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El Atlético daltónico

Arda, de ese color.
Arda, de ese color.

Pese a lo que insinúan las fotografías, Arda Turan no ha fichado por el Madrid. O no todavía. Pero el Atlético está decidido a vestirse así, a camuflarse de vecino. Es gris, dicen que es gris. Pero parece lo que parece. Y fue así como el equipo rojiblanco (o ex) disputó su primer partido de pretemporada (y amenaza con repetir). Una victoria por la mínima ante el Numancia, gol de Héctor. Y un trofeo, el II Memorial Jesús Gil, como paradoja: esa camiseta sale por la ventana si el que da nombre al premio estuviera aún con vida. Que Gil tenía numerosos defectos e incluso delitos, pero en alegorías de máxima rivalidad no flaqueaba.

Los tiempos globalizados no son para símbolos, banderas, tradiciones, parafernalias excluyentes y esas cosas. Pero el fútbol se sigue viviendo a través de ellos. Especialmente en la religión del Atlético. Y ese color de camiseta fundido con ese escudo ofende a la vista de sus creyentes. Lo mismo de cerca y con gafas se ve otra cosa. Pero de lejos, a la distancia que se mira el fútbol, esa imagen les provoca urticaria. Que no sea la primera vez, que en épocas pretéritas hubiera ocasionales y similares atropellos de diseño, no redime ni disculpa el ultraje actual. El corazón de los atléticos no es daltónico. Se han acostumbrado a adorar y sentir a partir de unos colores, a repeler los del principal adversario, a diferenciarse mediante ellos. Y las marcas deberían respetarlo. Y los que las contratan deberían exigirlo. Porque en fútbol para gustos no están los colores.


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