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Luis Enrique, el sargento de papel

Luis Enrique.
Luis Enrique.

Llegó al Barcelona en verano con el cartel de jefe implacable, con un sentido de la disciplina y la autoridad que amenazaba con poner a temblar las paredes del vestuario del Camp Nou. Todo un sargento de hierro. Uno de esos tipos de maneras marciales que pusiera fin a la blanda y condescendiente época del Tata Martino en un equipo que no hace tanto pasaba por ser el mejor del mundo. Luis Enrique, un entrenador militar.

Y hubo escenas inmediatas que confirmaron la leyenda. Piqué y Neymar probaron nada más arrancar que las nuevas reglas no eran una broma. Ni móviles ni selfies, aquí se trabaja y punto. Y al calor del látigo llegaron enseguida los buenos resultados. Un arranque espectacular, con victorias y minutos consecutivos sin recibir goles.

Hasta que irrumpió, curiosa coincidencia, una exhibición flagrante de debilidad y todo se vino abajo. Esa sustitución a la que Messi se negó con el partido ante el Eibar completamente resuelto, ese “venga, va…” del técnico que captaron todas las televisiones, esos galones que se pisoteaban a la vista de todos. Messi siguió en el campo y Luis Enrique quedó retratado y desautorizado. Justo una semana después llegó el naufragio en el Bernabéu. Resulta que el jefe implacable no lo era con todos, se doblaba con algunos.

Y el año termina igual o parecido. Con otra muestra más de fragilidad de quien no iba a pasar ninguna. Unas vacaciones que se alargan por capricho, dos jugadores, Mesi y Neymar, que deciden volver más tarde al trabajo que los demás compañeros y nadie, ni un club ni un entrenador, que se atrevan a llevarles la contraria. La reglas no son iguales para todos. Nada nuevo bajo el sol, nada que no hubiera ocurrido antes. Pero el prometido coronel de hierro no lo era. Ha quedado reducido a sargento de papel.


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