De cara

El juego de Mourinho con Casillas

En Seattle, donde andan sobre todo excitados por el triunfo de los Seahawks ante los 49ers en su football, pero que también muestran interés por el soccer y entusiasmo por la Liga BBVA, que te sacan el tema a la que descubren que vienes de España, tampoco aciertan a comprender el porqué de la suplencia de Casillas ante el Málaga. No la entiende nadie desde la cercanía, mucho menos desde la distancia. Ni siquiera la llamada 'Yihad mourinhista', aunque mantiene su inamovible posición de defender al entrenador a ciegas y a voces, consigue explicarse la última maniobra.

Casillas no es de esos futbolistas que sortean su titularidad en función de un momento de forma. A su edad de carrera ya no. Los de su ralea, cuando alcanzan la condición de institución juegan siempre o ya no juegan más. No están para suspender un examen, aunque sí para acabarse. Porque no son eternos. Si pierden el sitio en el once es que ya no hay retorno. Un técnico está en su derecho de llegar a esa conclusión y jugársela, aunque a veces el hecho de intentarlo les cueste el cargo. Lo evidente es que es una decisión tan difícil de tomar que no puede acometerse a modo experimental o como frivolidad, por un rato. Cuando se produce cobran el aspecto de cambio de ciclo. Le pasó en esa casa, en puestos de menor perennidad, a Butragueño, Míchel o Raúl. Cuando un entrenador dio el paso de sentarlos ya nada volvió a ser igual.

Cuesta dar por bueno sin embargo que a Casillas le haya llegado ya ese momento irreversible de la decadencia. Ni porque haya un heredero empujándole desde abajo ni porque sus prestaciones hayan rebasado la fecha de caducidad. Es verdad que esta temporada ha concedido goles que no son de recibo y disminuido su colección de paradas imposibles, pero no tanto como para encenderse las alarmas. Y la edad tampoco le pone bajo sospecha. Por eso las repentinas  razones técnicas a las que se sujetó el técnico para lanzar su órdago no parecen sólidas. Su medida suena más a un peligroso ajuste de cuentas o a provocación que a una decisión traumática empujada por su sentido de la responsabilidad.

El pulso es mayor. Posiblemente, el definitivo. El episodio final para medir verdaderamente si el madridismo está entregado a Mou o si establece un hasta aquí hemos llegado. El desafío afecta esta vez a la dirección del club, a los pesos pesados del vestuario y a la afición. Al Madrid con mayúsculas. No es fácil ganarlo. El luso conoce los códigos del fútbol, quedaría desacreditado si ahora no mantiene su decisión. Nada podría justificar la vuelta al once a Iker si su salida respondía de verdad a una sopesada cuestión técnica. Por contra, tampoco es sencillo que le consientan al técnico prolongar su alarde con Adán. Aunque el luso no es de los que se dejen influir o intimidar. Así qué el lío se antoja inevitable. Salvo que en el fondo todo sea una actuación. Es un disparo demasiado grueso para tratarse de una fórmula de distracción más, pero no tan desproporcionado si lo que en realidad se pretende es forzar su propia salida del club. O a lo peor Mourinho no está jugando ni a eso. Simplemente ya tiene asumida su despedida y lo que único que pretende hacer es morir matando.


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