Deportes

Jimmy y algunos de los rallys

No han sido todos, pero sí los de menos luces. Y en número suficiente e insistente, con participación estelar incluso de periodistas del sector, como para que no convenga dejar pasar de largo la imbecilidad de su mensaje. Una especie de liberación, o reparación, que han proclamado en alto los aficionados a los rallys (algunos) tras el asesinato de un ultra antes de un partido de fútbol y la demencial y masiva batalla de salvajes que la originó. Como si ese episodio compusiera un particular ajuste de cuentas con los artículos que han osado sacar a la luz las muertes de espectadores que con reiteración y su indiferencia aparecen (pese al secretismo que ellos tratan de imponer) en las cunetas de lo que consideran su deporte. “¿Y ahora qué dices?” es el resumen de la campaña, como si la ley del y tú más, en el fútbol más, minimizara o aliviara la gravedad de sus cadáveres. A mí qué me cuentas, también hay fallecidos en otros deportes, incluso más, conciencia tranquila.

No tiene comparación lo ocurrido en el Río Manzanares con, por ejemplo, lo de la curva de Tenerife, un asesinato con un accidente, un suceso alrededor de un deporte con un lance del desarrollo del propio deporte, la violencia con la temeridad. No tiene comparación, salvo en lo aritmético del resultado: un muerto. No tiene comparación, pero ya que se animan, no viene mal enfrentarlos. Porque es ahí, en la importancia que se le concede a las vidas, en la reacción que se desata cuando se quitan o se pierden, donde en vez de sacar pecho a estos tipos motorizados se les podría caer la cara de vergüenza. O por lo menos les debería valer para reflexionar.

Nadie intentó esconder la noticia del domingo porque pudiera lastimar la imagen del fútbol, al instante fue portada de todos los medios y ahí sigue. Nadie consideró que había que ser un entendido del balón, o en ultras, para estar legitimado a comentar, despreciar o denunciar lo sucedido. Nadie interpretó como amarillismo carroñero el interés por la tragedia y su difusión periodística. A nadie le consoló que en Heysel murieran más. Todos, también las autoridades, se sintieron obligados a posicionarse ante el hecho, a tomar medidas para evitar su repetición. El Gobierno se movió, el Consejo Superior de Deportes convocó a una reunión urgente con todas las partes para analizar y para enmendar. Desde todos los rincones se han propuesto medidas y desde algunos incluso ya se han ejecutado. Nadie quiso mirar para otro lado. Ante un muerto, no.

No se trata de señalar con el dedo quién tiene la culpa de los funerales en los rallys, sino de evitarlos de una vez por todas. De buscar soluciones, correcciones o sanciones (por ejemplo, impedir el acceso de por vida a todo aquel aficionado que se sitúe en una zona prohibida por el dispositivo de seguridad). O incluso, si se establece que no hay remedio, tomar la decisión de cerrar. Porque lo que no se puede, en el fútbol y en los rallys, en el deporte y en la sociedad, es resignarse, convivir como si nada con la muerte de un espectador. No, no caben las licencias para matar. Ni siquiera para morir.


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