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Carpin, hoy sí es de noche

Pepe García Carpintero era una carcajada en el trabajo, una máquina de fomentar el buen ambiente, una habilidad especial para transformar en anecdotario divertido los momentos de ‘vamos a ver’ y máxima tensión. Salvo una vez en Neustift, la mañana siguiente a tener que compartir habitación con Moñino (con su tabaco y sus ronquidos), nunca dejó que se le notara una mueca de disconformidad o indignación. Ese día sí; ese día, sentado en la cafetería del hotel frente a un vaso de leche caliente y una aspirina, dejó que se le viera la expresión de un cabreo verdadero y dijo que se acabó, que me metiera los galones por ahí, pero que no estaba dispuesto a repetir esa noche nunca más. Y eso que entonces todavía no sabía que su querido y despistado compañero se había llevado confundida su acreditación de viaje a Suiza. Luego, concluida aquella Eurocopa de 2008 que disfrutó como su mejor experiencia profesional, supo reírse del episodio cada vez que puntualmente se recordaba. Porque Carpin se reía con todos y de todo, también de sí mismo. Y lograba el mismo efecto cuando contaba el suceso de la mañana por primera vez (ya fuera un bombazo, un rumor o un chascarrillo) que cuando lo repetía al calor de una cena o unas cervezas. Te echaremos mucho de menos.

Carpin tenía oficio, era listo, un estupendo buscavidas. Igual traía las imágenes del revuelto vestuario del Real Madrid después de un partido que aparecía con un papel supuestamente secreto en el que se reflejaba la relación de sueldos de todo el periódico. Sabía poner la oreja y la vista, dominaba la intuición, era un curioso patológico. Un pícaro. Era periodista, pero además detective. Se enteraba de mucho, sobre todo de lo no publicable, y luego lo contaba con gracia y un punto de exageración. Lo sabíamos todos, novelaba y agrandaba sus relatos para volverlos más fascinantes, y aún así le comprábamos. Se declaraba de cinco equipos a la vez, a veces antagonistas, y lograba que los hinchas de todos le consideraran uno de los suyos. Presumía de tener contactos  en todas las esferas, siempre acababa de hablar con el protagonista del momento, y lo aseguraba de tal forma que uno llegaba a convencerse de que el Papa era verdaderamente su mejor amigo.

Carpin tenía iniciativa y chispa. Sabía sortear por pillería ciertas asignaciones, desentenderse del ‘chau chau’ o actuar como un trilero para dejar sin wifi al jefe en Austria. Pero sin maldad. Era un tipo sano,  y  también sabía seguir instrucciones incómodas, se fiaba, creía, iba al frente. “Si tú dices que es de noche, es de noche”, era una de sus inolvidables e inconfundibles frases a la luz del día.

Lo conocí en Marca en 2004 y enseguida lo recluté para la sección del Atlético. En 2007, cuando fundamos Público, aceptó venirse casi sin preguntar a qué y por qué. Fue un gran periodista, pero más que eso fue un extraordinario compañero. El doble de Manzano, el sillón del obispo, el jersey de Evo, esa coletilla tan suya de “es correcto”. La llave del ambiente, el estado de ánimo de aquella sección de excelentes profesionales y eternos amigos. Fue al primero de todos nosotros que sacrificaron y antes de firmar su despido se pegó el gustazo de exigir a uno de sus verdugos que apagara el cigarro. Recaló en ADN y luego en RadioMarca. Y nunca se olvidó de su gente. No se perdió ninguna de las cenas de reencuentro, ni siquiera la vez que Romo se acordó de convocarle cuando ya todos los comensales estaban a la mesa.

Esta vez ha sido él, con 38 años, quien no ha querido avisar. Se ha marchado de repente. El periodista, el compañero, el amigo. El carácter positivo contagioso ha decidido ponernos tristes. Y por eso no puedo, no me apetece, escribir ahora de otra cosa. Todo lo que le reímos le vamos a llorar. Hasta siempre Carpin. Hoy te digo que es de noche porque te juro que se nos ha hecho de noche.   


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