Democracia y mercado

España, la política de la decepción

Hoy en día la política española está marcada por un sentimiento: decepción. La de cientos de miles, millones de votantes que se ven ante un futuro que no es como esperaban, y piensan y actúan en consecuencia. Las formaciones políticas tradicionales, particularmente los socialdemócratas del PSOE, se encuentran ante un dilema que no están sabiendo resolver: el de cubrir de alguna manera el creciente hueco entre las expectativas de estos votantes y la realidad con que se han encontrado sin amenazar la protección de aquellos que han pasado por la crisis sin sufrir demasiado. Es en este río revuelto donde PODEMOS halla sus más abundantes ganancias, azuzando la idea de que ellos sí pueden lo que otros no pudieron, sin hacer perder a nadie en el camino hacia la salvación. Pero lo que a corto plazo constituye su palanca fundamental para alzarse en la competencia política puede traer aún más decepción a las ya cargadas espaldas de los ciudadanos.

Fue el politólogo David Rueda quien nos puso en la pista del dilema al que se enfrentan los partidos tradicionales. En su (fantástico) libroSocial Democracy Inside Out, Rueda relata cómo los socialdemócratas de países como España han de escoger entre contentar a los que él llama insiders, trabajadores que han prosperado al cobijo de las fuertes regulaciones sobre el mercado laboral y de productos y servicios, y hacer caso a los más nuevos outsiders, todos aquellos que han soportado la flexibilidad que demandan empleadores de todo pelaje (incluyendo a las Administraciones Públicas, auténticas máquinas de generar precariedad en nuestro país). Una brecha se ha abierto, nos dijo Rueda, entre funcionarios, asalariados fijos, jubilados y directivos por un lado, y desempleados, trabajadores temporales y a tiempo parcial por el otro. Es ésta la brecha de las expectativas: de renta y trabajo estable frente a precariedad y falta de futuro claro. Por ella se caen los partidos socialdemócratas, al no poder encontrar políticas que conjuguen las aspiraciones de ambos sectores sin caer en un proteccionismo dañino, imposible en la Europa de hoy.

Si hay algún dato que se mantiene constante en el mercado laboral español es el porcentaje de temporalidad sobre el total de nuevos contratos registrados por la seguridad social

La realidad, como suele pasar, es algo más matizada que los modelos teóricos. Pero tampoco mucho más: pareciere que no se trata de la situación de precariedad en sí misma, sino del riesgo de caer o permanecer en ella. Si hay algún dato que se mantiene constante en el mercado laboral español es el porcentaje de temporalidad sobre el total de nuevos contratos registrados por la seguridad social. Cualquier mes de cualquier año de las últimas dos décadas arroja una cifra alrededor del 90%. Este valor no es distinto al de otros países europeos, como Suecia. Lo que sí cambia es su constancia y, sobre todo, que la tasa de conversión a trabajos indefinidos es mucho menor que en el país nórdico, y que en muchos otros. Dicho de otra manera: la temporalidad es la puerta de entrada natural al mercado laboral, pero el “me han hecho fijo” tarda mucho en llegar. Y desde 2008 la temporalidad también es la puerta de salida, sobre todo si se es joven. El gráfico siguiente muestra la destrucción de empleo por tipo de contrato y edad. Las diferencias son sangrantes.

Cuando la crisis se nos hizo crónica y entrábamos en el tercer año de caída libre, un sinfín de personas salió a la calle a protestar por todo al mismo tiempo. Pero el núcleo duro se correspondía con el perfil de persona que ha perdido las expectativas de futuro que tenía antes de 2008: joven, con cierto nivel de estudios, a punto de entrar en el mercado laboral o recién entrado, cómo no, por la puerta de la temporalidad. No es casual que ése sea el mismo perfil que, poco a poco, comenzó a retirar su apoyo a los principales partidos. Porque hay razones para pensar que este reto no es patrimonio del centro-izquierda, sino que afecta también a los partidos de centro-derecha que disponen de una base amplia y heterogénea de votantes, como es el caso del PP, alejado del liberalismo sin cuartel de sus primos pequeños del norte. Sin embargo, es cierto que, dada la tendencia hacia la izquierda de la mayoría de la juventud española, el PSOE se ve considerablemente más afectado. Como muestra la tabla siguiente, los socialistas han perdido apoyos sobre todo entre estudiantes, cuadros medios, trabajadores cualificados y empleados del sector servicios: ni más ni menos que aquellos que más crudo se lo ven en el futuro cercano a pesar de disponer de cierto capital acumulado a través de la educación.

