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Inyecciones de emoción en vena

Puyol, en su acto de despedida del Barça.
Puyol, en su acto de despedida del Barça.

No suena nada mal como terapia. El Atlético y el Barça han escogido preparar el final de Liga más apretado de la historia, la bolsa y la vida concentradas en un solo estadio, con inyecciones de emoción en vena. Primero fue Gabi, que nació para ser capitán del Atleti aunque se tardara en descubrirlo, que implica con sus carreras y contagia con sus palabras, apelando al recuerdo de Luis Aragonés como motivación extrema para cumplir en el Camp Nou. Es verdad que a los rojiblancos les costará olvidar la oportunidad perdida, el título agarrado que se escapó de las manos por un empate incomprensible ante el Málaga, pero apelar al empujón sentimental de Luis es una buena medida para enterrar el bloqueo mental y el canguelo y venirse arriba.

Luego fue el vídeo que ha volado por las redes, de cuenta de twitter en cuenta de twitter, con la niña llorando porque quiere ser del Atleti y el padre hace que no la deja. Una metáfora conmovedora de lo que se lidia la tarde del sábado. Y como remate, ese homenaje organizado por la peña los 50 y TVE a los héroes de la final perdida del 74, a esa colección de jugadores atléticos, algunos ya fallecidos, a los que el fútbol y la historia les debe una reparación. La voz entrecortada de recuerdos, las imágenes que encogen el corazón, la tormenta de sentimiento atlético, Gárate. La emoción pellizcaba hasta en Chile. La plantilla acompañó la escena trabajando, porque es lo que mejor sabe hacer, pero es imposible que no le alcance el vapor reanimador de esa ceremonia inolvidable.

Y a lo mismo apeló el Barça, que rindió pleitesía al capitán de la mejor versión de su historia, del equipo que lo ganó todo y maravilló al planeta. A Puyol, que deja el club de su vida forzado por su rodilla, lastimada en acto de servicio. A dos días del partido del siglo (esta vez sí), los jugadores que se van a disputar la Liga ahí estaban escuchando el obituario futbolístico en primera persona de su compañero. La melena era la misma de siempre, también el aspecto racial que caracterizó su entrega sobre el campo, pero el personaje era nuevo y frágil, tocado por dentro, a punto siempre de la làgrima. El agua le ayudó a no romperse, también las fuertes aspiraciones de aire, pero siempre dio la sensación de estar vencido. Los aplausos y el cariño de los asistentes se llevaron por delante al futbolista que que era capaz de cabecear macetas si alguien amenazaba la portería del Barça. 

Las tácticas y las jugadas, los remates y las paradas, decidirán finalmente el nombre del campeón de Liga. Pero los dos aspirantes supieron, quizás no de forma preconcebida o intencionada, ganar algo trascendental en las horas previas: pasado, escudo, motivación espiritual, comunión. Ese tipo de cosas que dan el verdadero sentido a la final.


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