Democracia y mercado

Tres preguntas para la derecha española en 2015

Si atendemos a cualquier repaso del año hecho por los medios patrios, o si simplemente echamos un vistazo rápido a las noticias destacadas de los últimos doce meses, parecería que en 2014 el vuelco del sistema de partidos consolidado hace dos décadas en España se ha centrado en el lado izquierdo del espectro. Sin embargo, la caída del Partido Popular en intención de voto ha sido más que espectacular.

El cambio en la derecha es si cabe más llamativo porque la competencia electoral era mucho menor. Salvo por la reciente incursión de UPyD, el PP ha venido siendo dueño y señor del voto liberal-conservador desde los años noventa. Tanto que en 2011, hace solo tres años (parece que fue ayer y, en términos de análisis estructural de un sistema de partidos, realmente fue ayer), el partido acumulaba la mayor cantidad de poder que ninguna formación ha tenido en democracia: sumando la mayoría absoluta en Madrid con el gobierno de más de la mitad de las Comunidades Autónomas, el mandato recibido por los electores era uno de cambio claro. Hoy, esta aparentemente sólida estructura de la derecha española se viene abajo en todos los frentes. En el hundimiento, tres preguntas se abren paso ante las demás: qué hará el PP mientras aún le quede tiempo en el Gobierno, por qué los “partidos regeneracionistas” no han sido aún capaces de aprovechar la oportunidad que se abre ante ellos… y, en definitiva, en qué quedará la organización que dominó la derecha durante años cuando todo esto haya acabado.

La mayoría de acciones pretendidamente responsables con las que el PP cuenta en su haber han sido aprobadas a regañadientes

¿Reformas o prebendas?

Seamos claros: la mayoría de acciones pretendidamente responsables con las que el PP cuenta en su haber han sido aprobadas a regañadientes, con un tono de responsabilidad obligada y la media verdad de su imposición exterior, oculta tras el velo de “las circunstancias actuales”. La reforma del sector bancario, las modificaciones en el sistema de asignación de pensiones o la (tímida) remodelación de las políticas activas de empleo son tres buenos ejemplos. En ningún caso el PP ha ido todo lo lejos que su poder efectivo le permitía, nunca haciendo un discurso positivo sobre quién y cómo se beneficiará de cada nueva medida, siempre manteniendo la impresión de niño aplicado ante la mirada atenta del maestro que aprovechaba cualquier despiste para hacer maldades. Impresión que se vio reforzada con la reforma fiscal, sin ir más lejos: más o menos limitada a llevarnos a la situación anterior a 2012, claramente dirigida a mejorar las perspectivas electorales en el corto plazo, duramente criticada por Bruselas.

En términos políticos el PP se ha dejado atrapar por una coalición de votantes conservadores, es decir, favorables al statu quo por conveniencia, y cargos igualmente necesitados de que todo siga como hasta ahora. En el frente económico, la relajación de las urgencias de la crisis del euro le ha permitido tal lujo. Pero los escándalos de corrupción han partido el acuerdo por el lado de los votantes. Ahora solo los más conservadores y los de mayor nivel de ingresos se están quedando en el barco junto a los políticos que se resisten a cualquier tipo de reforma institucional seria; los demás van saltando poco a poco primero, en masa después.

La perspectiva para el año trufado de minas electorales es de claro inmovilismo reformista, al menos en lo que respecta a lo importante

Esta fuga deja a los populares con el miedo metido en el cuerpo. Cualquier nueva reforma estructural de las muchísimas que podría necesitar el país y que el partido aún tiene capacidad teórica de afrontar quedan frenadas ante el vértigo que provoca hacer más daño a ciertos sectores electorales y perder aún más apoyos. Al mismo tiempo, la base fiel se ve circunscrita cada vez más claramente a extremos (ideológicos, de ingresos, de edad), lo cual pone en duda cambios equilibrados que puedan enemistarle con los pocos que aún siguen a Rajoy allá donde vaya: ahora, me temo, pocos en el PP creen que un giro hacia el centro y la moderación reformista sea creíble para los electores que ya han dicho “nunca más”. La perspectiva para el año trufado de minas electorales es, por tanto, de claro inmovilismo reformista, al menos en lo que respecta a lo importante. 

