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Ancelotti, acusado de maleable, demuestra que las relaciones cuartelarias no tienen cabida en el Madrid

“A mí me gusta hablar con los jugadores, no gritar. Me siento dentro del grupo, ni por encima ni por debajo”, dice de vez en cuando Carlo Ancelotti, ante todo un tipo normal. Reivindica serlo. Pero también es extraordinario, pues ha ganado dos veces como jugador la Copa de Europa y tres más como técnico, algo sólo hecho antes por Bob Paisley. Y, como técnico, con dos equipos diferentes, hito que hasta el momento era propiedad única de José Mourinho.

Quizá lo más meritorio es que alguien así consiga ser normal. No se le recuerdan gritos, ni golpes en la mesa. Ha reconocido errores en el tiempo y no suele alardear de sus aciertos. Sabe que desde que es entrenador él no remata los córners y no regatea a nadie. No se cree más que sus pupilos, por más historial que tenga.

Pero esto hay gente que no lo entiende. Gente que concibe el fútbol como el ejército, con relaciones cuartelarias y jerarquías marcadas en el organigrama. El método, que puede servir en muchos sitios, no tiene cabida en el Real Madrid. Se pueden discutir los motivos, pero no los hechos, normalmente el equipo blanco da lo mejor de sí mismo cuando la mano izquierda se impone a la mano dura.

Ancelotti, hoy victorioso, ha tenido que aguantar muchas maledicencias por el camino. Se dijo que fue contratado por ser maleable a los deseos de la directiva, por dejarse hacer. Se advirtió que se plegaría a los designios del talonario y aceptaría siempre a los fichajes más rimbombantes. De haber sido así en Lisboa Illarramendi hubiese sido titular. No lo fue porque, aunque parezca un buenazo, termina imponiendo su criterio. Para eso le pagan.

También, en el inicio de la temporada, cuando el equipo aún sufría los desajustes del poco tiempo de trabajo juntos, se dijo que no entrenaba lo suficiente, que no se veía intensidad en el campo. Alguno confunde la intensidad con la sobreexcitación, cierto es que el equipo no comenzó bien, también que es difícil engranar una máquina prácticamente desde cero, y más con las susceptibilidades como estaban en aquellos días.

Es posible que no sea el mayor genio táctico entre los pobladores de banquillos europeos, pero el entrenador, por más que se diga, no es sólo eso. Di María fue elegido el mejor jugador de la final y ese premio bien podría compartirlo con el técnico italiano, que confió en él cuando se había enemistado, parecía que de forma definitiva, con la grada del Bernabéu. Poco a poco, usándolo con cuidado, fue incorporándolo al grupo. Le hizo sentirse importante, a nadie se le escapa que lo ha terminado siendo. Con Modric algo parecido, sin animadversión de la grada, pero colocándole en un sitio, dándole confianza y dejándole que desarrolle su juego. Con gritos, igual, no se hubiese solucionado el tema.

Y además Ancelotti tiene flor. Toda su mala suerte se agotó en la final que su Milan perdió contra el Liverpool. Es un fenómeno difícil de explicar, cercano a la superstición, pero todos los miembros del universo futbolístico saben reconocerlo. Hay gente que nace con un don y sólo queda aceptarlo. 

Lidia sus ruedas de prensa con un castellano bueno, aunque con giros algo extraños, con una sonrisa perpetua y buen sentido del humor. No es impostado, le sale sin mucho pensar el humor romano. Es elegante como el que más, no le oirán grandes quejas, no ve conspiraciones alrededor. Los jugadores le quieren, no sólo porque les haga ganar, sino porque le quieren sin más. La muestra, en Lisboa, fue en la celebración en rueda de prensa.

Se sienten cómodos porque Ancelotti, como en su día hizo Del Bosque, trabaja por crear un ambiente de trabajo respirable. Bastantes problemas hay ya como para tener que preocuparse por las relaciones internas. Dicen que en Da Luz se jugaba el puesto, que el presidente prefiere otro perfil. Eso, lógicamente, sólo fue hasta el minuto 90. Después, con el vendaval, cualquier duda se fue por el desagüe. Lo que no había hecho ya su carácter afable lo consiguió la décima Copa de Europa.


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