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Floyd Mayweather Jr., el imbatible estratega de vida errática

El púgil estadounidense tuvo una infancia difícil, pelea con escuadra y cartabón y cuando sale a la calle es un excéntrico condenado por maltrato.

Mayweather se hace apodar Money.
Mayweather se hace apodar Money.

Floyd Mayweather Junior es un boxeador, no un luchador. La distinción es liviana pero importante, pues hablamos de dos concepciones antagónicas de un mismo deporte. Los hay que dejan la vida en el ring, que solo piensan en pegar. Otros en lugar de guantes tienen calculadora, mesuran las fuerzas, los kilos y las alturas, piensan en las trayectorias de los golpes y esperan el cansancio que suele aparecer en aquellos que han pegado sin pensar. En eso no hay ninguno como Mayweather.

Los aficionados le valoran, pero no le quieren. Es lo más cerebral en una disciplina en la que prima lo emocional. Una hoja de cálculo contra un poema. El cariño ausente no quita que sea el mejor boxeador de su generación, quizá uno de los más grandes de siempre. Le llaman el niño bonito, porque dicen que nunca recibe un golpe. Es el favorito y el que, en cualquier caso, ganará más dinero en la pelea contra Pacquiao. Se llevará en torno a 180 millones de dólares. 

Su cabeza solo parece carburar cuando se enfunda los guantes y entra en las doce cuerdas. Mayweather tiene una historia de éxito, pero también ha recorrido todos los géneros de la inmundicia. Su sonrisa bobalicona y una cuenta innumerable de excentricidades esconden un millonario, un boxeador de éxito, un maltratador y una biografía atormentada.

La comisión deportiva del Estado de Las Vegas se plantea antes de cada pelea si un hombre como él merece tener renovada la licencia para competir. La respuesta siempre es positiva, pues no se puede obstruir al mayor generador de ingresos de un deporte que, aunque sigue teniendo neones y hordas de seguidores, ha ido perdiendo relevancia con el paso de los años, como si fuese poco refinado para los paladares actuales.

Si el boxeo no estuviese secuestrado por los promotores, si tuviese un organismo rector que valorase las biografías con esmero como pasa en muchas otras disciplinas, es poco probable que Mayweather se subiese al ring. Su historia es la del boxeador más exitoso de su generación, el hombre que (casi) nunca ha perdido, pero también la de un maltratador en serie, un exconvicto incapaz de admitir que, en ocasiones, se ha comportado como un monstruo.

En su historial se cuentan siete agresiones a cinco mujeres diferentes. Él siempre alega que no hay una sola imagen de un maltrato suyo, pero lo cierto es que los archivos policiales tienen muchas fotografías de moratones, heridas y tropelías varias. Existe incluso una denuncia manuscrita de sus propios hijos cuando el boxeador fue una noche de septiembre de 2010 a pegar a Josie Harris, la madre de sus niños. Por aquel entonces Harris empezó a salir con un jugador de la NBA lo cual enfureció hasta el salvajismo al púgil, aunque este ya estuviese saliendo con otra mujer en aquellos días. Llegó incluso a amenazar a sus hijos con hacerles lo mismo si iban a buscar ayuda.

Fue condenado, aunque de una manera muy americana, casi impensable desde el punto de vista europeo. Llegó a un acuerdo con el fiscal, lo cual le salvó de 34 años de prisión. Su exnovia no testificó contra él, pero a pesar de su silencio fue sentenciado a tres meses de prisión por asalto y amenazas. Lo más sorprendente es que la juez del caso aceptó que cumpliese la sentencia después de pelear con Miguel Cotto. La velada era demasiado importante para la economía de la ciudad como para meter en la cárcel a uno de los boxeadores.

Su indubitable condición de maltratador tiene incluso una historia de sarcasmo adherida. Antes de que empezase su historial delictivo –o quizá solo antes de que se supiese- tuvo una pelea con ‘Chico’ Corrales, un púgil mexicano que había cumplido sentencia por violencia de género antes de enfrentarse a ‘Niño bonito’. Ganó el estadounidense y al terminar la pelea dijo que había ganado “por todas las mujeres agredidas”. Para helar la sangre.

Pasemos a la infancia de Mayweather, que es también una historia de conflicto. Su padre, que ahora es parte de su séquito –todos los luchadores tienen séquito- también fue boxeador de cierto nivel, llegó incluso a competir con Sugar Ray Leonard, uno de los grandes púgiles de siempre. Su paso por el deporte, es, en todo caso, una cuestión anecdótica. Pronto pensó en otras maneras de hacer dinero, en todas las opciones turbias para sobrevivir. Alternaba el entrenamiento de algunos boxeadores con el tráfico de drogas, lo cual le llevó a pasar cinco años por prisión.

No sería este el único contacto que tuvo con la droga Mayweather Junior. A su madre la heroína terminó llevándola a la tumba, del mismo modo que un tío suyo se contagió de SIDA por sus prácticas de drogadicción. El que hoy en día es el mejor boxeador del mundo se acostumbró a encontrar desde su más tierna infancia jeringuillas en la puerta de su casa.

