada mañana con el objetivo de preguntarle a su espejito mágico si él era mejor que Michael Jordan y que algún día éste le respondiera que sí.

El hijo de Joe 'Jellybean' Bryant, aquel ala-pívot saltarín del pallacanestro de los ochenta, se va a retirar quizá frustrado por no haber roto el techo de cristal que él mismo se construyó. Ha querido exprimir su juego hasta niveles indignos para su legado y su propia competitividad le ha vuelto a traicionar, arrastrando a su franquicia a los infiernos de un líder crepuscular que seguía convencido de que podía ser el de antes.

Es imposibe concebir la carrera de Kobe sin esa autoexigencia constante que le arengaba a perseguir permanentemente una sombra jordaniana que él consideraba alcanzable. La misma que, en los veranos con la selección de Estados Unidos, le hacía aparecer sudoroso en el buffet de desayuno del hotel. "El resto nos acabábamos de levantar y él llegaba de dos horas entrenándose", desveló en una ocasión Dwyane Wade.

Su vitrina es tangente a la de nombres ilustres como Phil Jackson, Shaquille O'Neal o Pau Gasol. Unas veces escuderos por inercia; otras, sin más remedio. Nadie se atrevió a brillar más que Kobe Bryant en los Lakers contemporáneos. Y, si lo hacía, sabía dónde estaba la puerta de salida del Staples Center. Su liderazgo desde el ejemplo admitió poca discusión, aunque se marcha, dicen, sin haber comprendido del todo la fuerza real del grupo.

Nunca se le dio bien delegar. Lo terminará haciendo obligado, empujado por sus propios números, en un equipo que necesita el oxígeno del hueco que va a dejar la masa salarial de Kobe para dejar de boquear. La reconstrucción debe empezar sin él en el escenario, por más que le cueste aceptarlo al actor que siempre quiso el libreto de protagonista de la obra.

Se retira un icono generacional y, con él, se caen de las paredes muchos pósters de quien fue, con todo lo que ello conlleva, la mejor copia del mejor de siempre. Metido ya en formol el baloncestista de carne y hueso, larga vida al mito.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba