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Diego se va, la verdad no sale

El Atlético se ha ganado ser el centro del mercado. No podían esperar sus dolientes seguidores, después de una temporada como la que han cuajado, que sus futbolistas y su entrenador no resultaran de lo más apetecible para los que manejan cuartos. Ofertas tiene que haber y muchas, casi por todos y cada uno de sus futbolistas del once inicial, quizás salvo por uno. Ahora depende del dueño principal de las acciones equilibrar sus ansias de dinero fresco con el interés deportivo del equipo para minimizar los daños. Pero que van a salir principales es evidente. Y que allá ellos que se lo pierden, ya casi también. El caso no merece ni una lágrima, ya lo verán. Ilusiónense con Correa.

Pero sin llorar por su salida, el caso de Diego sí merece una reflexión. El mejor futbolista creativo de largo que ha pasado en los últimos veinte años por el Atlético se va por la puerta de atrás. Con palabras de cariño hacia la afición, pero con un mayúsculo interrogante sobre su flequillo. Fue el mejor jugador, o casi, en la primera aventura del ciclo Simeone, esa Liga Europa que acabó en Bucarest coronada por una goleada ante el Athletic. Fue luego una obsesión casi permanente de Simeone, que suspiró y pataleó por su regreso incluso a precio de oro. Una incorporación que finalmente, aunque tarde, se produjo. Y por un pico, por una pasta desproporcionada para sólo media temporada. Pero el Atlético iba viento en popa, Simeone se había ganado galones de capitán general, y al propietario no le quedó otra que aflojarse el bolsillo.

Para nada, eso sí. Porque una vez desenfundó su billetera, pagó por el brasileño lo que no está escrito, sólo lo disfrutó más bien sentado en el banquillo. Sobre el campo los dos primeros partidos, pero luego repentinamente lejos de ahí. Diego se cayó del grupo de principales. Dejó de ser titular, luego ya no fue el primer cambio, ni el segundo. Y últimamente ni siquiera el tercero. Ni en Barcelona ni en Lisboa, el Cholo recurrió a él. Algo pasó ahí que no nos contaron. Al único periodista del sector que parecía estar interesado por la cuestión se le olvidó preguntar cuando tuvo al futbolista delante. Así que, ole, ole, ole, lo que diga Simeone. El tema pasó de largo.

La memoria televisiva ubica el incidente en Milán. Diego iba a saltar al campo y, de repente, el que salió fue Raúl García. Algo sucedió ahí que, se deduce, desencadenó el desencuentro. Pero es sólo olfato, una intuición sin confirmar. Un enigma que no se puede resolver desde tan lejos. Y que se deshace sin cantar la solución. Es verdad que Diego, más allá de ese zapatazo inolvidable en el Camp Nou, en Champions, no volvió a ser el Diego de 2012 en ninguno de los ratos en los que el Cholo le levantó el castigo. Pero también es indiscutible que su talento es descomunal y que se renunció a él de forma aparentemente caprichosa: el caso es para Cuarto Milenio. El mejor futbolista, el más deseado, reducido no sólo a secundario sino al carro de la basura. Algo ocurrió y no nos lo han querido contar.

Uno puede resignarse a quedarse otra vez sin Diego, el fútbol condena a cosas peores, pero resulta insoportable no conocer la verdad. Sería un detalle que la contaran antes de apagar la luz. Porque no se entiende.


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