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Un niñato consentido

Un día suelta que "los que no vienen al campo no son tan culés como dicen", que parece que juegan fuera de casa; y otro que "quien no confíe en el Barça que se baje del barco". Un día celebra el sexto gol ante el Rayo con un baile de mofa y otro, ayer, se permite restregar a la grada su tanto postrero ante el City con unos gestos ofensivos y de reprimenda. Y nunca le pasa nada, ni el Barcelona le sanciona ni el barcelonismo le condena con su desprecio. Así que Dani Alves sigue y sigue, burlándose del personal y dando lecciones de urbanidad y comportamiento a sus propios jefes. Sintiéndose más importante que el club y las gargantas que le pagan. Con licencia para ponerse impertinente e irrepestuoso

Y luego dice que no estaba recriminando nada, que estaba bailando a Pitbull. Como Di María sólo se acomadaba su aparato reproductor sin ánimo de ofender al Bernabéu que le pitaba. Ellos son así, provocadores y obscenos en la agresión y novelistas hipócritas en la explicación. Como Pepe, que ahora piensa en su madre y no en sus patadas cuando en los campos le llaman criminal, y que asegura, que yo lo oí, que siempre intenta jugar lo más limpio posible. Dani Alves es del grupo.

Sus gestos fueron feos, mucho, impropios de un jugador del Barça. Alves no debería volver a serlo. Porque además es reincidente en su discurso amotinado. El Barça no se lo debería consentir. Es hora de que alguien se anime a llamarle de una vez la atención. O directamente a despedirle. Tampoco es que tuviera mucho el jugador para presumir, pero en realidad es lo menos. Porque no hay regates, ni pases ni goles que compensen la insolencia de un jugador que se vuelve en falta contra la tribuna. Ya lo advirtió Guardiola, Alves no le conviene más tiempo al Camp Nou.


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