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Casillas no tiene remedio

Fue menos el Madrid que más el Atlético. Un equipo el blanco que dura lo que un viaje en cualquier atracción de feria. Empieza y enseguida se acaba. Una caducidad irritante por el potencial del que se trata. Pero el Madrid fue eso, un trayecto rápido, 20 minutos de Cristiano fuera de zona, recargando de trabajo el costado del Atlético que suponía más débil, el que custodiaba Siqueira. Y lagunas de atención, falta de hambre, poca implicación. Esos rasgos que componen la palabra competir y que ayer a los locales le pescaron tan lejos.

No fue tanto tampoco el Atlético. Orden, compromiso y sacrificio, la efectividad de costumbre a balón parado, y nada de fútbol. Durante el primer tiempo, cero. Luego, cuando la alineación se fue poblando de buenos jugadores, Arda y Griezmann, se entonó. Pero nunca fue demasiada amenaza para un Madrid que sucumbió por méritos propios, por su propia planicie e incapacidad. La única jugada estratosférica del Atlético fue la del segundo gol y también producto del balón parado. Un saque de banda que se agrandó al final con una maniobra de Raúl García (un amago de disparo para dejar pasar la pelota por entre las piernas) que justificó toda la velada.

El Atlético ganó porque es a lo que se dedica, la rutina que al fin ha adoptado cuando se mide al Madrid. Ya no lo enfrenta con complejos, inseguridad y miedo. No lo baila, pero al menos ya lo agarra de la pechera sin titubear. No juega mejor, pero sí compite mejor. Y a menudo gana.

El marcador deja herida, porque el Madrid no es un equipo que soporte las derrotas. Mucho menos si son consecutivas. Mucho menos si son ante ese viejo vecino al que daban por amortizado. El marcador, consecuencia lógica de una imagen que el Madrid no puede disimular, reabre la sensación de estupidez que destila su proyecto, reiniciado de forma caprichosa y gratuita. El Madrid es peor de lo que era. Y sin necesidad. Porque el Atlético también es peor que en junio, pero en su caso no tenía otro remedio. La caída del Madrid es voluntaria. Y sus problemas de actitud inexplicables.

Pero más allá del 1-2 doloroso, la reunión deja una imagen con la que no se puede convivir. Los pitos inequívocos a Casillas, que no tienen vuelta de hoja. Le quieren más los enemigos que los aliados. Fuera responsabilidad suya o de Benzema el gol de Tiago, desatención o error, la escena aireó de nuevo que el Bernabéu, o su mayoría, no puede ver al cancerbero. Simeone lo sabe y por eso en la víspera ensalzó al arquero. Es el emblema de la división que asola al Madrid. Y que no tiene más salida que la rendición. Y las maletas. Todo lo que se empeñe el Madrid o Ancelotti en revertirlo o desmentirlo es pérdida de tiempo, taparse los ojos. No hay sorpresa, sino muchos avisos. Y da igual que sea injusto o no, lo cierto es que es. Y contra esa realidad no se puede competir. Por más que unos y otros se engañen. Casillas es un callejón sin salida.


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