De cara

Más vale Klose que Cesc

Ya estamos con los árbitros. Los análisis futbolísticos de cafetería, los periodísticos y hasta los internos de cada club se reducen a los aciertos y errores del colegiado de turno. Para qué buscar más explicaciones o argumentos. La culpa siempre es de la policía (bueno, quizás estos días la ironía no es apropiada), del que vigila, del que imparte justicia. Nunca es del que busca engañarle y confundirle, del que hace la trampa. Al que finge o se la cuela al árbitro, el fútbol acostumbra a condecorarlo. Y lejos de llamarlos por su nombre, los maldefine como tipos astutos, pícaros o listos.

Por eso conmueve encontrarse de repente con excepciones como las de Klose, reincidente además en su limpieza. El veterano delantero del Lazio marcó un gol con la mano, una maniobra espontánea tras verse ligeramente desequilibrado. El colegiado no vio la infracción y concedió por bueno el irregular tanto. Qué astuto el alemán de origen polaco, qué pícaro, qué listo. Sus compañeros celebraban con entusiasmo el error arbitral, sus rivales se retorcían y exigían una rectificación al linier… Y en esas, atacado por la conciencia y la buena fe, Klose por los principios que un día perdió el deporte, se acercó al trencilla y le confesó lo ocurrido. Algunos de los jugadores de su equipo, “pero qué haces”, trataron de evitarlo. Sin éxito. El árbitro atendió al arrepentido, “sí, la he dado con la mano”, y anuló el 0-1. El Nápoles acabó goleando 3-0. Hace años su sentido de la honestidad ya le hizo a Klose corregir a un colegiado la sanción de un penalti. Antes de irse al suelo, el meta rival le había quitado limpiamente la pelota.

No se alarmen los profetas del juego sucio. El ejemplo vigente sigue siendo Maradona. Klose no contagia. Su caso es una anécdota sin posibilidad de instalarse. No desde luego en la Liga BBVA, que una jornada más destacó por las escenas contrarias. Busquets levantó las manos reivindicando su inocencia nada más propinar un pisotón criminal a Cicinho (similar al que Ujfalusi propinó hace unos años a Messi y le costó, al margen de dos partidos de sanción, la reputación para siempre). En ese mismo partido, Cesc exageró el daño intencionadamente en cuanto vio que Medel acercó su cabeza a la suya. Y el Sevilla, expulsado el chileno (no perdona una bronca ni un charco), se quedó con uno menos. Qué astuto, qué picaro, qué listo. 

Pero luego, el único malo es Mateu, un árbitro que, y eso sí es raro, interpreta el reglamento con un criterio opuesto al de todos sus compañeros. No hay otra lectura. No expulsó a Busquets, se tragó el ardid de Cesc y, además, no castigó la mano de Thiago en la jugada previa al empate del Barça. Cuatro días antes, el Villamarín montó en cólera y pidió hasta la cárcel para Álvarez Izquierdo porque no sancionó las manos dentro del área de Filipe y, a cambio, expulsó a Campbell… Los jugadores están para eso, dicen los del balompié, para engañar y sacar ventaja si pueden. Menos Klose, uno que al menos antepone la verdad a la victoria. Un ejemplo al que nadie atenderá, pero que debería estudiarse en las escuelas y reposar bien visible en cada mesita de noche.


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