De cara

El último milagro de Valerón

Con la pelota ya lo había hecho muchas veces. Había multiplicado los panes y los peces y convertido el agua en vino. La carrera de Valerón fue siempre un constante truco de magia: se saltó las leyes de la física en los controles, cambió golpeos por caricias en los remates, descubrió pases al hueco donde no los había y bailó el vals con el balón cuando los otros corrían. Pero el sábado, justo el día que se iba del Deportivo, fue capaz de hacer el más difícil todavía. Salir ovacionado no de una victoria o un gol sino de la más dolorosa de las derrotas. El flautista de Arguineguín convirtió el descenso a Segunda en un conmovedor e inolvidable homenaje. Su último milagro.

La imagen encogió el corazón de la gente. Valerón, roto sobre el césped, con los ojos empañados en lágrimas, sin saber cómo gesticular el agradecimiento y conservando el equilibrio a duras penas. A su alrededor, Riazor puesto en pie por encima de su propio funeral para reconocer la trayectoria de su futbolista emblema. Una interminable ráfaga de aplausos a la que se sumaron sus compañeros, alguno de los cuales trató de auxiliarle en vano con un abrazo. Los gritos de Valerón, Valerón, Valerón… La hinchada, superada por la emoción. Y también los jugadores, los de casa y los fuera. Y también los miles de espectadores que lloraban la escena frente al televisor, que igualmente querían romper a aplaudir. Valerón es del Depor. Pero en el fondo es de todos.

Pocos han tratado tan bien a la pelota. Pero el Flaco no ha sido sólo su fútbol vistoso. Esa cadencia singular de sus zancadas, la delicadeza de sus toques o la elegancia de sus regates. Valerón ha sido una forma de jugar, pero sobre todo una forma de ser. Ni una mala patada, ni una mala palabra, ni una mala mirada. Le rompieron los ligamentos de manera brutal más de una vez y no se le escapó un solo reproche hacia sus agresores. Le bajaron de la selección, o se la racionaron, y nunca le pidió explicaciones al seleccionador. Le condenaron al banquillo en su propio equipo y nunca se lo puso difícil al entrenador. Fue un compañero modelo, un subordinado modelo, un adversario modelo, un ídolo modelo, un entrevistado modelo. No hay un gremio del fútbol que no le profese admiración. 

A punto de cumplir los 38 años, Valerón ha decidido dejar el Deportivo. Aún no sabe si se marcha del fútbol del todo, pero ya no puede más. “He llegado al límite de mis fuerzas”, afirmó el sábado tan vencido por la emoción como quienes le escuchaban. Tiene menos trofeos en sus vitrinas de los que su fútbol en realidad abarcaba, pocas internacionalidades para haber sido posiblemente el mejor jugador de su generación. Pero junta más cariño, admiración y respeto a sus espaldas del que ha sido capaz de recibir nadie. Se va sin haber escuchado una sola palabra en contra, aplaudido por todos. Coruña bajó a Segunda, pero ni silbó ni quemó contenedores. Prefirió hacer llorar de emoción a Valerón.


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