Democracia y mercado

Alemania: ¿nazis otra vez?

Internet tiene leyes. No como las del Código Penal (bueno, aunque éstas también aplican, claro), sino como las de la Física o las de la Macroeconomía. Una de las más queridas por todos los que nos pasamos una gran cantidad de nuestro tiempo en la red es la Ley de Godwin. Su formulación es bien sencilla: a medida que una discusión se alarga, crece la probabilidad de que alguien haga una analogía incluyendo a Hitler o a cualquier otra cosa relacionada con los nazis. Y digo “queridas” aunque la relación con ella es más ambigua que eso. Resulta tan divertido ver su cumplimento como invocarla, pero al mismo tiempo cuando aparece uno sabe que es muy probable que la discusión haya terminado. Los nazis son el epítome del Mal absoluto. Así, con mayúsculas. Alguien ha dicho que algo es todo el Mal. Exactamente cómo se desmonta esta postura, no está claro porque no admite discusión desde el punto de vista de quien la enuncia. Entonces si se es la otra parte del debate probablemente lo mejor es retirarse discretamente.

Cuando pensaba que la cosa no podía ir a más, me encontré en Facebook una página extrañísima pero con miles de visitas en que te contaban por qué Merkel podría ser hija de Hitler

Estas semanas no solo internet, no solo las redes sociales, sino medios online y offline se han llenado de Godwin… con respecto a Alemania. Comparaciones solapadas o explícitas. Referencias a la “cultura” o a la sensación de “destino de dominación” de los alemanes (sí, así, en general). Se han dejado ver incluso apuntes nada sutiles sobre la genética alemana y el impulso (?) inherente que conlleva. Y cuando pensaba que la cosa no podía ir a más, me encontré en Facebook una página extrañísima pero con miles de visitas en que te contaban por qué Merkel podría ser hija de Hitler. Hipérboles aparte, la idea de que Alemania (insisto: sí, toda ella) actúa guiada por una especie de intención o deseo de destruir Europa, o de hacerla suya, no está claro. Como en el pasado, claro.

No me entretendré exponiendo por qué el hecho de poder llamar “nazi” a alguien como Merkel es una boutade, una banalidad cuya propia enunciación demuestra lo innecesario de la afirmación. Esto ya lo hizo muy bien Ricardo Dudda en Letras Libres. Me preocupan más ¡si cabe! dos ideas que se desprenden necesariamente de este tipo de argumentos. La primera es la idea de que existe un Mal y un Bien, y Alemania representa lo primero. Existen en el sentido de que son identificables por todos. Lo son, además, de manera sencilla e inmediata. De hecho, probablemente si no los identificas es porque perteneces al lado Malo. Esto es algo de lo que cada vez hablo más con Kiko Llaneras, quien tiene un fantástico artículo contra el abuso de la idea de sentido común. De un tiempo a esta parte demasiados aspectos del debate están siendo reducidos a un “es así porque es bueno” o “porque es de sentido común”. Pero en realidad sabemos que prácticamente cualquier medida o decisión política tiene consecuencias positivas para algunos y negativas para otros. Y que en una democracia representativa la inmensa mayoría de éstas no son positivas para unos pocos y negativas para casi todos.

Tsipras decidió apretar las tuercas en la negociación y convocó un referéndum. Y al final, el acuerdo al que se llegó fue mucho menos ventajoso para los griegos que el que estaba sobre la mesa antes de la convocatoria

Por ejemplo: Tsipras decide apretar las tuercas en la negociación y convoca un referéndum. Según su propio discurso, esto es bueno para Grecia y por tanto es malo para los acreedores. Pero de hecho vemos cómo la consecuencia es la contraria: al final, el acuerdo al que llega es mucho menos ventajoso para los griegos de lo que estaba sobre la mesa antes de la convocatoria. Por tanto, la decisión le ha costado al país miles de millones de euros. El gobierno de Alemania y de otros países han optado por forzar dicho acuerdo, y por tanto han salido ganando, electoralmente al menos. Ahora podemos pensar que en realidad lo firmado no facilita sino que dificulta la devolución de la deuda de Grecia, y por tanto el beneficio electoral se desvanecerá en el largo plazo. Más aún, es posible que haga un daño irreparable al proyecto europeo. Me parece una idea merecedora de discusión, pero entonces estamos en un plano completamente distinto: queremos ver si es posible o no hacer políticas que permitan conciliar los intereses en el tiempo. Ya se ha desdibujado la dicotomía del Bien y del Mal. Estamos en el terreno de lo posible, de ganadores y de perdedores relativos. Hemos relajado el tono de la conversación y ya nadie tiene ganas de llamar nazi a nadie. De repente es mucho más fácil que encontremos una solución.

El segundo aspecto que me preocupa de tratar a los alemanes como un todo malvado es precisamente la dimensión de conjunto. La noción de “pueblo” es casi necesaria para cimentar argumentos maniqueos: Alemania, toda ella, es mala. Grecia es buena. Todos con Grecia. Alemanes nazis. De nuevo. Bu. Susto. Pero resulta que en virtud de lo dicho anteriormente tampoco existe ese todo. Alguna vez he leído a Jorge San Miguel denominar al pueblo o a la opinión pública “ficción necesaria”, en tanto que hace falta definir de alguna manera los límites de una comunidad legal y política, pero hacer demasiado énfasis en los mismos difumina la obviedad de que todos pertenecemos a otros grupos, tenemos otras características que nos dan preferencias distintas al vecino de calle o de ciudad. Es verdad que en Alemania existe un consenso grande que apoya la actitud de su Ejecutivo en las negociaciones: poco afable, desconfiada y hasta hostil por parte de Schäuble. No es menos cierto que Tsipras logró un mandato amplio para cambiar las cosas. Pero “consenso” y “mandato amplio” son cosas muy distintas de “pueblo”. Radicalmente diferentes, de hecho. Porque se basan en coaliciones maleables, modificables. Si no lo fuesen, no observaríamos cambios elección tras elección: así de sencillo.

Hay personas asumiendo que hay un pueblo distinto a otro, y que a cada lado de la valla están el Bien y el Mal. La trampa es obvia: uno nunca va a pensar que el nazi puede ser él

La decisión de un gobierno, de cualquiera, de tomar una ruta u otra en un momento tan difícil como el actual proviene de una compleja interacción entre sus miembros, el partido que lo configura y su base de votantes. A todo ello se añaden las preferencias (igualmente formadas) del gobierno de enfrente. Caer en Godwin es negar toda esta complejidad, reducirla a un “sí”-“no”. Nosotros no lo vemos día a día, pero en Alemania, en Holanda o en Eslovaquia hay otros que hacen lo mismo que los que aquí llaman pseudonazis a los alemanes. Solo que al revés: calificativos racistas con respecto a los griegos o a nosotros, comentarios sobre nuestro pasado autoritario y dudas sobre si lo hemos conseguido superar en el presente, absurdas referencias a nuestra cultura o a nuestra genética. Este Godwin inverso va calando. Lleva media década haciéndolo.

El otro día me quejé en Twitter precisamente de un caso de descalificación hacia Alemania. Recibí como respuesta de mucha gente algo así como “pero es que los alemanes son los auténticos racistas”. Ya está, pensé. Ya nos estamos entrampando. Hay personas viendo al otro como el Enemigo. Cortando todos los canales de comunicación, de empatía o de entendimiento. Asumiendo que hay un pueblo distinto a otro, y que a cada lado de la valla están el Bien y el Mal. La trampa es obvia: uno nunca va a pensar que él mismo es un nazi.


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