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Laso, la supervivencia y el Woodstock de la pelota naranja

El entrenador del Real Madrid se sobrepone a los rumores que le ponían fuera del banquillo blanco y disputará la final a cuatro de la Euroliga por tercer año consecutivo.

Pablo Laso.
Pablo Laso. Gtres

Pablo Laso llegó a Madrid y se encontró en la puerta del Bernabéu una manifestación por el estado de la sección de baloncesto. Leyó la prensa al día siguiente y pudo ver como en muchos sitios era ninguneado. La última opción de Florentino, un perfil bajo porque el objetivo era reducir el presupuesto y dejar dormitar a la sección hasta que las cosas volviesen a su cauce y se pudiese inyectar dinero de nuevo. “¿Quién es Laso para entrenar el Madrid?”, se preguntaban en el reducido círculo de amantes del baloncesto, en foros de internet y campus de verano.

Otro a lo mejor se hubiese marchado con miedo. ¿Qué sentido tiene llegar a un campo de batalla en el que todos los que luchan quieren tu cabeza en una bandeja de plata? Laso nunca se arredró. Es más, las muy extrañas circunstancias en las que llegó al club blanco le espolearon, supo que si había sobrevivido a su contratación la fuerza no le faltaría para los contratiempos que tiene el deporte. No se puede decir que le hayan faltado de esos en estos cerca de cuatro años como técnico del Madrid.

Hay que hacer una acotación, una cuestión que cambió de alguna manera el inicio de Laso. Una circunstancia en la que nada tuvo que ver pero de la que sin duda se benefició. Cuando el técnico llegó al Madrid la NBA estaba en una pelea laboral. Los propietarios habían decidido parar la competición hasta que se llegase a un acuerdo para un nuevo convenio colectivo. Algunos equipos europeos miraron con desdén a la opción de contratar algún jugador de NBA. No querían alquileres. Suponían, como de hecho pasó, que en semanas o meses los estadounidenses llegarían a un acuerdo y a ellos se les marcharían las estrellas.

El Madrid, sin embargo, se apuntó a los grandes fichajes. Primero Rudy, después Ibaka. Pocas cosas gustan más en los despachos de Concha Espina que la posibilidad de una presentación con fuegos artificiales. A efectos de planificación era un despropósito, ambos jugadores se iban a convertir en puntales del equipo para dejar a la novia plantada en el altar. En el Madrid daba igual, total ya se había dado la temporada por perdida antes de comenzarla, un poco de alegría y glamour no iría mal.

Entiende el baloncesto desde la velocidad y la libertad

Y ahí empezó todo. No era solo glamour lo que se veía sobre la pista sino un equipo vertiginoso. El desafío a los cánones del baloncesto europeo era evidente. Nada de agotar posesiones, no se puede despreciar un contraataque, más rápido es mejor. Acostumbrados como estábamos a tanto entrenador obsesionado con la pizarra lo de Laso fue un Woodstock de la pelota naranja. La libertad, el deporte como divertimento. El pabellón se llenó más que ningún otro año. La ilusión estaba ahí.

Sí, se fueron Rudy e Ibaka, aunque el primero lo haría con fecha de retorno. Estaba cansado de la NBA y ansioso por volver a ese equipo del que todo el mundo hablaba. Ya se había marchado cuando el Madrid ganó la Copa. Aquel título fue una inyección de gasolina a la llama del proyecto. Porque ganar puede ser solo ganar, pero hacerlo en Barcelona, con 91 puntos en el propio marcador y sacándole 17 al histórico rival es mucho más que eso. El Madrid asaltó el Sant Jordi y se quitó de un plumazo dos traumas históricos. Llevaba 19 años sin ganar el título y su reciente historial contra el Barcelona llevaba al pánico al aficionado blanco más optimista.

Fue un golpe en la mesa, la realización de que el estilo, a veces, puede ser la respuesta. El resto de la temporada, ni fu ni fa. Perdió pronto en Europa y llegó a la final de Liga. Ahí se las vio con Xavi Pascual, que si esto fuese una historia de superhéroes (de algún modo el deporte siempre lo es) ejercería de villano. La psicología había cambiado. Ya no se hablaba de reducir presupuestos sino de empezar a soñar. Perder en el quinto partido era doloroso, pero también un haz de esperanza para una sección a la deriva.

Se empezó a invertir. Llegó Rudy, ahora de manera definitiva, Sergio Rodríguez recobró su mejor versión –nadie más feliz con él en la nueva doctrina-, Mirotic demostró que no era solo un junior de altos vuelos. Felipe y Llull se asentaron y lo de alrededor, con más o menos movimiento, fue acoplándose al nuevo modo de hacer las cosas.

