Democracia y mercado

Tres ideas (erróneas) de Europa

Supongo que los lectores lo habrán notado: ya apenas nadie defiende a la Unión Europea. Para ser justos, es normal. A un político, a un medio o a un comentarista determinado le puede salir muy caro en términos de imagen pública ponerse a loar algo que ha sido vilipendiado por todos los demás desde, más o menos, mayo de 2010. La tentación de echar las culpas a un ente extrañamente ajeno, lejano es demasiado grande como para que, en esta era de votos medidos al milímetro y terror a tomar riesgos políticos, nadie se atreva a hablar a los ciudadanos de sacrificios a corto plazo y proyectos a largo plazo. Paradójicamente, cuando se pone contra las cuerdas a casi cualquiera de los críticos o escépticos con la construcción europea, la frase "cualquier solución pasa por Europa" se convierte en lugar común. Así, las élites admiten de manera implícita que están haciéndose trampas a sí mismas y a los votantes. Emplean para ello estrategias distintas (pero muchas veces complementarias) que se resumen en tres burdas caricaturas de Europa.

La Europa de los mercados

Es ésta una idea ampliamente difundida en los países deudores de la presente crisis. Con la Troika como epítome, se supone que los designios europeístas están controlados por oscuros intereses financieros que poco o nada tienen que ver con lo que necesitan los ciudadanos y mucho con lo que desean los especuladores.

En realidad la parte europea de la Troika no tiene capacidad decisoria alguna, sino que se ciñe a ejecutar el mandato de los Estados que forman el proyecto europeo

Esta visión es insostenible en cuanto se observa que el mayor interés, el deseo último de la inmensa mayoría de inversores es de estabilidad y ausencia de incertidumbre. Precisamente las dos cosas que la Eurozona no parece capaz de proporcionar hoy día. Por otro lado, ninguno de los que defienden esta idea (normalmente desde posiciones extremadas a la izquierda) es capaz de exponer los mecanismos específicos según los cuales estos supuestos poderes en la sombra están actuando para condicionar las decisiones de la Troika más allá de esporádicas referencias a personas que han ocupado cargos tanto en el sector público como en el privado. Más aún: el mismo argumento pierde de vista que en realidad la parte europea de la Troika no tiene capacidad decisoria alguna, sino que se ciñe a ejecutar el mandato de los Estados que forman el proyecto europeo. Para ser justos, en una versión más avanzada de la idea la culpa se desplaza hacia Alemania, lo cual permite esquivar este fallo fundamental. Aunque deja al descubierto otros muchos.

La Europa de Alemania

En este caso es, se supone, el país acreedor por excelencia quien impone sus condiciones (junto con otras naciones del norte) a los pobres deudores indefensos. Cabe empezar diciendo que esto no es, en esencia, falso. El diseño europeo actual es tal que las decisiones fundamentales se toman en negociación inter-gubernamental (salvo en política monetaria, competencia y algún otro aspecto). En tanto que los países acreedores no tienen instrumento institucional ni razones para creerse promesa alguna de reformas estructurales y consolidación fiscal desde el Sur a no ser que la impongan de manera draconiana, un acuerdo más relajado es imposible. Los deudores, por su parte, no disponen de la fuerza ni de la capacidad para organizar un bloque conjunto e imponer sus condiciones. Entre otras cosas, y esto es capital, porque cualquier amenaza extrema del tipo abandonar el euro no es creíble bajo ningún concepto.

Muchos de quienes defienden la idea de que esta Europa es la de Alemania también apoyan una negociación agresiva para reorganizar la solución a la presente crisis. Añoran incluso, a qué negarlo, los tiempos en que los países del sur disponían de su propia divisa que podían devaluar a placer cuando la situación lo requería. Es ésta una nostalgia curiosa, pues se echa de menos un instrumento obviamente sub-óptimo (por todos los problemas que trae consigo) y se ignoran todos los beneficios que el renunciar a él nos han traído (no sé, una década de bienestar sin precedentes, por ejemplo). Y se trata de una estrategia suicida mientras el coste de mantenerse dentro del euro sea inferior al de salir. Esto es lo que no la hace creíble, y por tanto, como estamos viendo en la negociación actual entre Grecia y Alemania, solo levanta las iras de los acreedores. Con esto no quiero decir que haya que plegarse a la situación actual, obviamente nociva por desequilibrada. Pero desde luego amenazar con volar un edificio por los aires cuando tu vecino tiene una cabina blindada y tú probablemente quedarás deshecho en mil pedazos no parece la mejor de las tácticas.

