De cara

¿No hay pruebas o no se quieren?

La frase está instalada ahí y se reproduce año a año, generalmente a estas alturas. “Que se compran partidos todo lo el mundo lo sabe, pero no se puede demostrar”. La recitan en cafeterías, también en los pasillos de los estadios, incluso en programas de radio. A veces, en almuerzos desenfadados con futbolistas se cuentan detalles de casos pasados convertidos en leyendas urbanas que todo el mundo conoce, “pero no se pueden demostrar”. Y como si la falta de pruebas constituyera una liberación, una especie de salvoconducto que redime culpas, el fútbol español pasa por encima de esas conversaciones, encoge los hombros y sigue avanzando a su ritmo como si nada. Hay resultados raros, milagros inverosímiles, acusaciones veladas, sonrisas maliciosas y nunca pasa nada. No se puede demostrar. ¿O no se quiere?

En otros rincones del planeta, en Italia por ejemplo, las dudas llegan siempre acompañadas de una investigación y mese después hasta de duras sanciones. En España se estila más el mirar para otro lado. Han trascendido engaños a través de grabaciones, apariencias inequívocas de tipos sorprendidos con las manos en la masa, pero el fútbol nacional ha sabido cerrar filas y echar arena encima de las acusaciones para no dejarse tocar. Al instante se consideran  inválidos los testimonios comprometidos, se desdicen los delatores, se impone el silencio a las preguntas y se acude finalmente a ese socorrido “no se puede demostrar” para volver a conciliar el sueño. No se piden pruebas ni se buscan, sólo poder agarrarse a que no las hay. Una política que de extenderse dejaría sin posibilidad de resolver cualquier otro delito en la vida normal. Pero el fútbol, sobre todo el español, tiene su propia ley y su propia moral, un mundo paralelo.

Ha vuelto a ocurrir. Un partido difícil de creer al primer vistazo, un incidente de vestuario que trasciende, cuatro futbolistas señalados por un compañero que acusa…  Y enseguida la huida. El acusador se retracta y el que se da por acusado esparce las sospechas con el tópico y tú más. “Casi todos los partidos finales de los años pasados han estado amañados”, llega a decir Lendoiro. Pero no se puede demostrar. O no se quiere.

Las dudas van camino una vez más de caer por su propio peso. O quizás esta vez no. Y no sólo porque las casas de apuestas se vean afectadas, que influye. Sino porque Javier Tebas, el nuevo presidente de la Liga de Fútbol Profesional (mal visto en el pasado precisamente por airear sus sospechas de resultados contaminados, que no se pudieron demostrar), promete rotundamente no hacer la vista gorda. Dice que va a buscar pruebas detrás de los indicios y ponerle unas esposas a los culpables. Tal vez no pueda, pero al menos quiere. Y ya es un paso. Un gran paso.


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