¿Qué hay de los “partidos de la regeneración”?

Esta parálisis acentuada por una deriva hacia los márgenes debería constituir un escenario ideal para UPyD y Ciudadanos. Como ya comenté en estas páginas, el ‘boquete’ que se abre en el centro equivale a una ventana de oportunidad. Es cierto que Podemos está siendo capaz de recoger algunos frutos en este espacio, pero la realidad es que la mayoría de desencantados con el PP se van a la abstención, aguardando. A algo que les convenza.

De su aversión al PSOE cabe deducir que estos ciudadanos no buscan quedarse dentro del sistema actual, ni tampoco parecen especialmente interesados en la redistribución. La plataforma ideológica y comunicativa de UPyD intenta transmitir regeneración, pero resulta difícil hacerlo cuando ya se dispone de supuesto poder de influencia desde hace años… y cuando tu líder es una cara vista en política desde hace décadas. Además, el votante tipo de derechas suele percibir a los magentas algo más a la izquierda de lo que probablemente haría falta para acaparar esos centro-derechistas dejados de la mano del PP. Resulta imposible averiguar qué quiere exactamente el votante, pero creo que hay dos posibilidades (relativamente excluyentes entre sí) para intentar construir una propuesta que aspire a conquistar a los moderados.

Una es la alternativa liberal, centrada en culpar de todos los males al sector público, en defender al emprendedor y al profesional autónomo con estudios, proponiendo reformas en la línea del “adelgazamiento” del Estado para, al mismo tiempo, impulsar la economía y acabar con la corrupción. Pero en España jamás ha triunfado una propuesta de este corte, y hay razones para pensar que tampoco podría hacerlo ahora: tenemos un sistema público que beneficia sobre todo a las clases medias en cualquiera de sus ámbitos, no parece que éstas vayan a decidir de repente librarse de todo derecho adquirido.

La segunda opción es reproducir un PP de centro-derecha, casi más conservador que liberal, pero incluyendo un discurso radical de cambio institucional para combatir la corrupción. Es decir: proteger los privilegios (“derechos adquiridos”) de las clases medias, pequeños empresarios, eso que ahora se llama emprendedores, etcétera. Mantener el esquema fundamental del Estado en términos de política social y económica, pero apostar por cambios profundos en la organización de la selección de élites políticas y funcionariales. Ciudadanos, a pesar de su indefinición, está quizás más cerca de esta opción que de ninguna otra ahora mismo. Quizás no sea ninguna tontería, estratégicamente hablando.

Ahora mismo, cuando la dirección popular mira hacia 2015 y más allá el panorama no podría ser más desesperanzador

¿Y qué será del PP?

Ahora mismo, cuando la dirección popular mira hacia 2015 y más allá el panorama no podría ser más desesperanzador. La mitad de los votos perdidos según las encuestas, cautivos de una base cada vez más escorada, enfrentan dos citas electorales que definirán su futuro. En no poca medida sus opciones dependen de cómo se comporten los posibles adversarios. Mientras sus votantes desencantados sigan en la abstención será mucho más fácil recuperarles. Pero tan pronto como exista una alternativa creíble, ilusionante y, sobre todo, con una plataforma ideológica que dé en el clavo de lo que éstos quieren (un “Podemos de derechas” si se quiere), las pocas esperanzas acabarían por desvanecerse.

Podemos surgió tres años después de que comenzase la debacle del PSOE. Haciendo un burdo paralelismo y poniendo 2012 (el rescate bancario y el caso Bárcenas) como punto de inflexión para la trayectoria del PP, el año entrante la situación de la derecha estará lo suficientemente madura como para que la nueva demanda electoral encuentre su 'oferta' perfecta. El problema es que, hoy por hoy, no parece haber (todavía) candidatos lo suficientemente sólidos para el puesto. Por eso el PP demuestra solo una urgencia relativa a la hora de tomar cartas en el asunto. Ahora bien, que nadie espere que toda la abstención actual se transforme en voto oculto que vuelva al redil. Las horas de su hegemonía han terminado. 2015 será, de una manera o de otra, el año del cambio también para la derecha española.


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