Democracia y mercado

Los hijos no deseados de las democracias europeas

Qué fácil es comenzar un artículo como este parafraseando a Marx: un fantasma recorre Europa, sí, y es el fantasma del populismo. Empleo la palabra sin ligereza, y también sin intención alguna de que resulte peyorativa. Me ciño, de hecho, a la maravillosamente clara definición que dio el teórico Ernesto Laclau: el populismo para él no es sino la satisfacción de ciertas demandas que una mayoría enuncia más allá de los canales establecidos por las instituciones existentes. Para Laclau, que no solo era teórico sino que también se permitía el lujo ser ideólogo, el populismo era necesario para la democracia porque ningún sistema es capaz, afirmaba, de canalizar todas las demandas posibles dentro del orden institucional existente. Queda implícito en esta afirmación que un sistema representativo como el nuestro, o como el de cualquier otro país del continente, es particularmente susceptible de dejar en el ostracismo a una parte de la población. Por ello se alzan airados y triunfantes los partidos anti-establishment en casi todos los Estados europeos: porque llevan consigo las voces de los desposeídos por la democracia liberal.

Más que la pérdida de poder adquisitivo en sí misma, la ventana de oportunidad para el populismo ha sido abierta por la manera en que los partidos tradicionales han gestionado la situación

No es casualidad que el punto en común (probablemente el único punto en común) entre todos los partidos europeos que, país por país, vienen retando con éxito a aquellos que llevaban décadas dominando el panorama electoral es la insistencia en que ellos, los nuevos, representan al pueblo, a la "gente", a la mayoría, a los verdaderos valores de la nación... A la patria. Intentar buscar paralelismos entre el M5S italiano, Podemos o el Front National es fútil: mientras el primero depende casi totalmente del carisma de un vociferante cómico cuya incapacidad de lidiar con las complejidades de la táctica de coaliciones ya le está pasando factura, el segundo cuenta con una curiosa mezcla de estrategas políticos dispuestos (explícitamente) a cualquier cosa por alcanzar el Gobierno y expertos bien preparados con un obvio interés superlativo en que se aprueben ciertas políticas concretas. Y el tercero es una nave en un viaje a la moderación desde el extremo opuesto del mapa ideológico que diluye la misma esencia primigenia del proyecto de Le Pen. Pero todos ellos se unen en la defensa de una soberanía que solo es definida por una mayoría imprecisa. Todos se erigen en interpretadores privilegiados de una demanda no atendida por parte de la mayoría. La crisis ha dado el impulso definitivo a esta defensa soberana nacional. Pero más que la pérdida de poder adquisitivo en sí misma, la ventana de oportunidad para el populismo ha sido abierta por la manera en que los partidos tradicionales han gestionado la situación. Las democracias europeas han caído en dos trampas que son, de hecho, en gran medida producto de su éxito pasado.

La primera trampa es el proyecto europeo, que tantas cosas buenas nos trajo hasta hace tan poco. En un milagro de la historia, las naciones cuyas repetidas guerras han causado más muertos en la historia se pusieron de acuerdo para, poco a poco, ir construyendo un edificio político y económico común. Nunca hubo un plan definido, ni unos plazos inamovibles: todo se ha hecho a través de la negociación multilateral de gobiernos democráticamente elegidos. Incluida la unión monetaria y su falta de correlato fiscal y de políticas de oferta (excepto en ámbitos muy concretos). También, por tanto, el estrepitoso fallo en que cayó la Eurozona después de 2009 es atribuible a los mismos actores. Como ya se ha repetido en innumerables ocasiones, la solución a la presente crisis sería más o menos sencilla, más o menos factible si existiesen instrumentos para aplicar al mismo tiempo estímulos monetarios y fiscales selectivos (dentro de un plan razonable de consolidación fiscal a largo plazo) a cambio de reformas estructurales. Pero con una Unión a medio hacer los compromisos de "estímulo por reformas" eran poco creíbles, así que los acreedores han acabado imponiendo la consolidación fiscal sin estímulo alguno mientras que los deudores han hecho reformas estructurales a medias, y el órgano monetario competente ha hecho malabares para aprobar una política expansiva más de media década después de que todo hubiese empezado.

