Democracia y mercado

El ébola y la política en la era de la incertidumbre

En las últimas dos semanas, tanto España como Estados Unidos han vivido historias paralelas: en ambos países un caso ‘importado’ de ébola ha contagiado a una persona que trabajaba como técnico sanitario cuidando al primero. De hecho, mientras escribo estas líneas se está anunciando el segundo caso en América de este tipo. Sendos contagios han provocado debates sostenidos (a veces relevantes, a veces algo histriónicos tanto allá como acá) entre la opinión pública de cada país.  Incluso ha resultado que ambos enfermos tenían una mascota que podría haberse contagiado. Sin embargo, la forma en que las Administraciones Públicas dieron su primera respuesta al desafío ha diferido en muchos aspectos. Estas diferencias han venido a demostrar que no estamos bien preparados para hacer política pública en un mundo inundado por incertidumbres.

Si normalmente el riesgo cero no existe, cuando nos enfrentamos a una epidemia de una enfermedad aún poco conocida, incurable y sin vacuna, calcular qué tenemos que hacer antes de tener la amenaza ante nuestras narices resulta casi imposible. Por un lado, cualquier experto al que le preguntemos nos dirá que la probabilidad de un contagio masivo en un país desarrollado sigue siendo residual. Pero por otro, ninguno de ellos se atreverá a excluir que se den más casos aquí. Así, mientras en las ruedas de prensa dadas por los responsables estadounidenses se llegaba a decir con total clarividencia (calma incluso) que la probabilidad de encontrarse con más enfermos de ébola en el país era alta, en España se expuso desde el principio que el riesgo era “prácticamente nulo”. En un mundo globalizado, con la enfermedad llegando a núcleos urbanos conectados, tal afirmación resultaba una temeridad. Más aún cuando estamos hablando de algo con lo que apenas ahora estamos comenzando a comprender.

Durante las primeras horas antes y después de que se confirmase el contagio, las autoridades políticas actuaron con descoordinación y una falta patente de dirección unificada

Por eso, porque eran y son plenamente conscientes de que no nos movemos sobre terreno totalmente seguro, desde la dirección de los Centres for Disease Control (CDC) se utiliza el verbo “aprender” de cara a la opinión pública. También se hace explícito el cambio de los protocolospara lidiar con los enfermos, aunque en ningún momento se resta fiabilidad ni solidez a los existentes: simplemente se admite que hay espacio para mejorar. Como se acepta la posibilidad de error humano, en realidad incontrolable. Y en ningún caso se procede a culpar directamente a la persona que se ha contagiado de la situación vivida. De hecho, cuando alguien ha (mal)interpretado a alguna autoridad en ese sentido, ésta ha procedido a disculparse y a desmentirlo (por ese orden). Pero en general se ha calificado su trabajo de heroicidad aunque se admita la posibilidad de fallo. Aquí ya hemos visto cómo se comportó, por ejemplo, el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, cuyas ‘perlas’ ya han pasado a formar parte de nuestro acervo anti-político particular. Por desgracia no fue un ejemplo aislado, y en general, durante las primeras horas antes y después de que se confirmase el contagio las autoridades políticas actuaron con descoordinación y una falta patente de dirección unificada. Tuvo que entrar en escena la Vicepresidencia del Gobierno por orden directa de Mariano Rajoy para que hubiese un cambio tanto en el tono como en el enfoque que se daba al asunto. El Consejero ha tenido que disculparse (si bien tímidamente) en público. Y Fernando Simón, director del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias, ha comenzado a hablar de aprendizaje, en términos menos categóricos, que no dan pie a falsas expectativas, y con un tono, en general, más respetuoso con el reto actual.

