De cara

Ni protestar les quieren dejar

Iniesta pisó por última vez San Mamés y se llevó una atronadora pitada. Unos minutos antes, esa misma hinchada había concedido una atronadora ovación a su compañero Xavi cuando dejaba el campo. Pero a Andrés en Bilbao no se le tiene estima. No se le perdona una expulsión que recibió temporadas atrás Amorebieta por culpa, entiende esa gente, de su teatralidad. Es el único campo donde no se rinde pleitesía al manchego, donde no se le quiere. Y esa excepcionalidad a cierto personal le parece intolerable. Como también muchos recriminaron semanas atrás a ese estadio que mostrara su descontento con su jugador Fernando Llorente a través de broncas sonoras. El público está para aplaudir no para silbar o insultar, viene a sentenciar el mensaje de moda. 

Hubo un tiempo en que el fútbol fue de los aficionados. Pero ya no. Ahora sólo constituyen una variable dentro de un jugoso negocio a la que se le niega el voto y ahora hasta se le pretende quitar la voz. Los hinchas son necesarios como consumidores, como víctimas del plan, pero si es posible se les retira hasta el saludo. Pero qué es esto de que unos seguidores del Madrid, después de gastar su dinero y su tiempo en acompañar al equipo a Dortmund, desahoguen su decepción a voces contra los jugadores en un aeropuerto.

Menos mal que Karanka, o quien le dicta, estuvo por una vez certero ante los que de repente se la quieren coger con papel de fumar: “No podemos pretender que nos aplaudan después de una derrota; tienen todo el derecho a mostrar su enfado con el equipo”. Porque una cosa es recriminar y sancionar ciertos excesos verbales de mal gusto, los actos violentos o el lanzamiento de objetos y otra convertir el fútbol en una clase de urbanidad de un colegio de ursulinas. Los seguidores sólo pueden participar de un juego que les pertenece (aunque se lo han quitado) a través de sus reacciones emocionales. Y si éstas gustan cuando son de apoyo o elogio (cuando hacen llorar a los futbolistas del Málaga con un recibimiento inolvidable de su eliminación el Alemania, por ejemplo) habrá que aceptarlas igualmente cuando son de enfado o reprobación. Las formas, siempre dentro de la ley, ya dependen de la educación de cada cual.

Porque luego bien que se acude a la masa social cuando interesa, por ejemplo para calentar las posibilidades de remontada en la cita del martes del Bernabéu. A los que estos días se llevan las manos a la cabeza por ciertas protestas de los espectadores no les importará que se silbe ahora un buen rato a los alemanes. Aunque en realidad cada vez está menos claro si lo que se persigue de ellos es su aliento o, visto el precio de las entradas, su monedero.

Está bien que se condene el racismo u otras formas de mal gusto, que se vigile con lo que la gente accede a los estadios, que se imponga la tolerancia cero frente a la violencia, pero dejen que el fútbol circule de forma natural por las venas de los aficionados. Y si unos se sienten traicionados por el Kun, que lo expresen, aunque sea a gritos. Y si otros se avergüenzan de la actitud del Madrid en Dortmund, que lo voceen en el campo o en el aeropuerto. Y hasta si algunos no soportan a Iniesta, que ya es difícil de comprender, pues que le abucheen.


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