El siguiente gráfico es aún más esclarecedor: corresponde al recuerdo de voto en las últimas elecciones europeas por edad. Parece bien claro que allá donde el PSOE falla es donde PODEMOS e IU recogen. Y viceversa. 

Si se me permite la caricatura, el PSOE se estaría convirtiendo en un partido de jubilados, prejubilados, asalariados con situación estable dependiente de contratos bien protegidos, cada vez más alejado del proletariado de servicios al que se acerca sin ambages la formación de Iglesias. Pero PODEMOS no ha conseguido esta victoria proponiendo políticas específicas que vayan a sacar del hoyo de expectativas hundidas a estos jóvenes. Al contrario: podría decirse que se han preocupado al máximo de mantener sus propuestas en términos amplios y difusos. No a la concreción, sí a la abstracta unión. Hacen aparentemente gran política en lugar de la política pequeña y concreta que acertadamente elogia Víctor Lapuente. Pero en realidad están jugando en un nuevo clivaje, ya apuntado por muchos analistas: el eje que separa lo nuevo (y creíble) de lo viejo. Ellos, en tanto que “nuevo”, atraen a aquellos que están más hartos de la vieja política. No es casualidad que, como se aprecia en el gráfico siguiente, la preponderancia de PODEMOS e IU y la tendencia a calificar a la clase política como problema importante en España tengan perfiles de edad casi calcados.

Probablemente, nada de todo esto es propio ni de la crisis ni de España, sino que forma parte de una tendencia generalizada en los países occidentales que se enmarca en un proceso de más hondo calado. Sin embargo, sí hay dos aspectos que convierten nuestra versión del fenómeno en particularmente intenso, quizás hasta preocupante. Por un lado, parece que la salida de nuestra crisis está siendo (asumiendo que no se vaya a caer de nuevo) a base de incrementar el ‘precariado’, como muestra el incremento del trabajo temporal y de los empleados con menos horas laborales de las que desearían. Esto no hace sino abonar el terreno para nuevas decepciones y dilemas agrandados para los partidos tradicionales, particularmente para la socialdemocracia.

Por otra parte, la respuesta a esta situación tanto de las nuevas como de las viejas formaciones no está siendo la mejor posible si el objetivo es detener la erosión. PODEMOS y otras formaciones no han inventado nada nuevo con su búsqueda de un chivo expiatorio, su discurso aparentemente centrado en ésos pocos que impiden la mejora general. Tanto el PP ahora como el PSOE en 2010 y 2011 se encargaron de no asumir las medidas tomadas como propias sino como impuestas, de ignorar su responsabilidad para con sus ciudadanos y su capacidad para forzar un cambio, una mayor integración fiscal y política en Bruselas. Prefirieron simplemente apostar a que pasaría la tormenta. Se estaban cavando sus tumbas sin saberlo, pues al no lograr cubrir las expectativas generadas y al no distribuir los costes de la crisis de manera equitativa (¡ni tan siquiera intentarlo!) no hacían sino acumular presión sobre sus hombros hasta que llegase alguien que pudiese aprovecharla en el terreno electoral. Cuando ha sucedido, el desconcierto ha sido mayúsculo.

El ciudadano, cada vez más hundido en un futuro gris, tiende a desencantarse o a escoger las opciones que maximizan la esperanza de cambio

Estamos en una especie de carrera de expectativas que siempre ganan los más nuevos, aparentemente limpios, hasta que se enfrentan a la dura realidad. Así, los partidos se van metiendo a sí mismos en un círculo vicioso en el que aceptar que luchan por minimizar costes, maximizar beneficios y hacer reformas cuyos beneficios tardarán en llegar es cada vez más costoso. Por contra, el ciudadano, cada vez más hundido en un futuro gris, tiende a desencantarse o a escoger las opciones que maximizan la esperanza de cambio. Se equivocan los que juegan duro, todos ellos, porque su victoria hoy marcará su derrota mañana. Es ésta una máxima de la competencia política que, en un ámbito totalmente distinto pero sorprendentemente paralelo, Artur Mas y su partido están comenzando a asumir: siempre hay alguien que puede llegar más tarde que tú y azuzar contra tu garganta al tigre que a ti se te está desbocando. Lo dramático es que nadie parece dispuesto a intentar calmarlo.


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