De cara

La madrastra de la piscina lo niega todo

Habló el ogro, la madrastra de la piscina, el personaje malo del cuento. Habló Anna Tarrés, la seleccionadora española de natación sincronizada, la supuesta autora de los abusos y el despotismo denunciado por 14 de sus subordinadas, y lo negó todo. Puso una demanda encima de la mesa contra el presidente de la Federación, al que ve detrás de la carta acusadora y de la campaña, y contó su realidad en los micrófonos escogidos de Onda Cero, a los que hay que conceder el valor de la exclusiva. El periodismo al fin se ha interesado.

No maltrató a ninguna de sus pupilas, dijo Tarrés, se limitó a intentar cuidarlas. No hizo tragarse a ninguna su propio vómito, no le quitó a nadie su medalla, no escondió ningún positivo, no se llevó dinero, no le llamó gorda despectivamente a las chicas… Nadie le había lanzado un solo reproche a su manera de trabajar durante 15 años, sostiene, nadie de la Federación le dijo ‘cuidado, que se está yendo la mano’. Estaba en su derecho la entrenadora de defenderse públicamente y finalmente, aunque con mucho retraso, lo hizo. Pero el caso no puede zanjarse simplemente en la versión de 14 contra la de una. Es imprescindible investigar a fondo y conocer la verdad.

Aunque protegida por quienes justifican que sólo a partir de la máxima dureza se puede alcanzar el rendimiento en la alta competición, que encuentran hasta naturales sus hábitos de entrenamiento, la imagen de Tarrés está dañada. Posiblemente ya no la recupere. Cuesta dar por buena su inocencia, esa condición de víctima de la conspiración que personalmente ahora se adjudica, pero ya serán los tribunales los que juzguen su actuación y la de quienes la acusan.

También la de Fernando Carpena, el presidente de la Federación, el enemigo político detrás de cuya mano Tarrés ve las acusaciones de sus antiguas pupilas. No ha ayudado Carpena desde luego a clarificar el escándalo. También tardó en comparecer ante los medios y cuando lo ha hecho, esta semana, ha sido para aumentar la confusión. Asegura que el llanto masivo de las nadadoras no ha sido el motivo de la no renovación de la preparadora pero no aporta una explicación alternativa. Y dice querer pasar página, que lo importante es que se vuelva a hablar de la natación como deporte. Pero no tiene razón. Lo importante es justo lo contrario. Es una necesidad y una obligación detenerse y aclarar exactamente lo que ocurrió con la luz apagada al borde de la piscina. Porque el asunto sigue siendo muy muy grave.


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