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Chantaje repugnante en el Calderón

El fondo sur del Calderón, en el Atlético-Villarreal.
El fondo sur del Calderón, en el Atlético-Villarreal.

Es verdad que afecta. Que el Atlético, más que ningún otro equipo, es la garganta de sus aficionados. Y que lo que ocurre en la grada empuja los movimientos de los jugadores ahí abajo o los bloquea. Es verdad que los rojiblancos perdieron por primera vez en Liga después de 27 partidos consecutivos por culpa de esa distracción o sensación ambiental rara, influidos nocivamente porque la atención subió del césped a las tribunas, porque la división frontal de la gente marcó y modificó las reglas emocionales del partido. ¿Y qué? Esa realidad (que no es nueva, además) no corona a los ultras, más bien les condena.

Si el lateral derecho se cruza de brazos cuando le encara un delantero como respuesta infantil a las críticas que recibe, y la pataleta le cuesta un gol a su equipo, el tipo no está demostrando que es trascendental sino que es idiota. Y esa sensación dejó (por un asunto mucho más serio y grave) el chantaje del grupo de animadores aquejados el domingo de un absurdo ataque de importancia. Su gesto, además de irresponsable, fue patético. Hacerse los ofendidos porque el fútbol y la sociedad, aunque tarde, ha decidido al fin plantarse y hartarse de los violentos, no les vuelve precisamente más dignos. Todo lo contrario, les acerca peligrosamente a la condición de indeseables que soportan los miembros a quienes se pretende apartar de una vez por todas.

Tenía esa gente la oportunidad de airear que efectivamente los malos son minoría, un puñado reducido de delincuentes entre una numerosa población de seguidores limpios, una lacra despreciable que contamina el escudo del Atlético y enterró para siempre (se pongan como se pongan) el nombre del grupo. El Frente Atlético no puede sobrevivir a dos cadáveres. La mayoría de sus miembros, sí; pero la denominación, no; está manchada de sangre, estigmatizada, sentenciada. Son los mudos del domingo los primeros que deberían darse cuenta, huir de ahí en vez de aferrarse como cómplices. Pero lejos de eso, prefieren enfrentarse al sector pacífico del Calderón y alistarse simbólicamente al lado de los malos. No se sienten agredidos por quienes desde dentro han arruinado su reputación, sino por las otras víctimas que han sufrido su salvajismo.

Sí, el Atlético posiblemente perdió el domingo por la provocación ambiental de un sector de sus afamados seguidores. Miles de hinchas que exhibieron la relevancia de contar o no con su aliento. Que expusieron sobre el Manzanares el vil argumento ante el que se han arrodillado tantos dirigentes, la coartada que ha permitido crecer impunemente el mal en esta fiesta. Ese frágil y recurrente “si los expulsamos, ¿quiénes animan?”. Pues los demás: porque el Atlético no sólo es el Frente, no eran principalmente ellos los de los 45 minutos de apoyo inolvidable en el Camp Nou tras la derrota ante el Sevilla en la final de Copa, la ceremonia más conmovedora de fidelidad que el fútbol ha conocido. Y en cualquier caso, da lo mismo.

El Calderón no es el Frente, pero aunque lo fuera. Si el precio para contar con sus pulmones y su compañía es convivir también con navajas, puñetazos, sucios emblemas y canciones de mal gusto, que el Atlético pierda todos los partidos. Porque el asunto al fin es innegociable. Esos chicos, seguramente sanos en su mayoría, podían haberse subido el domingo a la liturgia de la civilización, escenificar su desprecio incondicional al asesinato perpetrado quince días antes en su territorio, desmarcarse de la barbarie, o al menos guardarse. Pero escogieron justo lo contrario, hacerse notar. Y dedicarle un silencio solidario a los criminales. Repugnante.


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