Javier Rodríguez es doctor de profesión y esto no ha garantizado que su respuesta política a la crisis haya sido la más apropiada

Lo que nos revela la inicial serie de catastróficas desdichas sobre nuestro país es que, como decía al principio, no tenemos un sistema político particularmente capaz de lidiar con la incertidumbre. No generar falsas expectativas de ‘riesgo cero’, no culpar a aquellos que tienen en sus manos la capacidad sobre el terreno de mantener a la población a salvo, establecer una voz única de cara al público, centrada en la dirección política pero con el apoyo fundamental de parte visible del cuerpo técnico encargado de la gestión de la situación, aceptar que estamos ante un proceso de prueba, error y mejora, y subrayar que todos están haciendo el mejor trabajo posible. He aquí un razonable menú de estrategias a seguir por parte de los poderes públicos para afrontar situaciones de alta incertidumbre ante la opinión pública. Casi lo contrario de lo que sucedió en España durante la semana pasada.

A la hora de buscar razones que expliquen esta situación resulta tentador dejarse llevar tanto por argumentos ‘tecnocráticos’ (“¡necesitamos a un doctor a los mandos del Ministerio de Sanidad!”) como ‘popular-culturales’ (“todos los políticos en España son así, no hay solución”). Ambos me parecen igualmente errados, extremos opuestos que al final se tocan. Sin ir más lejos, Javier Rodríguez es doctor de profesión y esto no ha garantizado que su respuesta política a la crisis haya sido la más apropiada, que digamos. Respecto a la hipótesis de que nuestra clase política (quiera decir eso lo que quiera decir) es naturalmente incompetente, se trata de un argumento recursivo que explica la causa por el mismo efecto: no lo hacen bien porque no son buenos, y no son buenos porque no lo hacen bien. Se antoja poco útil.

Solo la apariencia de desastre y la natural reacción de medios y público han conseguido provocar una reconsideración del rumbo

Hay una opción que, sin embargo, no se ha explorado lo suficiente en el debate actual. En nuestras Administraciones, la línea que separa el político del técnico no está claramente definida. Por una parte, la abundancia de cargos de libre designación impregna cualquier decisión técnica de un carácter ambiguo y poco operativo, en el cual se calcula el riesgo político al mismo tiempo que la viabilidad y adecuación técnica. Por otra, el sistema de selección de élites de nuestros partidos favorece la elección de políticos cuyo principal mérito no es ni la comunicación ni la gestión de personal o la resolución de situaciones difíciles, sino más bien el seguidismo hacia el líder y la lealtad hacia su facción. Éstos siguen, a su vez, criterios similares a la hora de escoger a sus equipos ‘a dedo’. No se trata necesariamente de que los integrantes no estén preparados, no sean profesionales válidos: simplemente saben demasiado bien de qué (de quién) depende su puesto. Es fácil imaginar que el resultado ante una crisis real se parecerá bastante a lo que observamos en Madrid desde el inicio del mes: un sistema que intenta minimizar la incertidumbre a golpe de declaración vacua. Solo la apariencia de desastre y la natural reacción de medios y público han conseguido provocar una reconsideración del rumbo.

Por tanto, aunque quizás estemos mejorando, no perdamos de vista que hay un por qué detrás del desastre inicial. Y que si no mejoramos la manera en que escogemos tanto a nuestros representantes políticos como a quienes les arropan con sus conocimientos técnicos y los incentivos que cada uno tiene para actuar de una manera o de otra, el próximo reto incierto volverá a pillarnos a contrapié.

Tampoco perdamos de vista el primer eslabón de la cadena causal que nos ha traído aquí. En realidad el ébola no ha penetrado en la burbuja occidental por los recortes en el presupuesto sanitario, ni por decidir repatriar a los nacionales contagiados, ni siquiera por errores supuestamente cometidos por las personas que tuvieron la valentía de cumplir con su obligación al cuidar a dichos repatriados. El ébola llegó porque no hicimos nada por pararlo en África. Perdón: no hicimos lo suficiente. Hubo mucha gente que sí hizo muchas cosas, aunque no ha sido (ni de lejos) bastante. A ver si ahora que ya está entre nosotros nos ponemos a la altura, porque no será esta la última vez que nos amenazará la incertidumbre.


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