El relato era sencillísimo: los partidos dominantes representan a intereses ajenos a los del pueblo, por tanto están rompiendo una regla básica de la soberanía y lo admiten implícitamente

Esta situación ya es problemática por sí misma: los votantes de países acreedores nunca van a estar del todo contentos con lo que obtienen de las naciones con deuda; los ciudadanos de éstas van a sentir exactamente lo mismo. Pero los gobernantes europeos la han agravado al emplear de manera sistemática a las instituciones europeas en general y al resto de países en particular como chivos expiatorios para justificar los resultados de negociaciones que en realidad han sido alcanzadas por gobiernos democráticamente escogidos, bajo leyes votadas por todos. En tanto que a todos los partidos tradicionales que ocupaban estos gobiernos les salía más a cuenta echar las culpas a los demás y no aceptar la responsabilidad del acuerdo (no digamos ya apostar por una mayor integración europea), los mismos partidos socialdemócratas y conservadores dominantes han proporcionado la excusa perfecta para quienes desean hablar de demandas insatisfechas. El relato era sencillísimo: los partidos dominantes representan a intereses ajenos a los del pueblo, por tanto están rompiendo una regla básica de la soberanía y lo admiten implícitamente al no asumir las políticas actuales como el resultado de una negociación en un marco institucional que ahora se revela como imperfecto pese a que fue decidido por consenso en su momento. Por tanto, a la mayoría "no nos representa".

El auténtico drama llega cuando esta ventana se abre en una época como la actual. Los partidos tradicionales llevan mucho tiempo perdiendo pie entre unas bases cada vez más escuálidas e indecisas que desean ver resultados a corto plazo. "Gobernar en el vacío" es una expresión particularmente afortunada, por descriptiva, para describir esta situación. Ahora, si una de estas formaciones cuyos asideros habituales se están aflojando se encuentra ante la necesidad de contarle a sus electores potenciales que bueno, es necesario llegar a un acuerdo complejo con otros países y dejar atrás un poco más de soberanía a cambio de un futuro mejor, ¿se atreverá a dar el salto? Al contrario, probablemente le temblarán las piernas aún más. Estarán tan confundidos que ni siquiera sabrán qué hacer, si presentarse como los defensores únicos de la responsabilidad, intentar esconder la cabeza bajo el ala murmurando que no se les dejó otra alternativa, o adoptar una pose indignada ante la opinión pública mientras se transige en la mesa de negociación. En toda esta gama de opciones encontramos las actitudes de, por ejemplo, el PSOE de Zapatero después de mayo de 2010, o el PP de Rajoy, o incluso la Syriza de Tsipras y Varoufakis.

Los nuevos hijos no deseados de las democracias europeas no pueden esquivar la realidad como tampoco han podido sus progenitores

Sí, porque el asunto es que nadie se libra de estas dos trampas. Los nuevos hijos no deseados de las democracias europeas no pueden esquivar la realidad como tampoco han podido sus progenitores. A no ser que en ellos resida la valentía que no se halló en el pasado reciente y decidan, por tanto, enfrentarla. Claro, que para negociar una salida ambiciosa a la crisis europea es necesario precisamente eso: negociarla. Llegar a acuerdos con otros partidos que representan a otros ciudadanos con intereses distintos, explicar a los propios qué se hace y por qué se hace, e intentar asimismo ponerlos de acuerdo en un ejercicio de búsqueda de consenso que es precisamente la razón por la que inventamos esos cachivaches institucionales que tan escépticamente evaluaba Laclau. Nada más lejos de la retórica de pueblo, patria, gente y soberanía que, por el momento, está en auge en la nueva política europea.

Sin embargo, esta retórica tiene una cualidad estratégica indudable: sirve mucho mejor en el contexto de "gobernar en el vacío", amalgama mayorías de manera más rápida y efectiva en el corto plazo, promete mucho más y de manera más vaga para poder mantener (¡paradójicamente!) la coalición basada en las demandas durante más tiempo. Pero a la vez, en tanto que renuncia a la negociación y a la explicitación de preferencias concretas, de programas pesados gramo a gramo, no resulta en una solución a largo plazo de nuestro atolladero. Al contrario: nos mete aún más en la rápida espiral de decepción y nos deja esperando desesperanzados a la siguiente generación de políticos atrapados.


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