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Otro plátano avergüenza al fútbol

Por más empeño que pone la FIFA en censurarlo, por más sermones solemnes que recitan los capitanes antes de los partidos importantes, por más desprecio que arrojan las personas normales contra los que además se creen graciosos,  se siguen escapando por el fútbol (por el deporte) continuos episodios de racismo. A escondidas algunos futbolistas dentro del terreno de juego y envalentonados por la masa numerosos aficionados desde las gradas. Cuando no le niegan a Diego Costa su condición legítima de español (incluso tertulianos cotizados), es una banana que le tiran a Alves o un grupo de hinchas que hacen el mono delante de Diop. Y por si éramos pocos ahora un dirigente se anima en Italia, ni más ni menos que el político aspirante a presidir la Federación, con una declaración sucia, miserable y ofensiva: “En Inglaterra estudian si los futbolistas que llegan al país cumplen con la profesionalidad necesaria para poder jugar. Aquí (en Italia), en cambio, llega un Opti Poba (aquí se diría fulano) que antes comía plátanos y ahora juega de titular en el Lazio”.

La frase ha lastimado los oídos de la gente decente y ha desatado numerosas reacciones críticas, de la propia FIFA (que le ha pedido a sus afiliados italianos que tomen medidas) y hasta del Primer Ministro transalpino, Matteo Renzi. Carlo Tavecchio, que así se llama el impresentable aspirante a presidente del fútbol italiano, ha huido de la petición formal de perdón y de la retirada inmediata de su candidatura con un irritante "la verdad no me acuerdo si dije la palabra plátano". Lo de menos ya es que Demetrio Albertini, el ex jugador del Milan y el Atlético, le gane al adversario xenófobo la batalla en las urnas (Tavecchio no debería ya ni poder presentarse). Lo más grave es que el incidente no es aislado, sino la culminación de una tendencia creciente e irresponsable.

El personal sigue sin ser consciente de la gravedad del delito. Por eso le sale de la boca casi de forma espontánea. Y reforzado por la pasividad del que asiste al lado de la fechoría con la complicidad de la carcajada o en el mejor de los casos con decepcionante indiferencia. No vale con torcer luego el gesto, dejar una declaración crítica o escribir un artículo moralista, aunque evidentemente sea más que cruzarse de brazos. En la NBA no van a parar hasta dejar a su dueño sin Los Ángeles Clippers (los propios jugadores, empleados, anuncian que se van a plantar si no se marcha) tras un desafortunado comentario de corte xenófobo. Y el fútbol debería hacer de una vez lo mismo. No basta con pedir o suplicar a la gente que se comporte, sino exigirlo y lograrlo. También cuando los malos sean los hinchas, pero mucho más si el cafre es un cargo.


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