Democracia y mercado

Las arenas movedizas del BCE

Este jueves a las 13:45 CET el Banco Central Europeo cogió por sorpresa a la inmensa mayoría de expertos, políticos, periodistas y ciudadanos interesados por la situación económica en general al bajar los tipos de interés aún más. La tasa general de referencia está ahora en 0.05%. Europa, Alemania incluida, se estanca. Y el BCE reacciona en consonancia. O eso es lo que parece. Tras la aparente épica de la decisión inesperada se esconde una efectividad puesta en duda por el análisis económico. Aún peor: una vez en su contexto político, el movimiento del BCE evidencia que Draghi y quienes le siguen está prácticamente solo en la defensa del proyecto Europeo. Paradójicamente, a más intenta defenderlo, más razones ofrece a quienes quieren acabar con él. 

Un dilema económico que no es tal…

Paul Krugman (y otros junto a él) consideran que nos encontramos en lo que se conoce como trampa de liquidez: una situación en la cual los tipos de interés están cerca de cero y el crecimiento es, aún así, tan escuálido que la política monetaria convencional no sirve prácticamente de nada si lo que queremos es estimular la demanda. Hace falta que el Banco Central se adentre aún más allá de lo anunciado ayer en las regiones del Quantitative Easing, afirman, que inyecte liquidez casi ilimitada en la economía mediante la compra de activos financieros tanto públicos como privados.. Es igualmente necesario, según estos economistas, que los Gobiernos se comprometan con una aportación paralela en forma de gasto fiscal que reactive la demanda y el consumo. Otros académicos (por ejemplo, los españolkes Jesús Fernández-Villaverde y Juan Rubio-Ramirez) consideran que en una situación de trampa de liquidez es buena idea implementar reformas por el lado de la oferta que nos ayuden a mejorar nuestra productividad futura, incrementando las expectativas de hoy en día y, por tanto, la inclinación al consumo por parte de la población.

Alemania se encuentra atrapada entre la amenaza del crecimiento de partidos euroescépticos y la creencia casi religiosa de que van a salir de la crisis ellos solos, sin nadie más

Pese a lo que pueda parecer cuando uno escucha la discusión diaria sobre política económica en nuestro país, no es demasiado difícil encontrar un compromiso entre ambas posiciones. La dicotomía entre reformas y estímulo es artificial e interesada. En una economía con una distribución asimétrica en las consecuencias de la crisis como la Europa actual, los acreedores pueden aceptar transferencias fiscales y política monetaria expansiva no convencional (con la consiguiente reducción de sus ahorros) a cambio de que los deudores pongan en marcha toda una serie de reformas estructurales que mejoren sus perspectivas y ayuden a garantizar que el problema no se volverá a repetir, al menos no con la misma gravedad. No es un proceso fácil, pero dista de ser imposible: ha sucedido en varias ocasiones en la historia. Una negociación entre las partes implicadas determinaría qué tipo de reformas estructurales se hacen y cuáles no, así como a qué áreas se encamina el estímulo fiscal y en cuáles se reduce, de hecho, el gasto. De hecho, no resulta imposible (¡al contrario!) encontrar aspectos en los cuales el gasto público se convierta en reforma estructural necesaria que implique ganancias de eficiencia para todo el país. Este es el debate político que deberíamos estar teniendo, junto a cómo reformar la estructura de la Unión para hacerlo posible.

… envuelto en una dinámica política perversa

Por desgracia, no es así. Alemania se encuentra atrapada entre la amenaza del crecimiento de partidos euroescépticos (particularmente AfD) y la creencia casi religiosa de que van a salir de la crisis ellos solos, sin nadie más, considerando los decepcionantes datos de crecimiento de los últimos meses como un mero accidente. En los países con más problemas, en el mejor de los casos, un gobierno con aspiraciones reformistas se topa una y otra vez con facciones cobardes que no se atreven a renunciar a los privilegios adquiridos, tanto dentro como fuera de sus propios partidos. En el peor escenario, quien está al mando del timón ni siquiera se atreve a cambiar nada con demasiada vehemencia mientras las calles de su capital o los pasillos de Bruselas no ardan con fuego vivo. Mientras tanto, un caleidoscopio de propuestas populistas que no ofrecen sino la vuelta al pasado florece y cautiva incluso a mentes razonables, cuyo agotamiento por la falta de alternativas valientes es comprensible. Un pasado que, me permito recordar, era mucho más triste, desangelado, pobre y desigual de lo que nos quieren hacer ver hoy.

Draghi lleva dos años al límite de saltarse los tratados fundacionales al hacer evidente que el estímulo monetario, aunque tímido, se ofrece solo a cambio de reformas estructurales por parte de los países más estancados

El BCE queda, por tanto, como único garante con poder de la unidad europea, con capacidad de impulsar una mayor integración, ignorada o denostada por casi todos los demás. Pero la institución también es presa de sí misma y de esta arquitectura europea a medio hacer que nos impide no ya llegar a un acuerdo, sino ni tan solo ponernos a negociarlo. La decisión de bajar los tipos no fue unánime entre todos los miembros de la junta directiva del Banco, como tampoco lo fueron varias de las anteriores en la misma dirección. Los políticos alemanes, así como de otros países, se entrometen cada vez más en la política monetaria. Draghi lleva dos años al límite de saltarse los tratados fundacionales al hacer evidente que el estímulo monetario, aunque tímido, se ofrece solo a cambio de reformas estructurales por parte de los países más estancados. Sin que éstos respondan con demasiado entusiasmo, que digamos. A menos receptivos se muestran unos y otros, más se ve el BCE obligado a actuar. A más decisiva y menos ortodoxa es su actitud, más henchidos de razón se sienten quienes consideran que se extralimita en sus funciones para imponer una voluntad invisible sobre los "pueblos" del continente.

Así, como quien se hunde en arenas movedizas al patalear por intentar salvarse, la única vía de salida para la Unión puede llevar también a su perdición. Necesitamos una grúa para salir del fango. Necesitamos reconducir la discusión hacia los términos de reformas y estímulos combinados, hacia la integración. Necesitamos que quienes realmente pueden y deben decidir el futuro de Europa, sus Gobiernos nacionales, hagan su trabajo.


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