De cara

Los que vuelven víctima al tramposo

Sale Alberto Contador y dice que Armstrong “ha sido humillado y linchado”, que le han “destruido”, que le han condenado sin pruebas. Al español no le ofende la trampa ni el tramposo, sino el castigo que se le impone. Positivo por clembuterol en el Tour de 2010, sancionado con dos años  y desposeído de sus victorias posteriores a la infracción, el ciclista pinteño recibió en su momento como consuelo un homenaje de su pueblo natal y la defensa masiva de los medios de comunicación, de la calle, del entonces presidente del Gobierno y del actual.

Sale Manolo Sáiz, ex director ciclista, implicado en la inconclusa Operación Puerto contra el dopaje, y dice que pobre Arsmtrong, que a qué viene ahora tratar de juzgar un asunto que tuvo lugar hace doce años, que el estadounidense es un ejemplo de deportista y de ser humano. Sale Alejandro Valverde, dos años de sanción por quedar probado que su sangre se correspondía con la encontrada en una de las bolsas incautadas en la mencionada Operación Puerto, y dice que para él los Tour que ganó el estadounidense siguen siendo suyos: “Los ha ganado con sus piernas, con su cuerpo, que nadie crea que no los ha sufrido”.

Sale el mismísimo Miguel Indurain, ningún episodio conocido de dopaje a sus espaldas, hasta nueva orden con cinco victorias en el Tour en su currículum, y dice que no considera culpable a Armstrong, que cree en su inocencia porque “siempre ha cumplido con todas las normas”.

Así que cazado el tramposo, castigado el mayor engaño de un mundo lleno de engaños, resulta que son sus propios colegas de profesión los que mejor lo miran. Donde la ciudadanía se escandaliza el ciclista pone condescendencia. Y si el corredor es además español, la comprensión hacia el dopado es extrema. Armstrong es una víctima, pregona un pelotón que no se siente agredido por el estafador sino por el policía que vigila. Y es así, observando atentamente las reacciones que entre sus colegas ha desatado el caso de la trama de dopaje del estadounidense, se entiende mejor lo que le ha pasado y le pasa al ciclismo. No hay escapatoria ni remedio para un deporte en el que el mal se comprende, se abraza, se cubre y se protege. La bicicleta no murió ni se muere. Directamente se suicida.


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