Democracia y mercado

De banderas gigantes, opinólogos y debates representativos

Dicen hoy muchos que España es de los pocos países que se sorprenden al ver su bandera en un acto político, especialmente si es un evento asociado a alguna organización a la izquierda del espectro ideológico. Lo dicen, claro está, por la enorme bandera digital que apareció el domingo tras Pedro Sánchez en su acto de proclamación. Otros, sencillamente, se sorprenden, dando la razón a los primeros. Y así lleva una buena parte del debate opinológico y punditólogo desde el fin de semana. Dando vueltas al cómo y al por qué, haciendo comparaciones (un tanto forzadas, la verdad) con Francia o los Estados Unidos, y esencialmente debatiendo si España debería estar sorprendida o no.

Ningún partido hace algo solo por llamar la atención. Ese algo ha de conectar de alguna manera con los votantes actuales o potenciales de la organización

El por qué superficial, inmediato de la mega-bandera es, creo, fácil de ver: es jueves y aún hoy estamos hablando de un acto que, de otra manera, habría pasado a ocupar un espacio secundario en informativos y periódicos del lunes, y para de contar. Pero ningún partido hace algo solo por llamar la atención. Ese algo ha de conectar de alguna manera con los votantes actuales o potenciales de la organización. Sin embargo, son los opinólogos de izquierda los que parecen más sorprendidos con la enseña. Particularmente, diría, los más jóvenes. No voy a negar que mi primera reacción instintiva fue de ligero shock, de desubicación, para después preguntarme sin casi reflexionar “pero qué hace el PSOE”.

En lugar de intentar responderme a mí mismo, me di un paseo por el CIS, que lo ha preguntado casi todo en democracia. De hecho, resulta que cada pocos años (dos, normalmente) lanza una encuesta sobre defensa nacional y Fuerzas Armadas que incluye la siguiente cuestión: “¿Cuál de las siguientes frases describe mejor lo que siente Ud. cuando ve la bandera española en un acto o ceremonia?”. Ofrece cuatro opciones de respuesta: “siento una emoción muy fuerte” - “algo de emoción” - “muy poca emoción” - “nada en especial”. La última ola es de 2013. Asumiendo que por “emoción” la gran mayoría entiende algo positivo, resulta que un 56.7% de los españoles siente algo o mucho ante la bandera.

Como es más de lo que esperaba encontrar, en seguida comprobé el porcentaje según auto-ubicación ideológica. Efectivamente, hay una correlación positiva entre situarse a la derecha y sentir dicha emoción: un 90% de la extrema derecha (9-10 en la escala de 1 a 10) frente a un 23% de la extrema izquierda (1-2). Pero incluso este último dato estaba por encima de mis expectativas. De hecho, para una izquierda más moderada (3-4) el valor es del 46.2%, y llega al 59.6% entre los votantes centristas (5-6). Más específicamente: un 61.2% de los ciudadanos que votaron al PSOE en 2011 sienten dicha emoción.

Los socialistas no estaban disparando precisamente a ciegas

Es más aparente a la luz de estos datos que los socialistas no estaban disparando precisamente a ciegas. No es descabellado pensar que la mayoría del restante 40% de sus antiguos votantes, o de las personas con orientación ideológica centrista, no da una importancia particular a la bandera en sí.Sin embargo, muchos quedamos sorprendidos.

Los datos nos pueden ayudar también a comprender por qué. El porcentaje de personas que siente alguna o mucha emoción ante la enseña nacional para personas sin estudios, con estudios primarios o con secundaria básica es de 81,5%, 65.9% y 61.8% respectivamente. Este valor cae al 44.4% entre los individuos con estudios superiores. Probablemente, tales resultados estén incluidos por el factor edad, en tanto que las cohortes más ancianas del país tienen una media de estudios más baja porque nuestro país era una dictadura pobre cuando les tocó ir a la escuela. Efectivamente, para aquellos entre 18 y 34 años el porcentaje está ligeramente por encima del 40%, mientras que para los mayores de 65 se sitúa en el 61.6%. En definitiva, la clase opinológica del país podría estar cometiendo uno de los errores más viejos del mundo: pensarse que lo que pasa en torno a uno es la norma. Así, si soy joven, de izquierdas y con estudios superiores, las probabilidades de que entre mí mismo y mis amigos haya “emocionados” con la bandera de España es relativamente baja. Si cometo la imprudencia de pensar que lo que veo a mi alrededor representa el conjunto de la sociedad, me sorprenderé ante el acto del PSOE el pasado domingo.

Tal vez estamos demasiado acostumbrados a pensar que todo lo que hace cualquier partido o cualquier político va dirigido a nosotros. Y no, resulta que no

Por supuesto, este fenómeno se da en otros muchos campos. Por ejemplo: con el barómetro de abril del CIS en la mano, si consideramos a una persona con estudios secundarios básicos como relativamente representativo de las clases populares, resulta que el 47.4% consideran que el paro es el problema que más les afecta personalmente, frente a solo un 30.4% de aquellos con estudios superiores. Sin embargo, solo un 5% del primer grupo cita a la corrupción, y un 2.3% a la clase política. Estas cifras se duplican (9% y 5% respectivamente) al considerar al grupo más formado. Creo que es evidente que las proporciones de atención mediática y opinológica se parecen más a los intereses de las personas con educación superior.

Lo mismo ha pasado con el asunto de la bandera gigante. Resulta que ha sido un movimiento que, si no hábil, desde luego no es torpe. Solo que tal vez estamos demasiado acostumbrados a pensar que todo lo que hace cualquier partido o cualquier político va dirigido a nosotros. Y no, resulta que no.


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