De cara

Los violentos se van de rositas

Ya hay una víctima. Un futbolista convaleciente que deberá pasarse en la cama unos cuantos días, un mes de baja, mientras se cura de la doble fractura de pómulo que sufre desde el viernes. Marc Valiente, central del Valladolid, recibió en un salto el codazo brutal e injustificado de Aduriz, un habitual de las reyertas con los defensas. El lance se zanjó con una amarilla que los comités no corregirán. El máximo goleador del Athletic jugará como si nada la próxima jornada. Los violentos siguen campando a sus anchas.

Por más que unos cuantos aficionados se llevan las manos a la cabeza (al tiempo que otros, los del bando del agresor, encuentran todo tipo de justificaciones) rara vez ocurre algo después de esas agresiones encubiertas de falsas disputas de balón. No hay castigo que recomiende guardar las formas a la próxima. No hay ni siquiera un rechazo social unánime. El personal prefiere entretenerse con los penaltis y los fueras de juego. Por eso las salvajadas siguen ahí, crecen y se reproducen pese a las denuncias esporádicas que aparecen en los medios de comunicación (nunca desde los clubes o los futbolistas, que prefieren callar cómplicemente, incluso los del bando agredido). 

La jornada fue ilustrativa al respecto. Soldado, otro reincidente, dejó una plancha criminal sobre la pierna de Busquets. También el balón andaba por el medio como coartada, pero la posición antinatural con la que el delantero arma la bota no deja lugar a la duda.  Y algo parecido hizo Diego Costa, otro clásico de las malas artes, con la pierna de Rubén Pérez (éste se desquitó luego clavando sus tacos en el tobillo de Cebolla Rodríguez). Un plantillazo sucio y peligroso que el árbitro dejó igualmente en una amarilla por "derribar a un contrario en la disputa del balón". Los comités no tocarán el eufemismo, no sancionarán a ninguno. Ambos violentos volverán a los campos en cuanto el fútbol retorne del intermedio de selecciones.  Los tres delanteros, el mundo al revés.

Al del Atlético, eso sí, le tocó sufrir durante el partido una persecución. También recibió patadas, golpes, entradas malintencionadas. Y además un desagradable y cobarde escupitajo de Amaya, que también le dejó recados con los brazos y con las piernas. El central del Betis es sospechoso además en esta ocasión de premeditación y alevosía. Se tiró días hablando mal de Diego Costa, denunciando una frase antideportiva que le soltó tras su error garrafal en la vuelta de la Copa del Rey, advirtiendo de lo difícil que le sería contenerse si lo viera de nuevo. Y el bético cumplió sus amenazas sin disimular. No fue expulsado, ni siquiera recibió una amonestación.

De los que soltaron el codo de forma temeraria este fin de semana sólo se fue a la calle, y no por roja directa, el deportivista Abel Aguilar. Los agresores campan a sus anchas. Pueden improvisar sus atentados o llevarlos, como Amaya, planificados de casa. Es lo de menos. El fútbol español les dejará hacer. Y encontrarán no sólo quienes les oculten, también quienes les defiendan e incluso quienes les aplaudan. Ya lo verán, antes de que Valiente consiga volver a jugar, la lista de infracciones consentidas se habrá disparado. Es una crónica escrita y anunciada, la contamos aquí más o menos una vez al mes. Y tampoco pasará nada.  Los violentos, como los políticos, siempre se van de rositas.


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