De cara

El llanto desatendido de Paola Tirados

Ya lo publicó Charles Dickens, probablemente hasta de niño lo vivió en sus carnes. Dos siglos después sigue pasando. El estremecedor relato de la nadadora Paola Tirados, su grito de socorro del pasado mes de abril al que nadie atendió, reproduce hoy en día pasajes tenebrosos de la Inglaterra victoriana. Cuartos oscuros en el deporte, tiranías de entrenador tapadas y consentidas por el olor y el calor de las medallas.

El personal no atiende a la natación sincronizada. No se pregunta por qué una práctica indiscutiblemente artística está considerada deporte competitivo. Y mucho menos cómo llegan esas sirenas, captadas todas ellas desde muy niñas, a hacer los prodigios que logran en el agua. Como hay metales al fondo, fotos de las que presumir, no hay quien repare en la parte de atrás. Como tampoco nadie piensa en los días que ha tenido que pasar el oso para que a la voz del domador se suba inmediatamente a una base tan diminuta. Es la ley cruel del espectáculo y el medallero.

Paola habla de prácticas terribles con las nadadoras que existían y siguen existiendo, de abuso, acoso, corrupción, dopaje y humillaciones. Todos procedentes de Anna Tarrés, la condecoradísima jefa de la natación sincronizada española a la que la Federación acaba de no renovar su contrato sin argumentar los motivos. Gracias a su salida se ha conocido ahora el enterrado llanto de Paola en el mes de abril. Si todo lo que cuenta es cierto no vale con la no renovación. Tampoco se entiende la demora federativa en actuar. Hacen falta muchas explicaciones y mucho propósito de enmienda.

También convendría escuchar a Tarrés, a la que la carta deja en muy mal lugar, casi sin defensa. Hay frases de Tirados también sonrojantes para los de fuera. Ese “lo sabemos Paola, pero hay resultados, ya lo sabes…” que recibió de la Administración cuando denunció los abusos. Y ese “la prensa me dijo que eso no era interesante, que la sincronizada seguía ganando medallas y la seleccionadora era muy fuerte públicamente” del que convendría conocer al responsable.

La denuncia de Tirados, que dejó la natación en lo más alto al ver que nadie le hacía caso, suena familiar. Recuerda al diario que hace unos cuantos años escribió la gimnasta María Pardo sobre su dramática participación en el equipo español de rítmica. Conecta con el caso actual en que los equipos lo forman igualmente niñas, en que nadie vigila lo que ocurre dentro de la piscina o el gimnasio, en que nadie controla la relación que existe entre quien manda y quien obedece, en que la gente no presta atención hasta el día que toca decidir  el podio y entonces opta por mirar hacia otro lado. 

La carta de Tirados ya no tiene solución, no hay consuelo que repare lo sufrido. Pero constituye un duro golpe a la conciencia del deporte y de la sociedad. A los gobernantes, a los padres, a los entrenadores, al periodismo… No queda otra que avergonzarse, pedir perdón y responsabilidades (no puede pasar de largo el caso), comprometerse a que algo así no se repita nunca más. Una deportista no es una máquina, menos una niña. Y una medalla no puede justificarlo todo.


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