Democracia y mercado

Lo que aprendimos en Valencia

Las elecciones del domingo pasado nos dejaron muchas sorpresas. Fue una de esas noches con más de ocho mil frentes abiertos, en las que uno no es capaz de asimilar bien todo lo que ha pasado de manera inmediata. De hecho, más de 72 horas después lo normal es seguir igual. La cantidad de resultados es abrumadora, y la única explicación global que he podido dar a quien me la ha pedido es “complejidad, lo que sacamos de estas elecciones es una complejidad que no esperábamos”. Ante tan caleidoscópica situación, y a falta de más datos (es decir, encuestas post-electorales), una buena estrategia para extraer conclusiones es observar casos particularmente significativos, o llamativos. Valencia aúna ambos rasgos: la tercera ciudad de España, un granero de votos y bastión de poder para el Partido Popular durante dos décadas y media. Y de repente, un vuelco electoral pondrá, parece, la ciudad en manos de una coalición emergente de izquierdas, ajena a los partidos mayoritarios, cercana al nacionalismo valenciano.

Ahora que la burbuja se ha convertido en una ilusión que jamás volverá, tal vez el votante está más dispuesto a castigar a los corruptos

Los resultados de Valencia nos enseñan varias cosas, a mi juicio. Primero y principal: parece que la corrupción se castiga en las urnas. Al menos ahora. En una investigación que quizá ya he mencionado alguna vez en estas páginas, los politólogos españoles Pablo Barberá, Pablo Fernández-Vázquez y Gonzalo Rivero vinieron a mostrar que en España la corrupción se castigaba poco quizás porque ésta tenía un efecto económico beneficioso para los ciudadanos. El paradigma del pelotazo urbanístico es ese pueblo que multiplica su población en pocos años, generando puestos de trabajo y crecimiento económico que deja a muchos contentos, incluso aunque se sepa o se intuya que hay sobres circulando entre los pasillos del Ayuntamiento y las empresas de construcción. Ahora que la burbuja se ha convertido en una ilusión que jamás volverá, tal vez el votante está más dispuesto a castigar a los corruptos. Valencia no solo no es una excepción, sino que tal vez se trate de uno de los ejemplos más claros. No sabemos a ciencia cierta si todos los que fueron a las urnas contra Rita Barberá lo hicieron con los recientes y pasados escándalos en mente, pero, vistos los resultados, no parece una hipótesis descabellada atribuirles un peso importante.

Además, Valencia nos deja pistas interesantes sobre cómo se estructura la nueva competición partidista en nuestro país. VLC En Comú era la marca de Podemos en la ciudad. Tan “marca” era que la pegada de carteles se hizo de forma conjunta durante toda la campaña con la formación de Iglesias y su candidatura autonómica. De hecho, el eslogan de la candidatura de unidad popular era #AmbTuPodem (“contigo podemos”). Quedó ni más ni menos que quinta. Y hay razones para pensar que Compromís tiene mucho que ver con este pobre resultado. Al fin y al cabo, la formación liderada por Ribó en la ciudad y por Oltra en la Comunitat era Podemos antes de que Podemos existiese en muchos aspectos. Un pie dentro y fuera de las instituciones, una denuncia constante de la corrupción con un sinfín de iniciativas, un discurso simplificado (a juicio del votante debe quedar si simplista o no) con las camisetas que Oltra llevaba a Les Corts como emblema, y una explicación de la “crisis” como “estafa” encabezada por unos pocos. La diferencia es que las formaciones y las personas que están en Compromís llevan mucho tiempo trabajando en todos estos frentes, desde mucho antes de la crisis incluso. Esto ha dejado sin espacio a una candidatura sobrevenida como es VLC En Comú, construida desde arriba y sin capacidad para emplear las redes pre-existentes de activismo, captadas por la coalición nacionalista. También el espacio mediático estaba ocupado por ellos. La moraleja para Podemos es que si quiere seguir creciendo quizás sea una buena idea no depender tanto de su cúpula madrileña. Más aún: la moraleja (de Valencia, pero también de Madrid y de Barcelona) tanto para Podemos como para el PSOE es que la izquierda va a tender a votar aquello que considere como una alternativa viable a la derecha gobernante. La coordinación es fundamental.

En Valencia parece que la clase importa más que hace un tiempo para definir el voto. La irrupción de Ciudadanos y el ascenso meteórico de Compromís han segmentado el voto por barrios según nivel de renta

Por último, en Valencia parece que la clase importa más que hace un tiempo para definir el voto. La irrupción de Ciudadanos y el ascenso meteórico de Compromís han segmentado el voto por barrios según nivel de renta. En estos gráficos se aprecia la fortísima correlación positiva entre nivel económico y porcentaje de voto a Ciudadanos en cada barrio de la ciudad. La formación naranja debería plantearse seriamente si esta situación es beneficiosa o perjudicial para sus aspiraciones políticas estatales. Compromís, por su lado, presenta una tendencia opuesta. El voto humilde se concentra en ellos y en el PSOE, otorgando de nuevo sentido a la dicotomía entre izquierda y derecha, una oposición que muchos querían enterrar.

Voto de clase, voto contra la corrupción, y voto coordinado contra la derecha. Estas son las tres enseñanzas que nos deja Valencia. Todas ellas parecen relevantes para el resto del país: posiblemente marquen el camino de aquí a las elecciones generales. Quién nos iba a decir que íbamos a aprender algo de un lugar que llevaba 25 años sin cambiar, hasta el punto de que preguntábamos a todos sus habitantes qué pasaba allí, “qué pasa con los valencianos” era lo que nos decían. De no entender Valencia se va a pasar a tener que escuchar lo que dicen sus resultados para comprender mejor qué puede suceder en el resto del país.


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