Democracia y mercado

Cuatro partidos, cuatro dilemas

A menos de dos meses de las elecciones generales, los partidos toman posiciones estratégicas. Pero no es tarea fácil para ninguno de los cuatro principales según todas las encuestas disponibles (PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos). El cambio estructural en que se encuentra inmerso nuestro sistema dista de haberse consolidado. Cómo acabe el proceso depende en no poca medida de las elecciones que tome cada una de las formaciones, empujando a las demás en una dirección o en otra. Cada partido se enfrenta así a su dilema, y todos ellos se entretejen en un complejo mosaico.

Hasta ahora, la estrategia del Partido Popular puede resumirse en la siguiente frase de Mariano Rajoy: "Los experimentos sólo con gaseosa, no al gobernar". La piedra angular de toda la argumentación del presidente y del resto de su partido parte de la idea de que su Gobierno ha hecho lo necesario para que España salga adelante, de que ya vamos por el buen camino, y por tanto no hay mucho más que cambiar. Las referencias a las reformas que quedan por hacer son cada vez menos, esporádicas en cualquier caso, y siempre puestas contra el fondo de 'contrarreformas' como la reciente bajada de impuestos que al fin y al cabo transmiten conservadurismo: se cambió una cosa mientras no hubo remedio, pero ahora que lo hay, damos un paso atrás. A pesar de que la Comisión Europea no parezca particularmente contenta con la medida.

El PP está dejando un espacio muy valioso a Ciudadanos, cuyo programa es una colección de reformas nacionales que casa muy bien con las recomendaciones del FMI y la OCDE

El problema con seguir este camino es que, para la mayoría de la población, la recuperación dista de ser evidente. Se crea empleo y las previsiones de crecimiento del PIB para 2016 son buenas, sí. Pero el paro estructural se espera elevadísimo, la precariedad está de vuelta, y el crecimiento a medio plazo no tiene un aspecto muy saludable según, por ejemplo, el FMI. Quedan reformas estructurales por hacer, nos dice tanto el Fondo como la OCDE. El asunto es que muchas de estas reformas no serían bien recibidas por el netamente conservador electorado actual del PP. Su cúpula parece anticiparlo, y por tanto no está dispuesta a aventurarse mucho en este terreno. Pero al no hacerlo está dejando un espacio muy valioso a Ciudadanos, cuyo programa es una colección de reformas nacionales que casa muy bien con lo que se nos recomienda desde los organismos internacionales. Si a esto se le suma su postura netamente reformista en asuntos relacionados con la corrupción y con el encaje territorial, el espacio se ensancha. Quizás el PP debería reconsiderar su miedo a aventurarse en el terreno de la reforma, sobre todo habida cuenta de que no tiene competencia conservadora alguna. Tal vez está haciendo demasiado caso a unos votantes que ya son cautivos. Aunque posiblemente la estrategia actual del PP no obedezca solo a los cálculos electorales sino también a presiones internas para mantener un perfil conservador.

El dilema del PSOE es, en realidad, bastante similar al del PP, aunque en una dimensión ideológica y de clase distinta. Sus bases electorales son, hoy, un difícil maridaje entre actuales (y sobre todo retirados) obreros industriales cuya renta está relativamente asegurada aunque no sea alta, y desempleados y trabajadores de poca cualificación que sufren de una considerable incertidumbre económica. Todos estos grupos tienen una preferencia clara por la redistribución y las políticas ajenas a la derecha; ahora bien, las preguntas de qué tipo de redistribución y para quién quedan sin respuesta. El programa del PSOE es reflejo de esta tensión, combinando partidas de gasto para el bloque más perjudicado por la crisis (formación para jóvenes en paro de larga duración, ingreso mínimo garantizado) pero sin explicar bien de dónde van a salir esos fondos (presumiblemente, de impuestos pagados por el bloque más 'seguro') y manteniendo estructuras regulatorias que favorecen la redistribución solo desde y hacia la clase media. Podemos está al acecho para dar cobijo a quienquiera que sienta que el PSOE no es lo suficientemente "de izquierdas", siempre según su definición de izquierdas que, probablemente, no es la misma para estos bloques.

Iglesias viene a admitir, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, su incómoda posición entre sus orígenes y su destino

Pero la formación de Somosaguas se enfrenta a una paradoja que queda plasmada en el titular de esta entrevista a su líder: «Me considero marxista, pero soy consciente de que cambiar las cosas no depende de los principios». Iglesias viene a admitir, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, su incómoda posición entre sus orígenes y su destino. Podemos se ha quedado un tanto varado en ese medio camino, sin poder elaborar un relato creíble de cambio ajeno a su procedencia ideológica extrema (cuando la comparamos con la media patria). En esta misma situación se encuentra con respecto a la cuestión centro-periferia. En la citada entrevista definía las elecciones catalanas del 27-S como "un partido Madrid-Barça, y nosotros íbamos con el árbitro". Por el momento, ni Iglesias ni su equipo parecen ser capaces de deshacer el nudo, o los nudos, y su porcentaje de votos actual según las encuestas (algo por encima de la mejor Izquierda Unida, algo por debajo del peor PSOE) no hace sino reflejar su dilema, que también es el de unos dirigentes deseosos de que su proyecto de sociedad llegue más allá pero al mismo tiempo conscientes de que éste no es el de la mayoría de la población, al menos no ahora mismo.

Ciudadanos también parece estar absorbiendo votos del PSOE, especialmente en las últimas encuestas, cuando el caladero del centro-derecha parece haberse agotado. Esto, que en principio parece una buena noticia para Rivera y los suyos, contiene en realidad el dilema esencial al que se enfrentan, y se han enfrentado siempre. En la decisión entre convertirse en una formación de centro-derecha que aspirase a arrinconar al PP y consolidarse como un partido de centro reformista que bebe tanto de un lado como del otro del espectro, por el momento (debe subrayarse que no tiene por qué ser irreversible) el camino escogido es este último. Ahora bien, a medida que C's gana votos sin que el PP los pierda, la coalición más probable (aritméticamente) es precisamente una de centro-derecha. Sin embargo, para que esto suceda C's se está cargando precisamente de simpatizantes que preferirían una unión de centro-izquierda con el PSOE. El camino para ser bisagra no es fácil. Menos aún, cuando se es el recipiente de los votos decepcionados de todos: eso también quiere decir que cualquiera de los que ahora te apoyan lo tienen bastante más fácil para encontrar una alternativa. El centro es un arma de doble filo.

Un PP reformista quitaría espacio a Ciudadanos. Pero un PSOE más ambicioso que el actual también podría achicar espacios con Rivera

El equilibrio que observemos el 20 de diciembre dependerá en gran medida de las decisiones que cada uno de los cuatro partidos tomen en sus respectivos dilemas. Un PP reformista quitaría espacio a Ciudadanos, quien se movería más a la izquierda. Pero un PSOE más ambicioso que el actual también podría achicar espacios con Rivera, aunque es posible que esto diese algo de aire a Podemos, siempre y cuando éstos fuesen capaces de avanzar su ya famoso (pero de momento fallido) viaje al centro. Por ahora, PP y PSOE se mantienen cautos, Podemos algo perdido, y Ciudadanos aprovecha la momentánea tranquilidad para ocupar espacio.Pero parece poco probable que las aguas se mantengan tranquilas por mucho más tiempo.


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