De cara

El problema está en la cabeza

Con los pucheritos de Fernando Alonso y su propaganda patria como surrealista música de fondo, con la formación no menos disparatada de las ternas a mejor futbolista y entrenador del año 2012 como información telonera, el Real Madrid y el Atlético se acercan a un nuevo derbi. Un partido que fue mucho pero venido a menos, deformado como máxima rivalidad en los últimos años, convertido en balneario apacible para los blancos y en pesadilla sin remedio para los rojiblancos. El derbi ya no existe, lleva un tiempo sin aparecer, eso es indiscutible. Pero hay quien sostiene que esta vez sí vuelve. Y lo razona en el escenario previo, que es sin duda novedoso.

Para el Madrid es un insólito todo o nada en medio de un proceso de guerra civil social, en el que cada bando le niega al otro la autenticidad como hinchada. Desenganchado el equipo en la clasificación, a ocho puntos de quien se va a encontrar enfrente pero sobre todo a once de quien considera como su único adversario real, una derrota se interpretaría como la perdida de toda opción por el título. Y en el alambre su entrenador, con la destitución aún lejana, pero ya manejada por primera vez como posibilidad. Todo un síntoma. Tan frágil se ve a Mourinho que hasta su ‘enemigo’ Casillas, en una ejemplar lección de capitanía, ha tenido que salir esta semana en su defensa a la desesperada. Hay pánico institucional a que la cosa se enrede.

Para el Atlético, en cambio, todo es poesía. Vive el mejor arranque de temporada de su historia y enseña al fin un equipo comprometido, hambriento y fuerte de carácter (los tres adjetivos de los que careció frente al Madrid en los últimos años). Y dispone de Falcao, un goleador que aunque parece empequeñecerse con el frío suele escoger con puntualidad su protagonismo en las citas importantes. No hay una situación terminal para los rojiblancos al fondo del partido. Su urgencia la dicta la historia, los 13 años sin ganar a su más odiado vecino, no la actualidad, con colchón en la tabla para seguir con aspiraciones fuera cual fuera el desenlace. En apariencia, la cosa pinta mejor a este lado del río.

La tesis de que esta vez sí habrá partido se sujeta pues con argumentos. Pero los derbis no acostumbran a atenderlos. No se rigen por la razón, se mueven por sus propias reglas. Y éstas llevan tiempo instaladas: los complejos del Atlético, afectado de inferioridad en estas citas, preparado para el desplome absoluto al primer contratiempo; la suficiencia del Madrid, la seguridad en una victoria que siempre le llega, unas veces porque la busca y otras simplemente porque la espera. En clave de derbi, la verdad, no hay color. Hoy tiene más motivos para preocuparse el Madrid, pero es el Atlético el que mantiene un problema histórico en su cabeza. Y no hay pruebas de que esté resuelto. De que siga ahí dentro o no depende el destino del derbi.


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