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Y Diego y Casillas mirando

Lo mejor del Atlético fue su resistencia a la tentación victimista. Pudo escudarse en el mal ojo arbitral, agarrarse a la excusa (con acciones que legitimaban el lloro) y ya descentrarse y desentenderse (como en nocivos tiempos no tan pretéritos), pero siguió a lo suyo. Discutiendo el resultado adverso a base de intensidad, agresividad, hambre y atrevimiento. Muriendo en cada pelota, supo empequeñecer al adversario y darle la vuelta al resultado. En términos generales, fue mejor que su vecino.

Lo peor del Atlético (al margen del matonismo intolerable del Mono Burgos) fue ese punto dormido del arranque. Y el conformismo del último cuarto de hora, quizás ayudado por el cansancio, quizás por el miedo al contragolpe letal de los blancos. El clásico error de Mario le pescó demasiado cerca de su área, sin margen para la solución, y Cristiano no perdonó. Si el paso atrás era discutible con el 2-1 a favor se volvió incomprensible con el empate. Y hay que conceder que resultó desconcertante la posición de Simeone con respecto a los cambios. Grave si no vio que el equipo se le caía al final, peor si es que no confia en los relevos: ¡¡¡se dejó dos sustituciones sin hacer!!! Especialmente difícil de digerir es el ninguneo a Diego, el futbolista por el lleva suspirando más de un año. Si extraña es su ausencia del once, más aún lo es que no cuente con él ni diez minutos. Seguro que hay caso Diego, algo que desconocemos y no nos quieren contar. Y que deberían. Porque el asunto a estas horas parece demandar una explicación psiquiátrica.

Lo mejor del Madrid fueron sus ratos de fútbol. Aunque el Atlético no le dejó que fueran demasiados. Y sus contras, esa sensación de peligro supersónico al que condena al rival cuando no termina sus jugadas de ataque. La lectura sobre la marcha del partido ejecutada por Ancelotti fue atinada, aunque llevó implícita la asunción de errores previos en la alineación. Los cambios de los laterales le funcionaron, pero eran una corrección. Y le obligaron a gastar dos cambios en puestos secundarios y a tener que renunciar al veneno de Jesé.

Lo peor del Madrid fue su propensión a la bronca cuando mandó en el marcador. Intentó derivar el encuentro a la provocación y el enredo, al teatro. Lejos de beneficiarle, la gresca le sacó del partido y lo puso del lado de un Atlético más cerebral. Especialmente lamentable, una vez más, fue el comportamiento de Pepe, retratado por las cámaras. Y sin que la afirmación suponga cargar reproches sobre Diego López, que tuvo dos grandes intervenciones, volvió a quedar claro que hacer pasar un derbi en el banco a Casillas es una concesión para el Atlético. Nadie lo intimida como él.


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