Democracia y mercado

La gran y poderosa arrogancia

Hoy Escocia vota. Escocia vota si quedarse en el Reino Unido o irse del mismo, formando un país independiente que, como enuncia Alex Salmond, líder de la campaña a favor de la secesión, pueda tomar sus propias decisiones. Para desgracia de Cameron, la evolución de las encuestas desde que decidió conceder el referéndum ha sido en una sola dirección: el "sí" ha subido hasta empatar con el "no". La negativa es un resultado más probable, pero en realidad no sabemos qué va a pasar. Cualquiera que sea la opción ganadora, la sociedad escocesa quedará partida en dos.

Hace justo una semana, cientos de miles de catalanes (algunos dicen que más de un millón) formaron una V humana gigantesca en las principales arterias de Barcelona. El objetivo de la manifestación era reclamar el "derecho a decidir", a poder votar si Cataluña quería seguir formando parte de España o dejaba de lado el proyecto común para emprender el suyo propio. Pero ni el Gobierno central parece dispuesto a ceder en algo que considera fuera de los márgenes constitucionales, ni está demasiado claro que el apoyo a la secesión haya seguido con su ascenso imparable en los últimos meses. En cualquier caso, una grieta similar a la escocesa atraviesa la sociedad catalana y se ensancha un poquito más a cada rato, con cada discusión entre conocidos, cada noticia, cada debate.

En democracia, un Estado no es sino un equilibrio entre sus miembros, los cuales se consideran lo suficientemente parecidos entre sí como para ofrecer el monopolio de la violencia y de la gestión de la vida pública a la misma entidad

El 25 de mayo de este año las elecciones europeas dejaron un sabor agrio en muchas bocas. La derecha nacionalista (extrema casi siempre) ganó apoyos o mantuvo los que tenía en casi todos los países de Europa. Estos partidos también se hacen fuertes a nivel estatal. En Francia, el ascenso del FN en las encuestas ya ha superado cualquier expectativa. En las últimas elecciones parlamentarias celebradas en nuestro continente, el domingo pasado en Suecia, los "Demócratas Suecos" pasaron de 20 a 49 escaños. Extremo es el caso de la Lega Nord en Italia, que combina xenofobia y aspiraciones secesionistas. Pero el euroescepticismo y el repliegue nacional no es patrimonio de la derecha. Podemos en España o el M5S en Italia son formaciones nuevas, con una base joven y predominantemente de izquierdas que pretenden tener proyectos "transversales" cuyo denominador común es un rechazo de la clase dirigente y del proyecto europeo tal y como está concebido hoy por parte de los países del sur.

A pesar de las enormes y obvias diferencias, de los orígenes y causas dispares, hay un ingrediente común a todos estos fenómenos: el triunfo del debate en términos de "nosotros" contra "ellos". No como una oposición de clases, sino de pueblos con una base territorial diferenciada. Dicha oposición se califica como irresoluble, escogiendo la ruptura como opción. A la hora de explicar el auge de este cleavage, muchos recurren a la crisis económica: solo hablamos de "nación" porque éstas han perdido la capacidad de dirigir su destino (dicen quienes gustan de la fragmentación de la soberanía), o porque es una conveniente forma de ganar votos sin meterse en los complejos problemas de fondo (afirman, en cambio, aquellos que los aborrecen). Otros, sin embargo, apuntan al hecho de que estas tendencias ya existían antes de la crisis, y que el efecto de la misma ha sido uno de incrementar su intensidad. En el fondo da igual, porque ambas posibilidades reflejan dos caras del mismo tipo de fracaso: el de unas estructuras federales a medio construir, acuerdos mucho más frágiles de lo que nos atrevíamos a pensar en nuestra arrogancia, con guardianes que han demostrado no estar a la altura de las circunstancias.

Cataluña en España o Escocia en el Reino Unido también son uniones heterogéneas con competencias repartidas. Una federación con democracia representativa es, probablemente, el invento político más sofisticado que podemos imaginar

En democracia, un Estado no es sino un equilibrio entre sus miembros, los cuales se consideran lo suficientemente parecidos entre sí como para ofrecer el monopolio de la violencia y de la gestión de la vida pública a la misma entidad. Cuando un Estado falla es porque dicho equilibrio se deteriora hasta romperse. La principal ventaja de un hipotético nuevo Estado es que, en principio, es más homogéneo. Por tanto, como explican los economistas Alesina y Spolaore, resulta más sencillo ponerse de acuerdo en muchas cosas. Además, es posible que la dimensión de la provisión de ciertos bienes resulte ahora más acorde con su naturaleza. Por contra, dicen estos mismos economistas, se pierde en economías de escala que facilitan el crecimiento. Además, las unidades territoriales más grandes permiten en teoría una mayor y mejor redistribución de la riqueza.

