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El pobre Busquets (II)

Xavi quiere cerrar el caso, pero pronunciando personalmente la última palabra. Busquets es honrado y se acabó, como si su versión fuera la definitiva, la del padre o la madre de la familia del fútbol. Pero lo que ha hecho el capitán del Barça es prolongarlo, reabrirlo, elevar un punto más la indignación de los que contemplaron con estupor un episodio intolerable aún pendiente de sanción o al menos de disculpa. El niño mimado de la selección y del barcelonismo le pisó la cabeza a Pepe mientras éste se dolía en el suelo. O esa sensación dio a los ojos de todos los que quisieron mirar, se llame Martino o Xavi. Así que en lugar de insultar a los denunciantes y hacerse el ofendido porque se reprueba su comportamiento, lo que Busquets, el pobre, debería hacer es arrepentirse o explicarse. O callar a los que saltan en cadena en su defensa.

Porque además que Busquets sea honrado, o inocente, es un acto de fe. Lo mismo que el personal esté siendo injusto con él, canción que acompaña al futbolista azulgrana casi desde su irrupción en la élite. Pero contra la santidad que se le adjudica, es siempre el 16 del Barça el que parece que pisa a Pepe, el que parece que llama mono a Marcelo, el que parece que exagera el dolor cuando le entran, el que parece acorralar al colegiado cuando la decisión es en su contra. Nunca parece que los malos sean Iniesta, Messi o el propio Xavi, por ejemplo; a ellos la cámara jamás les sorprende en el lugar del crimen. Es Busquets uno de los que acostumbra a salir en esas fotos.

Pero casi como desde el primer día, Busquets recibe el apoyo continuo de los aduladores. Y saltan a la mínima crítica. Ya sea porque Luis Aragonés, que en paz descanse, insinúa que sobra en el debut de la selección en Suráfrica o porque alguien denuncia una de sus silenciosas patadas. Hasta Martino se anima con el delirante jabón a la voz de "se tardó demasiado en darle el reconocimiento que merece". Como si el jugador no hubiera sido internacional a los diez minutos de hacerse titular en el Barça, como si Guardiola no le hubiera entregado un sitio en el once casi al primer entrenamiento, como si las crónicas no contaran lo que cuentan desde el minuto uno. Lejos de lo que denuncia su actual entrenador, Busquets es un futbolista a un elogio pegado. Piropos continuados por lo que no se ve. Un supuesto impagable trabajo en la sombra instalado en todas las conversaciones del fútbol. Hasta los chavales de cinco años hablan en el colegio de la labor silenciosa del centrocampista azulgrana, porque no escuchan otra cosa de sus mayores. Así que se puede discutir si Busquets está bien valorado o sobrevalorado, pero no que esté mundialmente reconocido. No hay un jugador que con menos a la vista se haya llevado más condecoraciones.

Y si en asuntos del juego, su labor y sus alabanzas son aceptables; en asuntos de urbanidad, los aplausos no se sostienen. En el lance del clásico del que tanto se habla y tan poco se sanciona, el agredido es Pepe y el agresor es Busquets. No hay vuelta de hoja. Porque aunque no sucediera lo que todos vimos, aunque se tratara de un fatal efecto óptico, Busquets y sus protectores saben la sensación que deja la imagen. Así que no pueden hacerse los ofendidos. Si de verdad Xavi quiere cerrar el caso, debería sumarse a Casillas y darle una colleja a su compañero. O empujarle a pedir disculpas o explicarse. Porque cada minuto que pasa, el supuesto honrado parece menos trigo limpio.


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