De cara

El pobre Fernando Alonso

Pasan los años y nunca tiene coche. El pobre. Ni en Minardi, ni en Renault, ni en McLaren, ni en Renault otra vez, ni en Ferrari. Pasan las carreras y no tiene equipo, ni director, ni estratega, ni ingeniero, ni mecánico que apriete las tuercas como dios manda. Dispone de unas manos de oro y de un valor, de una forma de pilotaje estratosférica, pero de ninguna ayuda. No la encuentra desde luego en los rivales, que siempre disponen de más de todo: tecnología, reglamento y azar. El mundo y los 'safety cars' conspiran contra Fernando Alonso y benefician a sus enemigos. Da igual que se llame Ralf Schumacher, Hamilton o Vettel. Todos los contrarios tienen un ejército a su servicio y una flor en el volante.

Por no tener, Alonso no tiene ni compañero de equipo. No para que se ponga detrás de su coche en la carrera decisiva por el título para ponerle nervioso y sacarle de la pista, que eso no lo hace nadie (bueno, Fernando sí lo hizo con Hamilton, pero no cuenta, recuerden que llevaba toda la razón), pero tampoco para echarle un cable, que eso lo hace cualquiera. Ni siquiera para que le cierre el camino a sus adversarios por el campeonato, para que les complique la vida. Vaya con el tal Felipe Massa, que hace un trompo en el momento más inoportuno. No hay derecho.

Y en eso se ha convertido de un tiempo a esta parte la Fórmula 1. Un piloto que todo lo hace bien, que es el mejor, que triunfa gracias a él, pero que tiene todo en su contra, lo ponderable y lo imponderable, que pierde por culpa de los demás. Y el resto de la parrilla, simple complemento, haga lo que haga, no tiene ningún valor. Esos conductores encuentran una y otra vez colaboración humana, técnica y hasta divina. Volvió a ocurrir este domingo en Abu Dhabi, en una de esas carreras apasionantes e intensas que teóricamente agrandan el deporte en cuestión, posiblemente la mejor del curso, pero que resulta que no. Que Alonso lo hizo todo bien (por eso quedó segundo); y sus alrededores, los propios y los extraños, todo mal. Si Hamilton tuvo que abandonar fue por su propia culpa. Si Vettel se vio obligado a salir el último por vaciar en exceso el depósito en los entrenamientos fue su exclusiva responsabilidad. Y que luego en la carrera remontara dos veces 21 posiciones hasta terminar tercero no fue una hazaña como parecía a simple vista sino una injusticia mezclada con una intolerable secuencia de golpes de fortuna.

Quedan dos pruebas para que acabe el Mundial y sólo separan diez puntos al líder, Vettel, del segundo, Alonso. Pero no hay mucho que hacer frente al Ecclestonato. Si el español, el nuestro, el mejor, el único, se alza al final con el título será otra vez la constatación indiscutible de su talento. Si vence finalmente el alemán, qué quieren, se veía venir, así cualquiera, con este cacharro y esa compañía no hay manera.

No es que hayan futbolizado la Fórmula 1. Es que en este país, que se subió hace poco al mundo de los coches a rebufo de Fernando Alonso, ya nació así de futbolizado. Y no es ahora el conductor asturiano el que contamina, que esta vez no ha llorado ni pronunciado una mala palabra, al contrario. Es su inagotable legión de coartadistas y soldados mediáticos el que distorsiona la realidad y vuelve desagradable cada carrera. No son todos, pero sí los que más ruido hacen. A un lado, opresores y afortunados; al otro, Fernando Alonso, genio y víctima. No hay remedio. Hace tiempo que por estas tierras el automovilismo se lee y se muere así.


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