Construir una federación es la manera que tenemos de intentar conseguir las ventajas sin sufrir las pérdidas asociadas a la fragmentación. Con ella no hace falta que seamos tan parecidos, basta con que nos pongamos de acuerdo en qué gestionar en común, en qué por separado y en cómo resolver los conflictos que vayan surgiendo. Aunque esté a medio construir, la Unión Europea es, ahora mismo, el proyecto más formidable de federación que existe en el mundo, y casi me atrevo a decir en la historia: siglos de luchas y genocidios convertidos en conflicto negociado. Cataluña en España o Escocia en el Reino Unido también son uniones heterogéneas con competencias repartidas. Una federación con democracia representativa es, probablemente, el invento político más sofisticado que podemos imaginar. En ella, una constitución establece un acuerdo razonable que protege a las minorías. La constitución también sirve para que todas las partes sepan a qué atenerse, y que en cualquier caso puede ser cambiado, como cualquier acuerdo, de manera no unilateral. Parece lógico que el objetivo de toda nación occidental sea acercarse a este modelo.

El mundo en el que he crecido es uno aparentemente sólido y bien construido, lo cual nos ha permitido estar confiados en el debate; la arrogancia de tensar la cuerda hasta el final

Sin embargo, el referéndum en Escocia, las demandas en Cataluña, el ascenso de la extrema derecha y del euroescepticismo se agregan para marcar una tendencia opuesta.  Por supuesto, quienes favorecen dichos movimientos argumentarán que el pacto inicial se ha roto, o que las condiciones han cambiado, y por tanto están en su derecho de tomar la puerta de salida. Nadie discute tal derecho, o al menos yo no lo voy a hacer. Sin embargo, sí me permito señalar la cobardía y la tergiversación inherentes a estas posiciones. Se me antojan cobardes por huir de la única opción que parece maximizar los beneficios de todos en el largo plazo. Y me parecen tergiversadoras al erosionar la democracia representativa, pues o bien retuercen su significado (en Cataluña, afirmando que "no se les deja votar" cuando tal argumento encierra una trampa; entre los euroescépticos, denunciando un "déficit democrático" de dudosa existencia), o bien la utilizan como escalera para imponer una dictadura de la mayoría (como hace la extrema derecha).

Por último, pero no por ello menos importante, como en cualquier otra situación de equilibrio que se rompe resultaría absurdo e infantil acusar de dicha ruptura a un único lado del acuerdo. Al contrario: los supuestamente responsables, pretendidamente moderados líderes de Madrid, de Londres, de Bruselas o del resto de capitales europeas han estado muy lejos del arrojo necesario para resolver las tensiones provocadas por la crisis económica sobre proyectos federales a medio construir, y muy cerca del cálculo electoralista a corto plazo, de contar los votos como moneditas que no queremos perder hoy, sin levantar la vista de la palma de la mano para observar al león que se acaba de plantar ante nosotros. O, peor aún, provocando a la bestia para poder regodearse con acrobacias absurdas y ganar necios aplausos entre el público más fiel.

En su fabulosamente triste 'El mundo de ayer', Stefan Zweig se refiere a la "gran y poderosa arrogancia" que llenaba los corazones de los europeos antes de la Primera Guerra Mundial. Yo nací solo tres meses y medio antes de que España pasase a formar parte de la Unión Europea, y cuatro años después del último gran susto de la democracia, el golpe de Estado del 23F. El mundo en el que he crecido es uno aparentemente sólido y bien construido, lo cual nos ha permitido estar confiados en el debate; la arrogancia de tensar la cuerda hasta el final. Pero si sustituimos la democracia representativa y los acuerdos federales por movimientos de repliegue nacional empapados de dictaduras de la mayoría, de llamadas a los pueblos, de democracias "populares", estaremos perdiendo pie. Ojalá no nos encaminemos con paso firme, vivo y alegre hacia el precipicio.


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