Le quedó su padre, pero ni era el más cariñoso del mundo ni le dio la estabilidad apropiada para la formación de una persona. Como en tantos otros casos, se obsesionó con hacer de su hijo un campeón “No le recuerdo llevándome a ningún sitio o haciendo cualquier otra cosa que un padre haría con su hijo como ir al parque, al cine o a tomar helado”, recuerda Mayweather. El padre niega la versión del hijo: “Cualquiera puede decir que me hice cargo de mis hijos, si no fuese por mí no sería quien es hoy”. Su tío Roger, que llegó a ser campeón del mundo de los pesos welter y pluma, también ayudó en la formación de Floyd Jr. La relación de los hermanos tampoco fue óptima, por los celos que uno y otro se tenían.

Ese entorno creó un excelente boxeador y una persona desnortada. Se cuentan por docenas las excentricidades de Mayweather, casi todas ellas relacionadas con el dinero, eje de la vida del púgil. De él se cuenta que gasta cada día un par diferente de zapatillas, nunca repite calzado. Cuando ve un modelo que le gusta entra en la tienda y compra veinte. Algunos de los pares los regala, la mayoría los tira. Colecciona coches de lujo y se mueve por el mundo en su avión privado. Es también un loco de las apuestas, una vez apostó 5,9 millones a de dólares a que los Miami Heat ganarían a los Pacers en playoff. Ganó 11 millones por aquello, que rápidamente invirtió en la final, de nuevo a favor del equipo de Florida. Es de ese tipo de gente capaz de hacer una fiesta en la que cae dinero del techo del local.

Volvamos por un momento al Mayweather deportista o a su versión de empresario de éxito. Cuanto más cerca está del ring más se parece a un hombre inteligente, intuitivo al menos, sabedor de lo que le conviene para engordar el bolsillo (en algún momento Mayweather pidió que se le empezase a llamar ‘Money’ lo cual dibuja bien su obsesión por el dinero). Nunca fue el más valiente, teniendo en cuenta claro que ya es osado subir a una lona a pegarse con un rival que busca noquearte. Su carrera se ha compuesto, fundamentalmente, de rivales de nombre que tenían sus mejores momentos en la espalda, hombres vulnerables con más laureles que futuro. Algo así le ha pasado con Manny Pacquiao. De hecho los especialistas en el deporte piensan que la pelea de este sábado, el gran combate del siglo, debería de haberse dado hace unos años cuando ambos púgiles estaban en la cresta de la ola. Ese es otro de los motivos por los que la mayor parte de los aficionados irán con el filipino, que nunca ha planeado su carrera con tanto esmero y siempre ha aceptado pegarse con los mejores. La pelea de este sábado pudiese haber sido más brillante unos años atrás, pero es poco probable que hubiese sido más rentable. El tiempo ha ido alimentando una rivalidad, la expectación no ha hecho más que subir y por eso el combate de Las Vegas superará el resto de las peleas que se hayan visto.

Es curioso, porque Mayweather tiene una riqueza tremenda, pero nada de su dinero es cosa de los patrocinadores. Cualquier otro deportista de éxito tiene detrás muchas marcas que le apoyan y utilizan su imagen para darse una pátina de triunfo. No hay nadie que quiera relacionarse comercialmente con el Niño bonito, su imagen repele a los patrocinadores que no quieren entrar en la vorágine del oscuro fanfarrón.

Mayweather pasará a la historia sin importar lo que ocurra con Pacquiao. La victoria, en todo caso, es importante para su legado, pues el objetivo del americano es salir del boxeo sin haber sido derrotado nunca como profesional. La marca de Rocky Marciano, las 49 victorias sin haber perdido nunca, no está lejos de las 47 con las que ahora cuenta el púgil estadounidense. El niño bonito lo tiene al alcance de la mano y redondearía así su carrera. A sus 38 años ganar le incluirá a buen seguro en la lista de los mejores de siempre. En sus puños sucumbieron otros muchos nombres que tienen un gran reconocimiento: Castillo, De la Hoya, Márquez, Mosley, Cotto o Maidana forman parte del historial de derrotados por Mayweather. No le queda mucho más tiempo, la cuarentena es mal lugar para quien se gana la vida a puñetazos.

Se repetirá con frecuencia estos días que nunca perdió, que era imbatible, pero decir eso sería faltar a la verdad. Antes de ser profesional Mayweather compitió como amateur y, por lo tanto, pudo ir a unos Juegos Olímpicos. Estuvo en Atlanta, fue la gran sensación, el primer estadounidense en ganar a un cubano en los Juegos en 20 años, pero terminó sucumbiendo a los puntos –en una decisión discutible-   contra el búlgaro Serafim Todorov. Como previa de la pelea el New York Times decidió acercarse a Sofía y ver cómo había transcurrido la vida de su rival, el que le venció en aquel combate. Todorov cayó en el alcohol y la pobreza, luchando por sobrevivir, maldiciéndose por no haber escuchado a aquel promotor que en 1996 le ofreció ser parte del mundo que hoy hace a su rival, al Mayweather que derrotó, el deportista con más ingresos de la tierra.

Mayweather llegará con el boato de la estrella. Se negará a responder cualquier pregunta relacionada con su vida personal, es más, responderá a esas preguntas diciendo que no hay nada como el combate de esa noche, que va a ganar más dinero, que es más rico y más famoso y que la vida es eso más que cualquier otra cosa. Nunca será alguien agradable, ha hecho mucho por trenzar un perfil de derrochador y niñato, pero en cualquier caso, y cuando solo haya dos en el cuadrilátero, seguirá siendo uno de los más grandes que jamás se haya enfundado unos guantes de boxeo.


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