Democracia y mercado

Dejemos de hablar de austeridad

La austeridad no funciona. La austeridad ha fallado. Con la austeridad Grecia no podrá pagar su deuda ni salir del hoyo. La austeridad ahoga la economía griega. Llevamos leyendo todas estas frases en mil variantes desde hace meses. También las contrarias han resonado con igual o mayor potencia, aunque más en otros idiomas del Norte y Este de Europa que en el nuestro: Grecia debe comprometerse a pagar lo que debe. Esta es la única vía. La austeridad es necesaria para mantener al Estado griego y a su deuda bajo control.

Francamente, ya estoy harto.

Para salir de una crisis como la actual, un país cualquiera requiere idealmente de una combinación de estímulo monetario y fiscal además de un compromiso creíble de equilibrio presupuestario en el largo plazo

La mayoría de economistas a los que preguntemos aceptarán que los recortes de gasto durante una recesión son una medida procíclica: ahondan en la crisis, y por tanto no son capaces por sí solos de garantizar el pago futuro de una hipotética deuda. También aceptarán normalmente que un Estado requiere de una senda de consolidación fiscal, manteniendo un presupuesto equilibrado a lo largo del ciclo (permitiéndose gastar más cuando haga falta, pero compensando con superávits). Resulta que ambos lados están en lo cierto: para salir de una crisis como la actual, un país cualquiera (también Grecia) requiere idealmente de una combinación de estímulo monetario y fiscal (incluyendo probablemente una quita y una reestructuración de su deuda) además de un compromiso creíble de equilibrio presupuestario en el largo plazo. Si a esto le añadimos reformas estructurales para minimizar la probabilidad de que el Estado en cuestión se encuentre de nuevo en una situación similar, tendremos la receta perfecta.

El uso y abuso del concepto “austeridad” como si éste fuera el centro del debate y algo en torno a lo cual el mundo está profundamente dividido es una ilusión generada por los Gobiernos nacionales dentro de la Eurozona, y sus palmeros de uno y otro lado, así como algún que otro economista americano despistado. Ni siquiera entraré a fondo en el hecho de que la palabra en sí es vaga e imprecisa, pudiendo significar cosas muy diferentes al mismo tiempo: austeridad es tanto dejar de usar coches oficiales como desmantelar el sistema de pensiones público, o racionalizar una Administración ineficiente sin reducir ni un poco la cobertura sanitaria ofrecida. La solución económica a la crisis griega está en el párrafo anterior; el nivel de quita/grado de estímulo, los caminos escogidos para la consolidación presupuestaria a medio y largo plazo (tipo de austeridad, si se quiere) y el menú de reformas estructurales es lo que queda por debatir entre ideologías de uno y otro lado. Pero no: la discusión está encallada en “austeridad sí” o “no”.

Y no lo está solamente por parte de Tsipras y los suyos, quienes desde luego han intentado (y conseguido en gran medida) que el referéndum del pasado domingo fuese una enmienda a la “austeridad”. Pues claro que la gente está en contra de la austeridad. Quienes han votado “sí” probablemente no lo han hecho porque les fascine eso de vivir con menos por un tiempo, sino porque en realidad estaban votando “sí” a comprometerse con Europa a algo más. El problema es que en el otro lado lo único que tenemos, de momento, es un espejo muy conveniente para Syriza. No solo Merkel y su CDU, sino los gobiernos de otros muchos países en el continente han decidido acomodarse y con ello azuzar las posturas mayoritarias de sus electorados, participando alegremente de la ilusión del debate sobre la austeridad.

Si la Unión fuese completa, el BCE podría aplicar más libremente estímulos sabiendo que las reformas estructurales serían aprobadas por un Gobierno único

Porque de esto va todo el lío en que andamos metidos desde 2009: de una batalla de votantes de naciones distintas que se encuentran en una Unión a medio hacer, cuya única solución final es terminarla de una vez para poder aplicar la receta arriba especificada… o, en el peor de los casos, decidir que el proyecto ya no tiene sentido. Si la Unión fuese completa, el BCE podría aplicar más libremente estímulos sabiendo que las reformas estructurales serían aprobadas por un Gobierno único; las quitas y los apoyos fiscales serían más fáciles de negociar con electorados transnacionales; y lo mismo puede decirse de la senda de consolidación presupuestaria: a largo plazo, se difuminarían las líneas de fractura nacionales y las basadas en otros aspectos (clase, nivel educativo, religión, género, edad) pasarían a dominar el debate europeo.

Ya conocen la frase: “soy su líder, así que debo seguirlos”. Así se resume la actitud de la mayoría de dirigentes durante la crisis. Uno de los aspectos más complicados de hacer política es mantener un equilibrio entre las preferencias de tus votantes potenciales y tu propia agenda. Otra dimensión que se entrecruza con ésta primera es el dilema entre legislar para el corto plazo y hacerlo para el largo. Los gobernantes de países tanto acreedores como deudores han escogido primar la inmediatez y contentar de la mejor manera posible a los votantes. La idea de “austeridad” ha servido a todos como hombre de paja perfecto. Es comprensible, pero también un tanto triste. Y peligroso: quién sabe si unos partidos más volcados en el europeísmo (que, al menos en teoría, está en la agenda tanto de liberal-conservadores como de socialdemócratas desde hace décadas) y en el largo plazo habrían minimizado el éxito de extremistas a lo largo y ancho de Europa. Porque los líderes ya se están despertando para darse cuenta de que hay otros en su lugar, allá al frente, en el puesto que ellos dejaron para adivinar desde atrás a dónde iba la gente.


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