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La entrepierna de Villar

Villar, a lo suyo en Marruecos, entre Platini y Blatter.
Villar, a lo suyo en Marruecos, entre Platini y Blatter.

De la violencia en el fútbol se hablará cuando a Villar le salga de la entrepierna. A ver si ahora le van a marcar la agenda al señorito una panda de asesinos, millones de personas tan aterrorizadas como hartas y un grupo de políticos y autoridades al fin con ganas de encontrar una solución a la barbarie. Faltaría más. El presidente de la Federación Española de Fútbol siempre ha hecho lo que se le ha puesto en la punta de la nariz y no va a cambiar a estas alturas porque haya un cadáver en el fondo del río. Hoy tiene viaje y partido. Veremos qué le apetece hacer mañana.

Lo de este directivo, la verdad, supera los límites conocidos de la desvergüenza propia y la indignación ajena. No es sólo que haga siempre lo que le de la gana, sino que hace continuos esfuerzos rebosantes de provocación porque parezca y quede claro que siempre hace lo que le da la gana. Villar es un insulto constante, un desafío permanente a la paciencia de los demás, le resbala lo que le digan o le escriban. No hay reglas, no hay códigos, aquí manda él. 

No hay siquiera indicios públicos de si lo de la violencia en el fútbol le parece bien o mal, de si los episodios vandálicos de hace tres semanas le alegran o le duelen. Es un cargo político el suyo, y por tanto vive de los pronunciamientos, pero Villar no se pronuncia. O lo hace cuando se le antoja, nunca cuando se lo reclaman los demás. Pero esta vez su desfachatez ha pasado con creces la línea de lo soportable. Porque aunque posiblemente no se de cuenta y su vanidad le ciegue, ese ofensivo silencio y esa irritante pasividad acaban cediendo en solidarios y cómplices con los criminales. Y ya está bien.

Pero el problema hace tiempo que ha dejado de ser Villar y su grosera insolencia. El problema hace tiempo que es la debilidad de los demás ante su descaro. Esa inconcebible incapacidad para reducir su arrogante libertinaje, para hacerle pasar por el aro de las normas o pautas de educación que rigen los movimientos de la gente civilizada. Villar hace lo que quiere porque sabe que nadie le va a impedir hacer lo que quiere. Ya sea pegarle un puñetazo a Cruyff, visitar en la cárcel a Del Nido, gestionar el fútbol o callarse ante los ultras y torpedear las actuaciones contra ellos. Y eso no mejora el bajo concepto que se tiene de él, pero sí deja en evidencia, por irritantemente frágiles o sumisos, a sus alrededores.   


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