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Futre destroza y se destroza

Futre no lo sabe, o no se da cuenta, pero también se mancha. Y mucho. Tanto o más que el escudo que profana, que el finado indefenso al que ensucia, que los compañeros a los que salpica, que el rival al que embadurna, que el deporte al que enfanga. Futre es el que peor parado sale con esa repentina y extemporánea confesión  sobre la que ahora se reafirma y por tanto no cabe atribuir ya al calentón fabulador de una noche de bar. Futre habla 23 años después de un episodio que respaldó con su silencio (o que quizàs evitó, pero no se molestó en comrpobarlo) y que fomentó con su deserción (nada hacía más vulnerable en aquel tiempo al Atlético que su joya lusa no jugara: no hacía falta levantar el pie, bastaba con que Paulo no estuviera). Futre queda además cobarde, porque habla cuando su único interlocutor (y presuntos involurados) ya no puede discutirle o amedrentarle.

Futre permaneció bajo esa camiseta y ese dueño (entonces todavía no se había apropiado indebidamente del Atlético, pero ya trazaba el plan con la complicidad masiva de esos socios que hoy se consideran robados) durante más tiempo. Lo que en su momento le pareció indecente e inadmisible, o eso dice, se le pasó al calor de su siguiente y jugosa nómina. Futre queda mal, se destroza, y ni a eso tiene derecho. Porque Futre es Dios, uno de los cromos sagrados de la religión atlética, un futbolista que obliga a ponerse de pie, una carrera vertiginosa que todavía conmueve en la memoria. Y alguien tan grande no tiene el derecho de dilapidar su propio nombre tan caprichosamente. Y no lo hace además fruto del remordimiento, de un pecado que lo araña por dentro y que necesita soltar de una vez. Es sólo irresponsabilidad e insensatez lo que le empuja.

Pero inoportuno o no, cuesta aceptar que Futre sea capaz de inventarse la escena. Ya no hay forma de investigar ni de sancionar, pero sucede algo mucho más dañino: se instala. Permanece. Porque además cuadra, porque además se desentierran subconscientemente capítulos entonces inexplicables que dan contenido y forma a la historia. Como que Tomislav Ivic (el entrenador, ya también fallecido) sintiera la necesidad de abandonar el Atlético inmediatamente después del día en cuestión (sin esperar siquiera a disputar una semana más tarde la final de Copa ante el Mallorca) por una repentina angustia (eso contó la versión oficial) que le ocasionó la situación bélica de su país (Croacia), con la que llevaba meses obsesionado. La especulación ante los absurdos de entonces colabora en dar forma a la denuncia de hoy.

Futre no tiene más pruebas que su palabra, no hay forma ya de contrastar, pero la mancha se queda. El delito se graba para siempre en el ambiente: el Atlético (o alguno de sus miembros) quiso dejarse perder, el Espanyol (o alguno de sus miembros) quiso comprar una victoria... Y el resultado propuesto, se consumó, quién sabe si por esas malas artes. El fútbol podrido. Todo muy grave y muy sucio. La herida es monumental.


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