Democracia y mercado

Acabar con la desocupación juvenil: tres razones adultas

La última Encuesta de Población Activa (EPA) desvelada ahora hace una semana ha dejado flotando en el aire un panorama incierto. La creación de empleo es real, pero no acaba de afianzarse y, sobre todo, el trecho que queda por recorrer da vértigo. Un aspecto que debería preocuparnos particularmente es la poca atención real que se le está dando al problema del trabajo de los jóvenes. No solo el paro (gente que busca y no encuentra): también, y quizás sobre todo, la enorme destrucción de ocupación que se ha producido durante esta crisis

Más allá de clamar que “hay que hacer algo” y pasar a otra cosa, o de lanzar un Programa de Garantía Juvenil que, francamente, no lo es tal, nadie parece demasiado preocupado por quienes más vida laboral tienen por delante. Esto es algo que debemos cambiar, y no solo por ellos (por nosotros) los jóvenes. También el resto de la población debe asumir que este es un problema de todos. Hay al menos tres razones adultas para dar prioridad a las oportunidades de los jóvenes.

Son el futuro (de todos)

Sí, parece obvio: los jóvenes son el futuro. A que sí. Pues sorprendentemente (al menos para mí) cada vez que alguien pone sobre la mesa el elevadísimo nivel de paro juvenil, por ejemplo, hay otra voz que responde algo como “pero qué pasa con los parados de más de 40-45 años”. “Son la mayoría de los parados”, o algo así, es lo que suele seguir a continuación. La verdad es que, como muchas veces se subraya, el desempleo de larga duración para los mayores de cierta edad es una maldición: el efecto combinado de la edad y del estigma hace extremadamente difícil volver a conseguir un puesto decente.

De lo que no se habla tanto es del efecto profundamente negativo que también tiene empezar con mal pie en el mercado laboral

Pero de lo que no se habla tanto es del efecto profundamente negativo que también tiene empezar con mal pie en el mercado laboral. La literatura especializada muestra que el desempleo al principio de la carrera tiene duros, intensos efectos a largo plazo en forma de mayor precariedad, probabilidad de volver a caer en el paro o salarios bajos más adelante. Por otro lado, la relevancia de que sean “la mayoría de los parados” es cuestionable. Sí, por supuesto: si uno cuenta la cantidad de personas en situación de desempleo de menos de 30 años y de más de 40, efectivamente el segundo grupo será más numeroso. Pero, primero, esto solo es cierto porque son el colectivo más numeroso de la población de cualquier manera. Esta falacia estadística es más habitual de lo que nos gustaría admitir en España (el efecto “Andalucía encabeza…”: al final, Andalucía encabeza cualquier ranking porque no se relativizan los datos per capita). Y segundo, aún más importante: no parece lógico equiparar a un desempleado de 55 años con otro de 29 cuando las horas de trabajo que quedan a ambos por delante no son iguales.

Para mostrar lo que quiero decir el siguiente gráfico desarrolla un pequeño ejercicio. Las columnas grises representan la distribución (en porcentaje) del total de desempleados según la EPA en, bueno, número de personas. Las verdes, por contra, son una transformación aproximada de estas personas en “años de vida laboral esperada”, asumiendo una generosa edad de jubilación de 67 años. 

El resultado salta a la vista: sí, la mayoría de desempleados están en la edad media de la distribución, pero si uno cuenta por la vida laboral esperada a partir de los 20 años de edad es donde está la parte del león del mercado laboral futuro. Este es el trabajo que debemos salvar. De hecho, no podemos permitirnos perderlo.

Pagarán las pensiones

Y no nos lo podemos permitir por muchas razones. Una de ellas, y no menor, es que la población de nuestro país está envejeciendo a marchas forzadas, algo que es aún más cierto desde que el saldo migratorio de España ha pasado a ser negativo. Con nuestro sistema de pensiones (del tipo conocido como pay as you go, en el que cada generación financia en “tiempo real” a los retirados contemporáneos con sus contribuciones a la seguridad social) el balance entre población ocupada y no ocupada es crucial.

El paro estructural es un problema por resolver, que solo metimos bajo la alfombra por una década

España llevaba una racha considerablemente buena de crecimiento de la tasa de ocupación, ayudada sobre todo por la creación de empleo y la inmigración. Al frenarse ambas, la tendencia se ha resentido. Lo que resulta aún más preocupante es abrir el foco, y percatarnos de que en realidad jamás tuvimos una tasa de desempleo tan baja como durante la burbuja inmobiliaria. El paro estructural es un problema por resolver, que solo metimos bajo la alfombra por una década. Y que, junto a los problemas demográficos de fondo, puede crearnos problemas bien serios. Muy, muy serios. Así que, en una frase: crear empleo joven hoy (y de calidad, claro) es mejorar las pensiones de mañana. Sirva incluso como eslogan electoral, para quien se atreva a usarlo. No nos evitará una reforma en el largo plazo, pero desde luego hará todo bastante más llevadero.

No es que se vaya el talento, es que se desaprovecha el potencial de aquí

Según la EPA, 1.365.000 menores de 30 años no estudia ni trabaja. Se habla bastante de la fuga de cerebros, del talento emigrado, con lágrimas en los ojos. Pero en realidad para aquellos (nosotros: yo también emigré) no es tan difícil la cosa, sobre todo para quienes pudieron acceder a la educación superior. El país tiene dentro de sus fronteras a casi un millón y medio de almas que es pura productividad desechada, puras oportunidades vedadas con la precariedad, y muchas veces las expectativas (o la realidad presente) de pobreza que ello supone.

Uno de cada cinco jóvenes de entre 16 y 30 años carece de herramientas para desarrollar una plena carrera laboral

Dicho de otra manera: uno de cada cinco jóvenes de entre 16 y 30 años carece de herramientas para desarrollar una plena carrera laboral. En algunos casos es solo un trabajo, pero en los más es el puesto y además una gran carencia de formación. De hecho, más de un tercio de los españoles de 25 a 34 años no tiene un nivel educativo por encima de la secundaria básica. Esto es tanto una tragedia social como una oportunidad enorme de mejora, para esta pero sobre todo para las futuras generaciones.

El fondo del asunto es que el gasto en juventud, si está bien hecho, es una inversión que paga a futuro. No se trata solo de empezar a prestar atención real a una parte de la población que ha sufrido la crisis de manera desproporcionada, que incluso antes de 2007 ya andaba protestando por su falta de oportunidades. Se trata además de forjar un nuevo pacto intergeneracional simplemente porque no nos podemos permitir seguir como hasta ahora. España va a medio gas desde hace años, y lo que necesita para hundir el pie en el acelerador es volver a acordarse de la generación olvidada.


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