Por resumir, llegó una Liga, ganada con brillantezpoco después de uno de los primeros traumas, la final perdida contra Olympiakos en Estambul. En la semifinal había dado cuenta del Barcelona, que ya empezaba a temer al Madrid como lo hiciese en tiempos pasados. Es cierto, aquella final pudo ser vencida. Probablemente los blancos eran favoritos. Pero fueron peores que sus rivales. Un inicio arrollador, una muestra sublime de baloncesto, fue insuficiente contra la garra de Spanoulis.

El optimismo, a pesar de todo, seguía siendo la nota habitual. Muy cerca estuvo la Euroliga, se venció la Liga. Se perdió la Copa, es cierto, pero el Madrid se había convertido en la rueda a seguir, el equipo al que todos querían parecerse. 

Los nubarrones quedaron para el año siguiente. Los de Laso volvieron a empezar como un avión, encadenaban palizas por Europa, parecían imbatibles. Ganaron de nuevo la Copa, una vez más al Barcelona. En este caso no hubo un distancia, solo un triple agónico de Llull. Igual o mejor, pensaron los aficionados.

Era mayo y llegó la final a cuatro. Milán como escenario y la pasión desenfrenada. ¿Quién parará al Real Madrid? Pues en semifinales lo tenía que intentar el Barcelona, pero nada más lejos de la realidad. Los de Pascual fueron un juguete en manos del Madrid. 38 puntos arriba, 100 en el marcador blanco. Un aficionado madridista puede ver ese partido una y otra vez sin llegar a cansarse nunca. Fue un auténtico burreo, un equipo al que todo lo sale contra una víctima que solo espera que el reloj corra lo máximo posible para que la humillación pase pronto. ¿Qué podía fallar?

El Madrid encadena dos finales perdidas en Europa, la última dejó secuelas

Todo. El Madrid se plantó en la final contra el Maccabi con cierto aire de superioridad. Los israelíes se habían cargado al CSKA en un final de infarto y sonaban a menos que los rusos, como ya pasara un año antes con el Olympiakos. El desenlace es bien conocido, la máquina del Madrid no funciona aquella tarde y, aunque fuerza la prórroga, se queda sin título. Un fracaso más, y ya no valía la ilusión. La casa blanca, guste o no, exige el resultado más que el esfuerzo o la estética.

Aquella final supuso un punto de inflexión en ese Real Madrid. Los play off fueron malos, llegaron a la final contra el Barcelona, al equipo al que un mes antes habían humillado, y no pudieron hacer nada para contrarrestarles. Empezaron los rumores, esos que siempre se ceban con quien pierde. Se comentaba que en el vestuario reinaba el descontento, que los jugadores empezaban a ver a Laso de otro modo y ya no le querían. Había runrún con la directiva, siempre ansiosa con los entrenadores, siempre reclamando el cielo. Empezaron los cuchicheos que servían la cabeza del técnico. Tampoco se iba a extrañar a estas alturas, él sabe mejor que nadie lo volátil que puede llegar a ser su club. Si alguien duda de que el movimiento existía, si piensa que no hubo nada de lo contado, debería recordar que sus asistentes se cambiaron en contra de su voluntad. No más Hugo López, fin de Cuspinera. Llegaron en su lugar Zan Tabak y Chus Mateo.

Florentino le cambió los asistentes en contra de su voluntad en verano

La corriente del río cambiaba de rumbo. Se deslizaba desde el club que para ganar no es posible la alegría, que si la tendencia en Europea era el pizarreo y el tempo calmado no era casualidad. Apreciaban de Laso el cambio de psicología, por eso no se lo cargaron a él también, pero le quisieron poner un traje que no le correspondía, el de hombre serio y en permanente estado de enfado, el que busca la victoria sin cabilar el método.

El Madrid empezó mal esta temporada. No encontraba su ritmo, se seguía hablando de los caprichos de los jugadores. El ritmo había decaído, había perdido el baloncesto. La figura de Djordjevic, uno de los últimos mitos del madridismo, ensombrecía el futuro de Laso. Nadie se atrevió a dar el paso, a quitar al técnico y, quizá, encontrar el rechazo de una grada que le había cogido cariño. Sabia decisión, llegó febrero y el Madrid ganó la Copa con suficiencia. Ahora parece haber vuelto a la mejor senda, a la del baloncesto vivo y, sobre todo, a la de la victoria.

Este año el equipo es algo menos vistoso, aunque sigue siendo de los mejores de Europa en ese sentido, pero también un poco más competitivo. Igual llega un entrenador después y consigue ganar todo lo ganable. En cualquier caso, el éxito está ya ahí. Haber cambiado una tendencia, haber sobrevivido a un nombramiento, a la zozobra que siempre reina en el Madrid. Haber desafiado a todo el baloncesto europeo asegurando que jugar bonito no es lo mismo que comprar los boletos de la derrota. Haber sido diferente. Y, por fin, haber ganado. El éxito en resultados y, sobre todo, en un buen recuerdo.


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