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Futre se desorienta

Simeone lo leyó mejor que sus palmeros a sueldo y sus pelotas vocacionales. El hincha del Atlético adora a su equipo y adora a su entrenador, concluyó el técnico argentino a propósito de los fugaces silbidos que escuchó hace una semana en el Calderón por una sustitución difícil de comprender. No es pecado que un aficionado, que muchos aficionados, que todos los aficionados, entiendan que Griezmann deba permanecer en el campo ante el Celta con 2-2 en el marcador y que Raúl Jiménez, en cambio, les sobraba. No es pecado que un aficionado, que muchos aficionados, que todos los aficionados, reaccionen a ese disparate de forma natural a la manera universal, con bronca o pitidos. El lenguaje del fútbol: aplauso o coreo cuando algo te gusta, silbido o grito cuando no. Y Simeone, que conoce el cariño que le profesa esa gente, que sabe moldearla con pericia a su gusto y a su favor durante los partidos y después, no sólo calificó de "respetable y aceptable" esa expresión natural sino que se mostró sorprendido de toda la literatura que ese acto espontáneo ("los que más valoro en la vida", dijo) desató. Fue un reproche puntual, la bronca de un padre a su hijo, un episodio que no invalida el cariño incondicional, vino a decir el técnico. Pero hay más papistas que el papa. En el fútbol y en los medios abundan.

Y cuando el grotesco murmullo censurador a las gargantas atléticas parecía sometido, cuando el propio interesado se había desmarcado del terror que su jefe de prensa pretendió infundir por twitter ("ojo a quién pitan, chicos"), una autoridad sentimental de la casa, Paulo Futre, un nombre ante el que en términos rojiblancos hay que ponerse de pie, reavivó el absurdo fuego con un desafortunado artículo que lleva su firma (quién sabe si también su letra) en Marca en el que pretende dar azotes en el culo a los seguidores que más sentido dieron a sus propias carreras y mejor supieron adorar su particular manera de entender el juego y la vida. "¿Qué màs queréis los que silbáis?", se pregunta quien de sobra sabe, basta con recordarle en televisión en la final de Copa, que las emociones del fútbol no se pueden sujetar. Y que un gol se grita igual que un desacuerdo. 

"Creo que ha sido la injusticia más grande que ha ocurrido en la historia del Vicente Calderón", escribe Paulo. "Y no solo porque unos pocos desagradecidos hayan tenido los huevos de llevarse los dedos a la boca y silbar al Cholo Simeone, sino porque los que estaban a su lado no hicieron nada por reprochárselo y evitarlo. Así que los considero igual de culpables y desagradecidos por su pasividad. Por amor de Dios, que somos vigentes campeones de la Liga y de la Supercopa de España, subcampeones de Europa y acabamos de vencer recientemente a nuestro eterno rival, que nos cuadruplica el presupuesto, en su propio estadio". E insiste: "¿Qué más queréis los que silbáis? Por todo lo que ha hecho el gran Cholo como jugador y entrenador del Atlético de Madrid, los pitos del sábado pasado fueron los más injustos a un ser humano en la historia del fútbol. Como aficionado colchonero, te pido un millón de perdones Cholo".

Una reacción desmedida y exagerada de quien sorprendentemente en esta ocasión toca de oído. Porque ni el arrebato de desacuerdo ocurrió como algunos han contado ni el suceso desplaza un centímetro el idilio de amor entre Simeone y la hinchada. Futre debería saber que para que un cántico a favor tenga valor y sentido (de los que él, como Simeone, acumula a racimos), es fundamental apreciar también los que se producen en contra. Discutir una decisión no es incompatible con la militancia, el afecto y el agradecimiento. Los que silbaron no se han movido ni un centímetro de su posición. Quieren exactamente lo que querían, al Atlético. Son los mismos que cantan Ole, ole, Ole, Cholo Simeone, los mismos que hace años entonaban el Paulo, Paulo, Futre, Futre. Es idéntica sangre la que bombean esos corazones. Son los atléticos, que saben lo que tienen que celebrar o reprochar sin necesidad de tolerar advertencias o amenazas. Y si Futre no los reconoce detrás de los silbidos igual que de los aplausos es que, pese a tantos años de romance y mito, definitivamente no ha entendido nada.


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