Democracia y mercado

2015 o el cambio hacia ninguna parte

Si se le echa algo de imaginación uno casi puede ver ya los resúmenes del año que se escribirán en diciembre. “2015, el año en que cambió España” es un título probable, por ejemplo. Con unas elecciones autonómicas y otras generales (si no hay retraso inesperado a enero) destinadas a poner patas arriba el sistema de partidos, periodistas, analistas y otros relatores andarán entretenidos en desgranar la revolución. Solo que, por desgracia, es bastante probable que la segunda o tercera línea bajo el supuesto titular explique al lector que, bueno, que en realidad no está claro en qué consiste dicho cambio. Que, la verdad, no hay tal revolución. Sino, si acaso, un deterioro más profundo del entorno institucional en nuestro país sin final a la vista. Es ésta una visión bastante negra y no soy capaz de enunciarla como predicción, sino más bien como advertencia. Además, no quiero que nadie me acuse de pesimista a la ligera, así que dedicaré las siguientes ochocientas palabras a explicar por qué creo que España podría estar en la senda hacia la decepción política en 2015 y me permitiré el lujo de acabar con unas doscientas más sugiriendo la manera de evitarlo.

El motor del cambio en un país democrático es y solo puede ser uno: la creciente cantidad de individuos que lo demandan y están dispuestos a actuar en consecuencia

El motor del cambio en un país democrático es y solo puede ser uno: la creciente cantidad de individuos que lo demandan y están dispuestos a actuar en consecuencia. Para hacernos una idea de quiénes hablamos podemos tomar como aproximación estadística a las personas que votaron en 2011 al PP y al PSOE y que, según el último barómetro del CIS (octubre de 2014) ya no piensan hacerlo. Es una medida imperfecta, cierto, porque hay muchos votantes fieles a ambas formaciones que desean un cambio y están luchando por él, incluso como militantes de base. Pero no hay datos que permitan identificarlos, así que tomemos el alejamiento como una seña de hartazgo con el equilibrio de partidos reinante. El asunto es que lo único que parece unir a todos ellos es que se auto-ubican en un punto más moderado en la escala ideológica que aquellos: un 24% se asignan un 5 (centro-centro-izquierda) frente a un 13% de los ‘fieles’. Ni en nivel de estudios, ni en clase social o ingresos del hogar, ni en género o en edad parece haber un patrón claramente identificable. El otro elemento común a todos ellos es el enfado con el sistema político actual y el subrayar la corrupción como el gran problema de España.

Como consecuencia, estos individuos no se dirigen en bloque hacia una nueva opción. Si bien es cierto que más de un tercio anuncian que votarán o que sienten simpatía por Podemos (38.6%), una cantidad casi idéntica se dirigirá a la abstención o al voto en blanco y un 10% optará por Ciudadanos o UPyD a partes iguales; finalmente, solo un 2.8% estaría pensando en IU. El resultado en términos electorales sería de tres formaciones fuertes (PP, PSOE y Podemos) con un 20%-30% de los sufragios y otras tres peleando por formar grupo parlamentario propio (IU, UPyD, Ciudadanos). A nivel regional, los datos de que disponemos dejan entrever situaciones similares, con el PP muy disminuido en la mayoría de autonomías y los socialistas partiéndose la izquierda y el centro con Podemos y formaciones nacionalistas. 

Ante este escenario los pactos post-electorales resultan muy difíciles. El PSOE se vuelve al mismo tiempo partido ‘bisagra’ y víctima de cualquiera de sus opciones para facilitar la gobernabilidad: mientras una serie de ‘grandes coaliciones’ explícitas o implícitas le desgastaría aún más en el eje nuevo-viejo y bloquearía definitivamente cualquier reforma institucional seria para acabar con las vías de entrada a la corrupción, moverse a la vera de Podemos no haría sino alimentar y alejar a los más moderados. Los socialistas no pueden permitirse tomar ninguna de las dos decisiones, así que mantendrán al máximo la ambigüedad

Podemos, por su lado, continúa insistiendo en su enmienda a la totalidad sin especificación programática alguna

Mientras, las formaciones de centro no alcanzan los apoyos suficientes como para ser determinantes a la hora de cerrar coaliciones. No solo eso: ahora mismo, la simpatía hacia Ciudadanos y UPyD se nutre sobre todo de clases medias acomodadas y más allá, con una gran presencia de trabajadores en buena posición. Si bien es cierto que se trata de personas considerablemente indignadas con la corrupción y ávidas de una solución menos descentralizada para el modelo de estado español, no parece que el problema económico (paro desbocado incluido) les preocupe de manera intensa cuando se les compara con el resto de ciudadanos. Semejante agenda no se antoja muy compatible con las de PP y PSOE, los dos partidos susceptibles de pacto y hasta hoy incapaces de mostrar decisión alguna en materia de reformas institucionales. Podemos, por su lado, continúa insistiendo en su enmienda a la totalidad sin especificación programática alguna. Esta estrategia, extremadamente útil para crecer ante un electorado indignado, resulta en una obvia barrera si se necesita después llegar a acuerdos de gobierno porque la mayoría absoluta no se alcanza: puesto que los votantes lo esperaban todo, cualquier punto en que se ceda será visto como una derrota o una traición, y el partido podría entrar en una espiral de decepciones y promesas aún más vagas y grandilocuentes.

Para añadir sal al asunto, otros países de Europa se enfrentan a niveles de inestabilidad crecientes, con partidos externos al statu quo que actúan como amenazas constantes sobre cualquier clase de reforma moderada que se pretenda llevar adelante. Allá donde se esperan comicios el resultado previsto augura de todo menos coaliciones estables con mandatos claros de gobierno, menos aún de renegociación en Bruselas de los términos de las relaciones europeas. Pocas novedades cabe esperar en la necesaria reforma del diseño institucional de la zona euro y de la Unión en su conjunto, y mucha tensión en aumento porque dichos partidos no 'tiran' en la misma dirección en todos los países. Antes al contrario, la brecha política y social que se abre desde 2010 entre Estados deudores y acreedores podría ensancharse aún más en los siguientes doce meses.

2015 amanece como una oportunidad para el cambio, sí, pero que España puede acabar por perder

Por todo ello, 2015 amanece como una oportunidad para el cambio, sí, pero que España puede acabar por perder. La única manera de evitarlo es asumir que ningún cambio sucederá sin un profundo proceso de negociación previa, y que el campo para el acuerdo está marcado, sobre todo, por la necesidad de hilvanar las necesidades y preferencias de los muy heterogéneos 'huídos' de los principales partidos y al menos una parte de quienes en ellos se han quedado, a un lado o al otro del espectro. Ahora bien, una condición necesaria para formar una nueva coalición es asumir que no todo lo que se desea será conseguido, y que tanto ciertas demandas como ciertos grupos quedarán atrás en el camino. Es un proceso duro, sí, pero más lo es seguir alimentando indefinidamente una ambigüedad que solo puede llevar a la lenta pero inexorable decadencia.


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