Democracia y mercado

El discreto hundimiento del bipartidismo

Ayer tuvimos encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas. Como cada tres meses, periodistas, analistas, políticos, politólogos e interesados en la cosa pública en general esperábamos con avidez los resultados (tanta que echamos abajo la web del organismo por unos minutos a la hora de publicación esperada, mediodía). El resultado en realidad no hace sino confirmar un estancamiento de tendencia tripolar, con (quizás, es pronto para decirlo con firmeza aún) un cuarto contendiente en el horizonte lejano (Ciudadanos). Pese a la escasa novedad que nos traen los datos, a veces la falta de la misma es la verdadera noticia. Asumiendo que la mayoría de casas de sondeos en España no van demasiado desencaminadas, parece que el escenario de 3+1 se consolida, y con él llega el cambio más profundo sufrido por nuestro sistema político en más de dos décadas. Sin embargo, se trata de una situación muy distante (al menos por el momento) de lo que varios políticos y comentaristas auguran como "el fin de los partidos tradicionales". Nos adentramos en un terreno desconocido, sí, pero por lo que se intuye entre las sombras se parece más a un discreto, por ahora, lento hundimiento del bipartidismo por sus centros de gravedad, y al surgimiento asimétrico de alternativas. 

Comencemos con el flanco derecho. Si alguien me hubiese preguntado hace un par de años, cuando el PP se encontraba en mitad de su mayor crisis interna (provocada por el caso Bárcenas) y la salida del túnel de la recesión ni siquiera se intuía, sobre mi principal preocupación respecto a la derecha española, habría dicho: "que el Partido Popular se parta". De hecho, alguien me lo preguntó en una entrevista, y yo dije que "lo último que necesitamos en España es que se rompa la derecha". Esta era una preocupación a subrayar, especialmente porque el escenario que me imaginaba era el de una ruptura por el centro de la derecha, en la cual emergía una nueva formación por el extremo que venía a copar las aspiraciones de las capas más conservadoras (y, por qué no decirlo, reaccionarias) de la sociedad patria. Pero aunque algo así llegó con Vox a la oferta electoral la cosa no ha llegado a cuajar, por decirlo amablemente, dejando mi espíritu tranquilo pero mi valor como adivino en entredicho. Es más: mientras los votantes que quedan en las filas populares están cada vez más a la derecha del espectro, los partidos con más recorrido en este lado de la contienda política son los que se sitúan en el hueco que queda en el centro. Ciudadanos está últimamente en boca de todos los analistas (aunque el CIS no le da más que un 3.1%, la tendencia es claramente al alza en ésta y otras series de encuestas), y pese a su estancamiento UPyD no parece haber dicho la última palabra.

Por el frente izquierdo, la palabra más temida por los dirigentes del PSOE, por su lado, es un horrible neologismo: pasokización, o desaparición electoral paulatina por erosión total de las bases electorales tal y como le ha sucedido al partido socialista griego. La evolución de Podemos se ha nutrido fundamentalmente de votantes de izquierda y centro-izquierda, por mucho que sus líderes se empeñen en la muerte de las ideologías el factor definitorio más claro de sus votantes sigue siendo "no son de derechas". Como tal, ha crecido en el electorado natural de los socialistas y potencial de Izquierda Unida, que, como ya sabemos, se ha quedado un poco con la miel en los labios por esperar demasiado a meter la mano a fondo en el panal.

El PP tiene un electorado cada vez más volcado a la derecha, y Podemos está basando su estrategia actual y futura en ganar a los electores que están entre el 3 y el 6 de la escala ideológica, en el centro de la izquierda

Así, el cambio en el sistema de partidos se está produciendo más por el centro que por los extremos. No estamos exactamente ante un "achique de espacios" que dejan al PP y al PSOE con un reducido pastel de centristas que repartirse para montar una gran coalición de manera natural. Al contrario: el PP tiene un electorado cada vez más volcado a la derecha, y Podemos está basando su estrategia actual y futura en ganar a los electores que están entre el 3 y el 6 de la escala ideológica, en el centro de la izquierda. Ciudadanos (o UPyD si se recuperase) está muy lejos de alcanzar a la formación de Iglesias en su éxito, en parte porque el votante del PP se ha demostrado tradicionalmente más fiel a su partido, en parte simplemente porque cada vez hay más ciudadanos que se auto-ubican a la izquierda del espectro. Pero en general las nuevas plataformas no están creciendo por los extremos, sino que van hacia la sustitución (parcial, hoy por hoy) de lo que existe.

Por una parte, el sistema electoral español, pese a ser proporcional en su esencia y no mayoritario, favorece la concentración de los escaños en los partidos más votados. No es, por cierto, tanto culpa de la tan traída y llevada fórmula d'Hondt como lo es de la baja magnitud media de nuestros distritos. En cualquier caso, el votante ha "aprendido" que la utilidad de su voto es mucho mayor si apuesta por caballos ganadores. Por otro lado, la relación entre clase social y partido escogido para el voto en España es relativamente tenue, o es menos fuerte que en otros países europeos. El fenómeno de separación entre clase y voto es relativamente común a todos los estados occidentales, es cierto, y de hecho existe una gran discusión dentro de la ciencia política sobre si tal cosa se ha producido o es que las "clases" han cambiado de forma y no nos hemos enterado (con lo que la gente votaría en bloque, pero con otros bloques, por así decirlo). Pero en nuestro país la falta de una sociedad civil articulada, unos sindicatos u organizaciones patronales fuertes independientes de los partidos y la mera reducción de la oferta electoral han favorecido un voto aún menos basado en intereses puramente económico-ocupacionales. Estos dos ingredientes se combinan para ofrecer un patrón de voto basado en la búsqueda de amplias coaliciones más bien transversales dentro de los partidos. 

El resultado último es un nuevo equilibrio que no es tal: los votantes serán conscientes de que la inestabilidad y el "voto transversal a cuatro formaciones" no es sostenible en nuestro sistema institucional

Un aspecto muy interesante es que en un hipotético sistema de 3+1 el equilibrio habitual descrito en el párrafo anterior no se da, o no se da de igual manera. En ausencia de mayoría absoluta o de pequeños partidos de intereses claramente delimitados, los pactos post-electorales son necesarios. Pero eso no quiere decir necesariamente que el voto a los partidos haya sido menos transversal en origen. Es decir: salvo una cierta evolución hacia la clase media de Podemos, la clase popular del PSOE y las rentas altas de Ciudadanos, no se observa que de repente la crisis haya traído el voto de clase a nuestro país. Al contrario: la división de apoyos entre formaciones parece condicionada sobre todo por cuestiones ideológicas, generacionales (el famoso eje nuevo-viejo) y relacionadas con la percepción de la corrupción como problema. Como consecuencia, los términos de la negociación para formar un hipotético gobierno se aventuran bastante vagos, relacionados con afiliaciones difícilmente reconciliables y con pocos incentivos para los pactos explícitos por cualquiera de los frentes. El resultado último es un nuevo equilibrio que no es tal: los votantes serán conscientes de que la inestabilidad y el "voto transversal a cuatro formaciones" no es sostenible en nuestro sistema institucional. Así, cualquier cosa que veamos de aquí a finales de año y después de la noche electoral no ha de ser vista como una nueva situación que ha llegado para quedarse. Al contrario, el 3+1 habrá nacido para morir. Lo que no sabemos aún es si lo reemplazará el pasado y esto solo habrá sido un vaivén en el camino, o si quienes claman el fin de los partidos tradicionales estarán, finalmente, en lo cierto.


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