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Mourinho vuelve llorando

Se viene, se viene. Mourinho vuelve a Madrid apenas unos meses después de dejar tierra quemada en una de sus aceras. Y vuelve el de siempre, el genuino, el de las excusas permanentes, la coartada detrás de cada derrota, la culpa en el debe de los demás, la lengua afilada y el ruido alrededor, incluso el procedente del matonismo ridículo de alguno de sus ayudantes. Da igual que el resbalón le sorprenda en casa ante el mismísimo colista, nunca falta una conspiración a la que agarrarse, un cebo con el que distraer para huir de las explicaciones.

No perdona un charco, ni los que le pescan de lejos, como el del escándalo del calendario español (ese insólito e innecesario aplazamiento del Madrid-Valladolid con el final de Liga tan próximo). Aunque sea enviando al micrófono a su nuevo Karanka. Y eso que ahí, las cosas como son, hasta se quedó corto en su mordaz ironía. Porque ciertamente es escandaloso. Todo sea por la décima, esa meta que el entrenador luso tampoco consiguió alcanzar en sus tres intentos. Aunque justo esos años, recuerden, lo colosal en el Madrid era pisar las semifinales.

El caso es que quedan una horas para que Mourinho pise de nuevo el suelo que dejó perdido de cenizas y siguen sonando los ecos de sus llantos, ya sea por un horario o por un penalti. Queda por saber si prolongará su manual ante el Atlético, precisamente el rival que sentenció su finiquito, que le ganó en el último partido que dirigió en España. Lo mismo le calma la colección de elogios que ha recibido siempre de su colega rival. O lo mismo no. Pero ya se lo advirtió una vez en el césped del Calderón el macarra que enseñan los rojiblancos: Burgos no es Tito. Enredador o en son de paz, Mou es el de siempre: así que si gana el Chelsea será por él y si pierde será por los demás.


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