La transferencia de competencias desde el nivel estatal al europeo ha sido y es lenta, tediosa. Pero en casi cada área en que se ha producido el resultado ha sido precisamente el de favorecer la homogeneidad, la convergencia y reducir la captura de rentas

La Europa de los burócratas

Yendo ahora a un extremo distinto, no son pocas las personas que entienden la UE como una separación entre un montón de burócratas preocupados por sí mismos y un grupo heterogéneo de comunidades nacionales dinámicas que se encuentran atrapadas por la camisa de fuerza impuesta desde Bruselas. Resulta una idea llamativa, cuanto menos, en tanto que si alguien ha favorecido precisamente el dinamismo entre dichas comunidades (el mercado único, la desregulación de mercados antes cautivos, la eliminación de muchos privilegios para ciertos sectores y actores económicos, ¡incluso las becas Erasmus!) ha sido la supuestamente inoperante burocracia europea. La transferencia de competencias desde el nivel estatal al europeo ha sido y es lenta, tediosa. Pero en casi cada área en que se ha producido el resultado ha sido precisamente el de favorecer la homogeneidad, la convergencia y, desde luego, reducir la captura de rentas. Podemos discutir si nos parece bien hacia dónde convergemos, si queremos una Europa de corte más social al estilo nórdico o si nos conformamos con una de tipo liberal anglosajón. Pero de lo que me parece que no hay duda alguna es de que las fuerzas en contra de la convergencia, de la eliminación de privilegios adquiridos y a favor de la integración vienen de Bruselas, de los (pocos) puntos donde las naciones han cedido. La muestra más clara hoy por hoy es quizás el Banco Central Europeo y su actitud frente a la presente crisis, siendo la única institución que intenta preservar una suerte de equilibrio entre estímulo (monetario) y reformas estructurales por el lado de la oferta. El nuevo Presidente de la Comisión, Juncker, también ha tomado una ruta similar.

Pero, es cierto, resulta profundamente paradójico, así como completamente inadecuado, que sean los burócratas quienes están preservando Europa. Es éste un proyecto esencialmente basado en las decisiones de gobiernos representativos de los deseos de sus ciudadanos. Y son ellos los únicos que pueden llevarlo a buen puerto.

Es imprescindible pasar de una visión segmentada sobre Europa, que genera y favorece todas las ideas erróneas mentadas, a otra de carácter caleidoscópico

...o la Europa de nadie

La Europa de hoy no es de nadie, en realidad, porque nadie la quiere del todo. En los países acreedores uno se encuentra con un reflejo adaptado de las tres ideas erróneas arriba enunciadas y alimentado por los políticos y analistas locales: la UE es un instrumento para que ciudadanos y países enteros se endeuden a su costa, con la burocracia como mecanismo necesario para llevar adelante la injusta transacción. El resultado es el creciente apoyo a propuestas nacionalistas que observamos a un lado y al otro de los Alpes, ilustrando un lento pero (por el momento) inexorable choque de trenes que tiene a los conservadores alemanes y a Syriza como maquinistas no dispuestos a ser realistas, a modificar su curso.

Es imprescindible pasar de una visión segmentada sobre Europa, que genera y favorece todas las ideas erróneas mentadas, a otra de carácter caleidoscópico, que permita entender las diferentes perspectivas de los ciudadanos de uno y otro país, de una y otra clase social. Es también necesario recordar cómo llegamos hasta aquí, por qué lo hicimos y los muchos beneficios que ello nos ha traído en las últimas décadas. Si no, el proyecto europeo seguirá huérfano. Pero sobre todo debemos asumir que, efectivamente, cualquier solución "pasa por Europa". Pero este debe ser el principio de cualquier discurso político serio, y no el final obligado por un sentido de responsabilidad que, afortunadamente, aún no se ha diluido del todo en el mar de incertidumbre en que nos hemos metido.


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