Democracia y mercado

De por qué UPyD no arrasa

El PP se está hundiendo en las encuestas como ningún otro partido a la derecha de nuestro espectro político desde UCD. Entre su 44% en las generales de 2011 y el actual 20-27% (según a quién preguntes, si al CIS o a Metroscopia) va un trecho tan largo que cuesta imaginar que se deba tan solo, siquiera sobre todo, a voto oculto, zaherido, que volverá al toque de trompeta de las siguientes elecciones ante el riesgo del ostracismo. Agrava la situación el hecho de que la mayoría de fugas se producen en el centro, precisamente donde se localiza el grueso de votantes españoles. Sí, nos hemos vuelto más de izquierdas durante esta crisis, pero no tanto como para que los moderados dejen de ser decisivos.

El asunto es que no solo el PSOE no está recogiendo estos sufragios abandonados, sino que nadie más parece hacerlo. Si en 2010 era menos de un 20% el porcentaje de centristas (ciudadanos que se ubican en el 5 o en el 6 en una hipotética escala ideológica donde 1 es izquierda y 10 es derecha), hoy se trata de más del 40%. No saben a dónde ir. Y lo sorprendente no es que los socialistas no sean capaces de cautivarles. Ni tampoco que Podemos no triunfe fuera de la izquierda: por mucho que se empeñen en la transversalidad su enseña es, de momento, claramente roja a ojos del ciudadano. No. Lo llamativo es que tenemos en España no una, sino dos plataformas de corte centrista que no parecen capaces de rentabilizar este maná inusual. Ciudadanos tiene la excusa nada desdeñable del desconocimiento entre el votante no catalán, y un crecimiento cuyos límites aún están por comprobar. Es cierto que están relativamente recién llegados a la política estatal, si bien es igualmente verdad que el proceso que llevó a su fundación se remonta a bastante antes de la crisis. Pero el caso de UPyD es bastante más incomprensible, casi bizarro. Dentro y fuera de la formación se preguntan qué les impide triunfar en un contexto tan favorable.

No es, en principio, su perfil ideológico el problema. La inmensa mayoría de sus votantes se ubican en el 5 de la escala, con algunos más en el 4 que en el 6. Es cierto que la percepción de los votantes los pone un pelín más a la derecha, pero esto está determinado sobre todo por personas bastante a la izquierda del espectro, tanto que no son de interés para la formación magenta. Si su límite no está en el eje clásico, pues, ha de estar en otro lado. Y hay dos ejes más donde quizás UPyD no está siendo capaz de dar batalla como la ocasión demanda.

Comencemos por el históricamente predilecto de la formación. Al fin y al cabo, Rosa Díez la fundó y la impulsó con el tema nacional en la cabeza, en la agenda y posiblemente también en el corazón. UPyD es un partido que nace de la salida hacia el centralismo de una ex-socialista desencantada con las posiciones de su formación en el País Vasco. No hay que menospreciar hasta qué punto esto pesa sobre los hombros de la formación hoy día, igual que no cabe desdeñar el hecho de que fue uno de sus principales trampolines. Pese a que es cierto que más de un 50% de los españoles quieren que el país se mantenga como está o sea incluso más centralista, no lo es menos que las posiciones de statu quo encuentran buen acomodo en los partidos ya existentes, y que el extremo pro-recentralización correlaciona en no poca medida con el extremo ideológico de la derecha, donde UPyD ni está ni se le espera pero el PP sí domina. UPyD sufre probablemente la tragedia de ser considerada como muy centralista por aquellos que no lo son tanto (cuando, al menos sobre el papel, su propuesta de Estado es federal). Ahora, con la presencia creciente de Ciudadanos, la batalla en este eje se presenta aún más dificultosa. 

Que Rosa Díez es un factor que supone un lastre en esta dimensión resulta difícil de negar, a pesar de lo mucho que haya aportado y que pueda aún aportar

El segundo eje en el que UPyD debería funcionar pero no lo hace es el que podríamos llamar viejo-nuevo, casta-el resto, corruptos-ángeles... como se desee. El caso es que el votante medio está castigando de manera furibunda a quien ya estaba antes de que todo estallase por los aires (económicamente, institucionalmente), y este castigo no parece revertir positivamente en UPyD sino en otras formaciones, así como en una cierta deriva hacia la abstención (al menos declarada) por parte de quienes apoyaron al PP. Si uno hace caso a las encuestas, sobre todo a las de Metroscopia para EL PAIS, observará un auge y caída de los magentas dentro de las fronteras del 10% de los sufragios. La evolución coincide, y no es casualidad, con el auge de otras opciones que tienen un aspecto mucho más nuevo a ojos del votante casual: Ciudadanos y, por supuesto, Podemos. Mientras que éstos capturan más de un 6% de votantes defraudados del PP y aquéllos se quedan con un (aún bajo) 3.7%, UPyD se queda con un decepcionante 2.2%. Y es que pese a que tiene votantes particularmente preocupados por la corrupción y los políticos (hasta 10 puntos porcentuales más que la media), eso no quiere decir que todos los decepcionados vayan a ellos. 

Que Rosa Díez es un factor que supone un lastre en esta dimensión resulta difícil de negar, a pesar de lo mucho que haya aportado y que pueda aún aportar. Al fin y al cabo lleva décadas en la primera línea de la política española. Y el votante ahora mismo está premiando, al parecer, la novedad y la frescura. Igual que castigando la experiencia. Sin embargo, no puede terminar aquí la explicación para los rezagados. También parece evidente que, pese a su insistencia en la renovación (la regeneración, ahora), UPyD ha atraído una gran cantidad de voto de personas que no eran precisamente 'perdedoras' con la crisis. Al contrario, dispone de una sobrerrepresentación de trabajadores públicos (de ámbitos normalmente ajenos a la sanidad y a la educación) que no han salido comparativamente perjudicados con la recesión ni con los recortes, así como de una falta de jóvenes frente a sus rivales (en las elecciones europeas un 11% de los menores de 34 votaron por UPyD, frente a un 21% para Podemos). La clase de discurso regeneracionista que se ha generado, pese a contar con varias políticas interesantes para muchos de los 'perdedores' (como el contrato único indefinido), ha quedado dentro de un marco de formalidad un tanto anquilosada. Por último, una cierta tendencia ocasional a echar la culpa tanto a medios como a veces incluso a votantes por parte de ciertos dirigentes y cuadros medios no ha hecho sino reforzar la posición de UPyD como algo que no pertenece, precisamente, a la nueva hornada de la política española.

Las propuestas de los partidos son como cestas de Navidad bien envueltas en celofán irrompible, nunca como el pasearse por un colmado para escoger libremente. Cuando vamos a votar no podemos escoger una de política fiscal progresiva y dos de prohibición del aborto y de los matrimonios homosexuales como quien pide tres naranjas y media cuarta de almendras. Los paquetes ideológicos incluyen aspectos que suelen ir juntos porque había una razón para que así fuese en un primer momento: una coalición factible de grupos de ciudadanos que estaba dispuesta a votar por semejante combinación. Mientras que el PP y el PSOE se han quedado anclados en el pasado con sus respectivos packs, UPyD tampoco parece haber sido capaz de dar con la mezcla adecuada para los tiempos que vivimos, a pesar de que son obviamente de cambio y oportunidad. Avanzar hacia lo nuevo, alejarse de lo central y reforzar sus propuestas para aumentar las oportunidades de los perdedores de la crisis parece ser un camino a seguir. El problema es que no es trocha abierta, sino que ha de pisarse por vez primera. No está claro que lo puedan conseguir a estas alturas del partido.


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